La materialidad y el hoy de las mesas de Jerónima

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Ilustraciones tomadas de la Ficha de Inventario para el Museo de San Francisco diseñada por la autora.

Foto y dibujo: Cecilia Filippa

Lidia Ferré de Peña

Las vidas descriptas para las mesas de la hija de Juan de Garay en nota anterior (ver El Litoral del lunes 20 de abril ppdo.) aún pueden cruzarse con una más, que aparece solapada por las anteriores. Es la vida del objeto como tal, con su forma, su material, su estilo, su ornamentación y su nombre específico.

Datos que se presentan irrelevantes en apariencia ante la fuerza de otros hechos que las marcan. Sin embargo, se opina que, justamente, unidos a su historia, estos datos que responden a sus valores estéticos, adquieren hoy importancia capital, fundamentalmente porque tal vez deban ubicarse dentro de los muebles más antiguos que posee la ciudad, provenientes además del sitio viejo. Cabe aquí, entonces, realizar una breve referencia a sus características estilísticas y formales. Estas mesas largas, llamadas de refectorio aparecen en el siglo XVI específicamente en España. Algunas similares pueden encontrarse en Holanda e Inglaterra. Pero son las españolas las que se caracterizan por su gran ascetismo formal. El mueble monjil, como los conocidos sillones y sillas fraileros marcan esa tendencia general hacia la sencillez y la sobriedad del mobilario español, que lo diferencia de la mayor abundancia ornamental e imponencia formal del propio del Renacimiento italiano, francés y alemán. El nombre de estas mesas proviene del uso originario en los refectorios de los conventos de largas mesas en las que los monjes comen en silencio mientras escuchan lecturas religiosas. Pero ya se evidencia en este siglo que el uso de estas reformuladas mesas se vuelve doméstico y si bien no puede afirmarse que sean populares, su difusión es considerable. Los ejemplares provenientes de diversos países tienen algunos elementos comunes en sus formas, resoluciones técnicas y elementos decorativos. Estos últimos son escasos, sobrios y limitados a formas simples, generalmente de trazados geométricos. Así, por ejemplo, en estas dos mesas, sus cajones, que de a pares se ubican en uno de sus lados mayores, presentan una adecuación de la talla llamada punta de diamante, que frecuentemente posee cuatro facetas, y que en este caso, cada una de las tres molduras de cada cajón, partiendo de una figura triangular, presenta tres. El otro detalle evidente, es una talla plana que forma una guarda de simples motivos repetidos ubicada en la parte baja del faldón, o sea en las tablas ubicadas verticalmente bajo el tablero. Las patas son las otras partes que a la vez de funcionales, agregan decoratividad a las mesas. Están conformadas con volúmenes superpuestos anulares, cóncavos y convexos alternados, una parte abalaustrada y una levemente prismática, terminando en pie de bollo aplastado. La característica esencial de estas mesas —aparte de su extrema longitud— está constituida por la presencia de seis patas necesarias para sostener ese gran plano de apoyo y por la unión de las mismas mediante travesaños muy bajos, casi a ras del suelo. Son estos los detalles que las particularizan.

Cabe por último preguntarse que si los objetos —como plantea Baudrillard— tienen vida, ¿morirán estas mesas? A pesar de algunos aspectos de su “biografía” que son valorados, cambios en la mirada de sus poseedores y en la de los visitantes son necesarios para la prolongación de su existencia. Su pronunciado estado de deterioro, la carcoma, que aparentemente detenida, ha quitado solidez a la madera y el constante apoyo de las personas sobre el tablero para ver “la garra del tigre”, no les auguran un largo futuro. Con urgencia deben efectuarse algunas acciones que eliminen su sobreuso, sobre todo “turístico”, modificar el modo de observación para evitar el apoyo para ver y tocar el renombrado arañazo, pues con sus patas carcomidas, más tarde o más temprano, la mesa terminará por desmoronarse. Nuevas perspectivas, nuevas formas de mirar los objetos, urgentes intervenciones para su conservación material y el rescate de otros valores tangibles e intangibles permitirán que se prolongue su vida contadora de historias diversas y a la vez hilvanadas. Si no, es probable que pronto, sobre todo la “del tigre”, desaparezca en su materialidad y quede desvanecida en una simple hilacha de recuerdos cada vez más olvidados. El objeto en su concreción material concentra saberes que se dispersan con su pérdida. Su solidez de siglos está hace rato amenazada.

Sin intención de parafrasear la vida del escarabajo de Mujica Lainez, en la modestia de estas mesas y en la de esta autora, ellas pueden servir para invocar y evocar la historia —y las historias— de un pasado que muchos santafesinos desconocen. Hace falta un imaginativo y documentado escritor capaz de llenarlas de hechos reales y posibles que giren a su alrededor. O un cineasta.

(De la serie “Objetos mágicos”)

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