EDITORIAL

Miseria política y pobreza social

Sería deseable que en algún momento los políticos argentinos y el propio Estado nacional se hicieran cargo del drama colectivo que representan el llamado conurbano bonaerense y los bolsones de miseria cada vez más anchos que rodean a las grandes ciudades del país, incluida la nuestra. Hacerse cargo implica dejar de lado -en primer lugar- el miserable clientelismo sobre el que se legitima la esclavitud material y espiritual de millones de personas.

Hacerse cargo implica liberar a estos verdaderos rehenes de políticos y punteros inescrupulosos de las cadenas de la opresión sostenida por quienes, paradójicamente, dicen preocuparse por el destino de los pobres.

En definitiva, pensar en la miseria que hoy azota a la Argentina significa pensar en la Nación o responder positivamente al desafío que plantea la opción de un país para pocos o un país para todos.

Pensar en la pobreza incluye necesariamente resolver el tema de la generación de riquezas. La experiencia mundial del siglo veinte y nuestra propia experiencia nacional nos enseñan que no hay redistribución de la riqueza, ni verdaderas y genuinas políticas sociales en un país atrasado, con sus fuerzas productivas bloqueadas o destruidas.

Un verdadero acuerdo nacional, no su simulacro a partir de transacciones corporativas, debería asentarse sobre las bases del desarrollo y la integración. El ejemplo del pacto de La Moncloa es, en este sentido, aleccionador. Allí se establecieron las metas del crecimiento, los objetivos puntuales del desarrollo, pero, también, los compromisos hacia las clases trabajadoras y de menores recursos, compromisos que no dependían de la dádiva o del clientelismo, sino de políticas sociales objetivas y universales puestas en marcha por un Estado con instituciones fuertes y creíbles.

El tema es serio y preocupante, porque de su resolución depende la vida digna de millones de personas y nuestro propio destino como Nación. En los últimos años, más allá de la retórica a favor de los pobres y de los discursos autodenominados progresistas, lo que se impuso fue el capitalismo de amigos, el clientelismo en sus peores variantes, el ejercicio arbitrario de las funciones del Estado y, en más de un caso, la destrucción lisa y llana de las instituciones de control.

Lamentablemente, se dejó pasar un ciclo económico favorable durante el cual, en lugar de asentar las bases del desarrollo, se procedió a despilfarrar recursos para sostener inconfesables apetitos de poder. La crisis nos encuentra mal ubicados, más allá de que sus efectos aún no se han hecho notar en toda su intensidad. Mientras tanto, la pobreza continúa creciendo con sus secuelas de miseria, ignorancia, delitos y drogas. Una vez más importa insistir en que la Argentina dispone de las mejores condiciones para ser un país justo y libre. Le correspondería a la clase dirigente aprovechar de una buena vez las oportunidades que se nos presentan.