Cruce del Nahuel Huapi

Una aventura helada

En marzo de 2006 fui protagonista de la primera edición del cruce a nado del lago, competencia que se disputó en homenaje al único cruce en solitario que se había realizado hasta el momento, en marzo de 1963.

Diego Degano

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Antes de comenzar, debo aclarar que más que una competencia fue una aventura deportiva. Digo esto, porque no tuvo en realidad nada que ver con lo que significa el deporte de alto rendimiento, por eso es que decidí contarlo acá.

En enero de 2006 me entero que se estaba organizando el cruce del lago Nahuel Huapi, que había sido unido por primera vez por Enriqueta Duarte en 1963. Esta experiencia se realizaba por primera vez como competencia, permitiendo el uso de trajes de neopreno. Rafael Pérez fue quien hizo el comentario, agregando como dato que ninguno de los nadadores “activos” en pleno circuito mundial podía participar, porque estaban preparando una competencia en México.

Objetivo: competir

Automáticamente comencé a procurarme información, estableciendo una red de relaciones para llegar al objetivo que buscaba: confirmar mi aceptación entre los participantes y ver quiénes eran los nadadores inscriptos.

Por ese entonces mi rutina en el agua era la de siempre; 3 ó 4 sesiones semanales en la pileta de Unión de 45 a 50 minutos cada una. Considerando que el cruce iba a estar entre las 2 y 3 horas, me sentía capaz de poder intentarlo. Desde aquella decisión, mis visitas a la pileta se intensificaron hasta que a inicios del mes de marzo, salimos hacia Bariloche.

Mi compañera de ruta era la de siempre, mi esposa Anahí, quien tuvo que cebar mate y aguantarme durante todo el trayecto hablando sobre los temores lógicos de tener que nadar en aguas tan frías, cuya única referencia era un vago recuerdo de unas minivacaciones por la zona de los 7 lagos y haber estado a la orilla de uno de esos espejos de agua y al meter la mano sentir que era imposible para el cuerpo humano soportar tanto frío. Ese era el cuadro.

La llegada a Bariloche se produjo dos días antes de la fecha de competencia. Inmediatamente nos contactamos con la organización, que nos entregó la agenda para ese fin de semana, donde las actividades combinaban turismo con deporte, por mencionar como ejemplo la visita a Puerto Blest y las excursiones al lago Frías (con una impagable vista del cerro Tronador con sus nieves eternas), con un entrenamiento programado en horas del mediodía en esa zona, donde por primera vez nos conocimos las caras quienes íbamos a nadar y al mismo tiempo nos metimos por primera vez al lago, experiencia digna de contar.

30 segundos inolvidables

En los preparativos se notó en algunos aspectos mi primera desventaja respecto al resto de los participantes: al momento de calzarnos el traje de neopreno mostré toda mi inexperiencia y nerviosismo al tener que lidiar con una indumentaria que jamás había usado en mi carrera deportiva, mientras que para el resto –a quienes definiría como nadadores principiantes- era un trámite, por hacer del uso del traje una religión, independientemente de la temperatura del agua. Cabe aclarar que el traje ayuda a tener una mayor flotabilidad en el agua.

Después de las fotos de rigor fue el momento de “demostrar” lo que todos querían ver a mi ingreso al agua; jamás había tenido semejante experiencia al momento de ingresar al lago. Mis primeras 10 brazadas fueron sin respirar, y a medida que avanzaba en el agua tuve la sensación que mi cara se partía en mil pedazos, que un montón de agujas se clavaban en mis manos. El nerviosismo me invadió porque me estaba enfrentando a algo desconocido, nadar con el agua a 11 grados de temperatura. Fue tal mi estado de ánimo que tuve que parar y flotar para sacar mi cara del agua y empezar a aplicar aquello que había sido la fórmula del éxito durante tantos años: mi cabeza dando órdenes a mi cuerpo de bajar las revoluciones y encontrar una explicación lógica a lo que me estaba pasando. Así me tranquilicé, respiré hondo, reinicié mi nado y me di cuenta que era cuestión que mi cuerpo se adapte a la temperatura del agua. Fue cuestión de unos pocos minutos, pero no me olvidaré más de aquel momento, uno de los pocos en mi carrera donde realmente sentí miedo.

Domingo, no.

El día de la prueba nos levantamos, desayunamos y nos presentamos en la línea de largada en tiempo y forma. En el camino, bordeamos el lago y observamos que estaba bastante movido, hecho que nos preocupó porque la organización no tenía mucha experiencia en esto de hacer competencias y ante la menor muestra de que el lago se iba a poner difícil, la prueba corría el riesgo de suspenderse. Y eso fue lo que ocurrió.

