La vuelta al mundo
La vuelta al mundo
Honduras, el patio trasero
Rogelio Alaniz
Una solución sensata para Honduras sería la de acordar una amnistía política que incluya, además, el regreso de Zelaya a la presidencia y la convocatoria a elecciones en noviembre, es decir dentro de tres meses. Algo parecido es lo que propone el mediador Oscar Arias y lo que más o menos comparte la diplomacia internacional.
El problema es que con el tema de la autodeterminación de los pueblos los que deben decidir no son los funcionarios de la OEA, los mediadores internacionales o los Estados Unidos, sino los hondureños o, para ser más precisos, la clase dirigente hondureña.
El otro problema es que para arribar a una solución sensata e inteligente hacen falta protagonistas sensatos e inteligentes, virtudes que, a juzgar por los comportamientos de unos y otros, son las que brillan por su ausencia.
Por su lado, Micheletti lo único que es capaz de ofrecerle a Zelaya es la cárcel, mientras que por el otro, Zelaya pasea su sombrero blanco por la frontera de Nicaragua esperando un levantamiento popular que nunca llegará.
En ese contexto ninguna salida es posible en lo inmediato, aunque en el mediano plazo, si todo sigue igual, es muy probable que quien se salga con la suya sea Micheletti. ¿Por qué? Porque si en noviembre se celebran las elecciones y logran legitimar a un candidato, a Zelaya no le quedará otra alternativa que sacarse el sombrero blanco, saludar y prepararse para un largo exilio. ¿Adónde? En Venezuela, por ejemplo; o en Nicaragua. Aunque en estos temas nada es seguro, ya que un Zelaya derrotado no le interesa a nadie, ni siquiera a Chávez o a Ortega.
Todos los observadores internacionales cuestionaron con duros términos la maniobra de Zelaya en la frontera de Nicaragua. Lo cuestionaron por las intenciones, en tanto que ese camino conducía, o podría conducir, a la guerra civil, pero por sobre todas las cosas, lo cuestionaron por la inutilidad de la maniobra. Si Zelaya esperaba que la gente saliera a las calles para festejar su regreso, los hechos le demostraron que estaba equivocado, muy equivocado.
En política, los errores de cálculo se pagan; y cuando las apuestas son grandes, el precio siempre es más alto. Un Zelaya recorriendo las cancillerías y convocando a conferencias de prensa lograba despertar la solidaridad internacional. Un Zelaya pretendiendo transformarse en un ídolo popular que regresa al poder llevado en andas por su pueblo bordea el ridículo y, lo más grave de todo, se pone en evidencia.
Se sabe que en política siempre es más interesante insinuar que se dispone de mucho poder, porque la insinuación es siempre más importante que la evidencia. Un jugador de raza nunca se juega al todo o nada y, mucho menos, muestra el naipe. Digamos que hace exactamente lo contrario de lo que hizo Zelaya.
La otra gran dificultad que se presenta en la región para arribar a una solución sensata es la desfachatada injerencia de Venezuela y Nicaragua en los asuntos internos de Honduras. Cuando en los años de la Guerra Fría un sistema político empezaba a desestabilizarse, se decía que la CIA estaba detrás de la conspiración. Los rumores solían ser algo exagerados, pero en lo fundamental eran ciertos. Efectivamente, en los años de la Guerra Fría -e incluso en los tiempos de la llamada “política del garrote”-, los servicios secretos del imperio intrigaban con buenos y malos modales para desestabilizar gobiernos.
Ahora esa tarea la cumplen los servicios de inteligencia de Venezuela auxiliados por los operadores cubanos, expertos en faenas de este tipo. Es de imaginar que la presencia de estos activistas “revolucionarios” no les resulta muy agradable a los militares hondureños y a las clases propietarias. Como consecuencia de ello, las posiciones se endurecen porque nadie está dispuesto a marchar de buena voluntad a su propio sacrificio.
Digamos que mientras los “servicios” venezolanos se paseen por las calles de Tegucigalpa como panchos por su casa y su embajada esté en el centro de la conspiración, las posibilidades de un arreglo pacífico se reducen al mínimo.
Las recientes declaraciones del embajador venezolano en Honduras oponiéndose a abandonar el país después de que el gobierno de Micheletti le hubiera retirado sus credenciales, no tienen antecedentes en la historia de la diplomacia moderna. Si lo que hace Venezuela lo hubiera hecho Estados Unidos en estos momentos las manifestaciones de repudio a los yanquis ocuparían las calles de las principales capitales de Occidente.
Sin duda que los tiempos han cambiado. Tanto han cambiado que ahora nos encontramos con supuestos dirigentes populares que le reprochan a Estados Unidos por qué no interviene en Honduras. Es más, algunos audaces han llegado a exigir que Estados Unidos mande marines a Honduras para reponer a Zelaya en la poltrona presidencial. Insólito. Marines de izquierda desembarcarían en Honduras para respaldar a los “revolucionarios”. A ningún autor de ciencia ficción se le hubiera ocurrido semejante trama.
Después está Honduras. Honduras con su historia, sus miserias, sus injusticias. Honduras y la pobreza de más del setenta por ciento de la población. Honduras y el carácter miserable de su clase dirigente, la prepotencia de sus capangas y militares. Honduras transformada en los años de Guerra Fría en el portaaviones de las intrigas de la CIA y de la guerra sucia librada contra el comunismo.
Honduras y la frontera con Nicaragua. ¡Ironías de la historia! Honduras fue el campo de reclutamiento de los célebres “contras” nicaragüenses. El campo de reclutamiento y la boletería de pagos de sueldos al contado con los que el Pentágono premiaba a sus colaboradores.
Honduras, el centro del patio trasero de los yanquis. Patio trasero orgulloso de su condición. El centro de las conspiraciones anticomunistas y de los negociados del narcotráfico. Zelaya conoce muy bien todas esas historias. Una de las haciendas donde los “contras” se ejercitaban para marchar hacia la Nicaragua sandinista, era la de Manuel Zelaya ¡Curiosa coincidencia! El mismo que ahora delira con un paseo revolucionario desde Nicaragua hasta Tegucigalpa, hace veinte años alentaba y financiaba operaciones militares contra Nicaragua.
A diferencia de otros países de Centroamérica, en Honduras no hubo movimientos guerrilleros significativos. La izquierda armada y no armada nunca fueron fuertes en este país. Los Zelaya y los Micheletti de turno siempre se encargaron de que así fuera. Lo que se dice, una clara conciencia de clase.
Ahora estos caballeros se han peleado. Que nadie vaya a creer que han sido los ideales los que los han distanciado. Nadie se pelea por cosas que nunca usó y en las que nunca creyó. El distanciamiento entre Zelaya y Micheletti responde a intereses materiales contantes y sonantes. Sus disputas tienen que ver con chequeras, cuentas corrientes, negocios de importación y ocupación de tierras. También huele a petróleo, el oro negro actual de todos los regímenes despóticos del mundo, el lubricante que compra conciencias, soborna funcionarios y corrompe políticos. Micheletti y Zelaya lo saben, Chávez también.
Allá vamos. Es lo que parece decir Zelaya, instalado en la zona fronteriza, mientras el sombrero blanco -símbolo de poder- descansa sobre la mesa.
Foto: Agencia AFP