DE RAÍCES Y ABUELOS

Historias y recuerdos de una callecita italiana

Olivia Macacaro y Marsilio Gasparini, ambos inmigrantes italianos.

Historias y recuerdos de una callecita italiana
 

Retomamos la historia familiar de la escritora santafesina Susana Colombo, cuyo relato paterno (familia Gasparini) publicamos el 11 de julio. TEXTOS. MARIANA RIVERA.

“Esta es una muy pequeña nota que relata la vida de una de mis abuelas italianas: mi abuela materna Olivia Macacaro”, aclaró Susana Colombo, quien nos acercó este nuevo relato de su familia materna.

Olivia arribó a Argentina el 8 de septiembre de 1927, acompañada por su hermano Lorenzo. Aquí la esperaba quien era su novio en Italia, Marsilio Gasparini (abuelo de Susana), quien había llegado al país en octubre de 1924.

Cuando alguien preguntaba a Olivia de dónde era, explicó Susana, ella respondía: “De Via Ognissanti per Alpo, frazione di Villafranca di Verona”. Y seguía, sin solución de continuidad, esta aclaración: “Pero nací en Brasil, igual que mi hermana mayor María, en Valença. Yo había nacido el 31 de marzo de 1898 y me anotaron dos días después como nacida el día de la inscripción, es decir, el 2 de abril. A los cuatro años, mis padres que habían llevado al Brasil para la cosecha del café y retornaron a Italia, llevándonos”. Luego, seguía la inevitable frase: “Ah l’Italia! Niente come in Italia! Allá las cosas son distintas!”.

En este sentido, Colombo reflexionó: “Desde los 29 hasta los 99 años en que falleció, Olivia vivió en Santa Fe. Para mí era difícil comprender por qué, después de tantos años, mi abuela no podía olvidar su Italia. Pese a no ser su tierra natal, para ella era su patria y su lugar. Ahora, en cambio, puedo entenderla”.

Y continuó: “Via Ognissanti, donde Olivia vivió por veinticinco años, pues los cuatro primeros los atravesó en Brasil, consiste en un grupo de casas ubicadas a las afueras, en la zona de campagna, de Alpo, fracción de la ciudad de Villafranca di Verona, provincia de Verona, región del Veneto, en el norte de Italia. Es una zona de llanura, donde aún hoy se dedican a labores agrícolas, con la marca del esfuerzo y trabajo incansables del que hemos tenido fiel testimonio en nuestros inmigrantes italianos. Son familias unidas por una convivencia armónica y el sentimiento de pertenencia”.

HISTORIA DE UNA CALLE

Según la escritora, aquel lugar “es mágico y conserva los recuerdos y voces del pasado, presentes en la resonancia de un eco que atraviesa los siglos. Allí, están el susurro de las labores campesinas, la voz de las mujeres llamando a comer a su familia, la de las niñas y jóvenes que atienden a hermanos menores y ayudan a sus madres. También se escuchan los sonidos de la guerra y bombardeos del ‘14, que, sin embargo, no alcanzaron directamente al caserío”.

Sin embargo, aclaró que “para mis oídos, el lugar guarda algo más: el paso apurado y firme de los soldados de la fuerza política surgente en el tiempo de interguerra, en su ir y venir en busca de mi abuelo Marsilio. Como he contado, él, al igual que Olivia, vivía en Ognissanti, y ya por entonces ambos eran novios. Los soldados lo buscaban para ammazzarlo por un golpe de puños en el bar, que abriría para siempre una nueva etapa en la historia de la familia. En Via Ognissanti aún perdura la voz de la madre, Amalia Tosoni, que en 1924 pide a su hijo escondido entre maizales que se vaya per l’America pues prefería tenerlo lejos y vivo que cerca en una tumba”.

Por último, recordó que “a la misma Via Ognissanti llega, tres años después, la carta de Marsilio pidiendo a su novia Olivia que se decidiera: a venir a Argentina o terminar el noviazgo. Él estaba resuelto a no regresar porque Santa Fe significaba un lugar libre, donde era posible vivir con tranquilidad, lejos de los problemas y avatares del viejo continente. Aquí estaba a gusto compartiendo destino con otros paisanos, en especial venetos, friulanos y lombardos”.

CORAZÓN PARTIDO

Por último, Susana Colombo comentó que “en Ognissanti aún está ahí la angustia de Olivia, que se despidió de las pequeñas Marianina y Solange, hijas de su hermana María. La consolaba saber que las mujeres de Ognissanti eran fuertes, y su hija Olivia, con la ayuda de Dios, lograría sobreponerse”.

En este sentido, aseguró que “Olivia superó el trance, aunque siempre a medias, siempre con un corazón partido, que reía y lloraba al mismo tiempo, que festejaba la presencia de sus hijos, los hijos que tuvo en esta tierra, pero añoraba la de sus padres y hermanos que quedaron en su patria. Incluso la presencia de sus hijos era un festejo a medias, ya que debió sobrellevar la muerte de su primer hijo a los 22 meses y exacto una semana antes del nacimiento del segundo. También la muerte del hermano que la propia madre le había “dado’ como lazo de unión con Ognissanti.

Olivia se aferró siempre como tesoro a la verdadera herencia de familia: el trabajo. Murió poco antes de cumplir 99 años. Entonces su alma volvió seguramente a Via Ognissanti”.