Reunidos los competidores con nuestros trajes puestos, los responsables nos comunicaron que la Prefectura había decidido suspender el cruce, con la posibilidad de postergarlo para el lunes o bien cancelarlo. Al unísono, todos respondimos que queríamos nadar, por lo que se resolvió la postergación para el otro día. Yo tenía dos razones que defender: primero que no me iba a ir sin cruzar habiendo hecho semejante cantidad de kilómetros en tres días y segundo la más importante, necesitaba gastar las calorías que había consumido en esos 3 días previos al evento! Mientras deliberábamos, las gotas de sudor por el exceso de calor en mi cuerpo reflejaban mi estado físico.

Logrado el objetivo de nadar, el resto del día nos la pasamos rogando que el clima se presente el lunes más benévolo, sin tanto viento. Mientras tanto, aprovechamos la tarde para averiguar si había algún bote para alquilar, porque la organización había decidido que solo el barco de Prefectura era el que se disponía para hacer el control. Consultamos entonces si podíamos disponer por nuestra propia cuenta alguna embarcación, y ante la respuesta afirmativa, salimos a buscarla.

Así dimos con un negocio que ofrecía experiencias de buceo en el lago, a cuyos dueños le comentamos de la situación y alquiler de por medio, decidieron acompañarme. A diferencia del resto, sacaba provecho a mi experiencia en este deporte. El círculo estaba cerrado, ya podía nadar sin preocupaciones, tenía embarcación guía y con Anahí a bordo en su primer experiencia como guía.

Lunes, sí

Tal la película, donde el protagonista se levanta y parece vivir la misma situación una y otra vez, el lunes hicimos lo mismo que el domingo. Cuando bordeamos el lago hacia la largada parecía que esta vez sí íbamos a poder nadar.

Nos aprestamos y subimos al barco de Prefectura, que nos cruzaría hasta la margen desde donde se largaría la competencia. Eran las 7 de la mañana y la sensación térmica por esos momentos hacía aún más complicado el intento. Nos bajamos en la playa y empezamos a contar los minutos hasta el momento de la partida, cuando se produce otra anécdota propia de una organización inexperimentada: nos reparten a cada uno unos globos que deberíamos inflar y atarnos a la cintura con una piola para poder ser identificados en plena competencia; esa atadura duraría unas pocas brazadas.

Después de 10 años volví a sentir la adrenalina de tener que estar nadando bajo presión, aunque en circunstancias totalmente diferentes, sobre todo por tener que nadar con un traje de neopreno, prohibido en competencias oficiales.

La competencia duró algo más de 1 hora y 40 minutos. El liderazgo desde el principio y el triunfo fueron una anécdota, lo que importaban eran mis pensamientos durante ese tiempo, que se mezclaban con el frío ante cada brazada… “me estará mirando el “Nahuelito” desde el fondo del lago?... mis manos se congelan, aunque el sol a pleno me ayuda a calentarlas… cuánto es la diferencia en metros con el resto?... podía ver a Anahí comandando las acciones desde la embarcación guía –siempre hay una primera vez- sentenciando a los conductores que en caso de haber un error en la ruta se la iban a ver con ella… el oleaje que molesta cada vez más y el líquido que sirve de alimento se vuelca del vaso por la inestabilidad al flotar… izquierda y derecha, tal lo relataran en radios como en el final de aquellas maratones que me tocó participar…” todos estos eran destellos que aparecían en mi cabeza mientras me daba el gusto de estar completando el desafío de cruzar el Nahuel Huapi.

Hasta la llegada fue distinta. Teníamos que dejar de nadar, incorporarnos y correr unos metros para tocar una placa y ser recibidos por las autoridades de la prueba y las oficiales. La postergación atentó contra la asistencia de público, era lunes, y no había tanta gente más que los típicos curiosos que se acercan para ver y preguntarse tantas veces cómo pueden hacerlo.

El agradecimiento a mis guías, asombrados del ritmo que había impuesto durante todo el trayecto; si me hubieran visto nadar 10 años antes! Las felicitaciones, fotos, entrevistas y premiación, y la vuelta a casa inmediatamente, la aventura que significaba el desafío de cruzar el Nahuel Huapi estaba cumplida.

una aventura helada

Una verdadera aventura. Valió la pena participar y sentir nuevamente el cosquilleo que produce la competencia.

Foto: rionegro.com.ar

Una aventura helada

una aventura helada

Apoyo logístico. Pocos botes acompañaron a los nadadores, aún teniendo en cuenta que el lago estaba bastante movido.

Foto: rionegro.com.ar

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EL PRIMER CRUCE

1963

enriqueta duarte

Fue el primer nadador en cruzar el lago, en 1963, uniendo Neuquén con Río Negro, desde el arroyo Castillo hasta playa Baradero.

A los 34 años, siendo madre de 3 hijos, nadó 18 kilómetros en 2 horas 54 minutos 4 segundos, en esa oportunidad solo con traje de baño, gorra y antiparras, y con el agua a 9 grados. La transmisión radiofónica del periodista Francisco Caló logró con su relato despertar el entusiasmo y curiosidad en la población. Los 6 mil habitantes de San Carlos de Bariloche estaban en la orilla del Lago esperándola para festejar esa proeza. El cruce de 2006 fue un homenaje a la proeza realizada por esta gran nadadora.