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OPINIÓN

Cristiano tiene razón, pero...

Osvaldo A. Acastello

Una reciente declaración de Cristiano Rattazzi manifiesta que el proteccionismo no es bueno para el país, palabras que han generado una fuerte polémica.

En primer lugar, tenemos que aclarar que las “licencias de importación”, los “mecanismos anti-dumping”, los “valores de referencia”, un nivel de aranceles mayor que la media para productos terminados, un arancel menor para la importación de partes de ese mismo producto, la autorización de “aduanas factoría” o el no respeto a reglas preestablecidas de determinados porcentajes para considerar (o no) un producto como de fabricación nacional, son todas normas que de alguna manera significan “proteccionismo” o, en todo caso, “privilegios” a favor de un sector, y en algunos casos, en perjuicio de otros.

Hay un viejo dicho que dice: “Nunca critiques a nadie sin haber recorrido algunos kilómetros en sus zapatos”. Como yo nunca usé los zapatos del amigo Cristiano, mal puedo criticar sus expresiones. Pero en esta economía plagada de premios, privilegios o castigos, de no existir los mismos, seguramente no se habrían desarrollado sectores que tienen hoy fuerte presencia en el área económica.

Ahora bien, en el afán de ser objetivos y definir la conveniencia de “proteccionismo sí” o “proteccionismo no”, tenemos que analizar el tema con un poco más de profundidad y equidad. Es probable pensar en una mayor apertura, con menos proteccionismo, siempre que previamente podamos corregir los desequilibrios que afectan al sistema dentro del cual operamos.

No es tarea fácil definir cuáles son las rigideces, pero aun a riesgo de omitir algunas podemos hacer un ligero análisis: la elevada presión impositiva con un sistema totalmente regresivo, la inseguridad jurídica, los altos costos laborales aun con bajos salarios, los impuestos distorsivos, el desacomodamiento brusco de la moneda, las elevadas tasas de interés, la falta de créditos accesibles, la incertidumbre del mercado son variables que actúan en contra de las posibilidades de lograr el grado de competitividad necesario.

Tampoco tenemos que ser ingenuos y hacer oídos sordos para la realidad que crean otros países competidores, que manejan las variables económicas internas de manera tal que su agresividad sea cada día más notoria, en un mundo donde lo que sobra son productos y lo que falta es consumo.

Es probable que podamos en algún momento hablar de menos proteccionismo, pero supeditado a que los desequilibrios internos sean eliminados y que las variables de competitividad de todos los sectores sean una constante en el análisis para que no estemos como arrojados al mar, a la deriva y expuestos a las inclemencias del tiempo, que no está en nuestras manos poder controlar.

Mientras esto no suceda, seguiremos andando a los tumbos, tratando de actuar sobre las consecuencias que se generan en lugar de atacar las causas que las originan.

Es bueno que surjan voces como la del amigo Cristiano; no para pelearnos, sino para que sean el disparador donde, en una sociedad ordenada y con una democracia representativa, nos pongamos de acuerdo sobre cuáles deben ser las reglas de juego o el rumbo a seguir.

Si analizamos la crisis del campo tendremos que reconocer que, sin lugar a dudas, todos los sectores son importantes para el crecimiento del país, porque contribuyen a mover la economía de la cual todos somos partícipes. Lo contrario es el caos que tenemos que tratar de evitar. Ésta es nuestra responsabilidad.

(*) El autor es presidente del directorio de Etma SA, miembro del consejo directivo de la Cámara de Industriales Metalúrgicos del Dpto. Castellanos y de Fisfe, y presidente de la Cámara de Comercio Exterior de Rafaela.

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