Mesa de café
Izquierda y evangelio
Erdosain
—Reutemann dice que es de izquierda; estamos todos locos -dice divertido Marcial.
—Si Kirchner dice que es de izquierda, muy bien puede decirlo Reutemann -retruca José.
—Yo sería más preciso y más justo -dice Abel-, si Kirchner dice que es de izquierda también podemos decir que el indio Patoruzú es de izquierda.
—¿No era que los peronistas no eran ni de derecha ni de izquierda? -observa Marcial con su suave tono de voz.
—Yo creo que alguna vez habrá que ponerse a estudiar sobre el tema de la devaluación de las palabras, esta suerte de cambalache lingüístico donde todo da lo mismo. Yo no creo que al mundo se lo deba entender desde la exclusiva variante de derecha o de izquierda, pero la derecha y la izquierda existen y no creo que Reutemann sea precisamente de izquierda, más bien lo pondría del otro lado de la cancha, sobre todo porque quienes lo apoyan están de ese lado -digo, mientras le hago señas a Quito para que me traiga un café.
—Lo interesante -reflexiona Marcial- es que en un país que gracias a Dios es de derecha todos compiten para ver quién está más a la izquierda, por lo menos de la boca para afuera.
—Éste es un país tuerto -agrego- hay izquierda pero no hay derecha. Cuando a un derechista le decís que es de derecha se ofende o te dice que ésas son categorías perimidas. Lo más curioso es que esa misma persona no vacila en acusar de comunista a toda persona que no piense como él.
—La otra vez estuve en Chile -recuerda Abel- y me llamó la atención la sinceridad de los políticos. Allí, ni la izquierda ni la derecha tienen vergüenza de decir lo que son.
Quito acaba de servir los pocillos de café y se ha quedado escuchando. Marcial guiña un ojo y le pide su opinión. Para Quito no hay dudas: la izquierda es el crimen y la droga. —Son todos los petiteros del centro -concluye.
Marcial lo ve alejarse con su bandeja en la mano y comenta: —He aquí un hombre sincero, un hombre que piensa bien y dice bien lo que piensa, un exponente típico de la idiosincrasia de nuestras clases trabajadoras.
—Y hablando de derecha, de izquierda y otras yerbas -observa Abel-, ¿qué me cuentan de las hazañas del curita Lugo, el presidente de Paraguay?
—No soy creyente, pero la verdad es que no sé si criticarlo o aplaudirlo, además sospecho que muchos de los que lo critican es porque en realidad lo envidian.
—Yo soy creyente -dice José- pero las picardías de los curitas no me asustan ni me alejan de la iglesia. Ella es mucho más importante que el pecado de algún religioso.
—Convengamos que de todos modos no ha quedado bien parado. Se puede ser mujeriego pero no es muy evangélico dejar las mujeres embarazadas y después desentenderse de lo hecho -digo yo.
—Por lo menos, ahora hay un cura que es noticia porque le gustan las mujeres -ironiza Marcial- hasta Lugo, más que noticias sexuales, las que recibíamos eran noticias homosexuales, algunas de ellas cercanas al Código Penal.
—No comparto -concluye José.




