En “Conquista de lo inútil”
Herzog evoca un viaje alucinante
El cineasta alemán rememora el viaje que emprendió a través del Amazonas peruano para el rodaje de “Fitzcarraldo”.
Paulo Pécora
Télam
“Conquista de lo inútil. Diario de filmación de Fitzcarraldo” es el título de las memorias -recién editadas en la Argentina- en las que el célebre cineasta alemán Werner Herzog evoca el viaje alucinatorio que emprendió a través del Amazonas peruano durante más de dos años de preparación y rodaje de aquel famoso filme.
“Estos textos no son un informe de filmación -apenas si se la menciona- y diarios son sólo en el sentido más amplio: son otra cosa, más bien paisajes interiores, nacidos del delirio de la jungla. Pero tampoco de eso estoy seguro”, advierte Herzog en el prefacio a la edición alemana de estas memorias escritas hace 29 años.
Recién publicado en Argentina por la editorial porteña Entropía para su colección “Apostillas”, el libro describe la travesía de Herzog por una de las selvas más frondosas y hostiles del mundo, y acompaña a la vez el viaje interior del cineasta, atrapado por los mismos delirios y pasiones que su personaje y embarcado como él en un proyecto de ribetes imposibles.
Se trata de otra de sus aventuras cinematográficas, en las que incluso corrió grandes riesgos físicos, como cuando viajó a África para filmar “Cobra verde” (1988), escaló el cerro Torre argentino para rodar “Grito de piedra” (1991) o como cuando se internó por primera vez en la selva amazónica para “Aguirre, la ira de Dios”, en 1973.
Protagonizada por Klaus Kinski -quien reemplazó a Mick Jagger, cuando ya había filmado varias escenas-, “Fitzcarraldo” aborda la epopeya de un aventurero europeo que profesa gran admiración por Enrico Caruso y quiere construir un teatro en medio de la selva, para que la voz del gran tenor italiano llegue a los pobladores de ese lugar inaccesible e inhóspito.
En palabras de este arriesgado artista nacido en 1942 en Munich, Alemania, “la voz de Caruso hace enmudecer todo dolor y todo grito de los animales de la selva y extingue el canto de los pájaros”; y esa supuesta cualidad del tenor parece justificar los sacrificios y esfuerzos sobrehumanos que Fitzcarraldo y Herzog realizan para concretar sus sueños.
Una visión afiebrada
Tanto el filme como la aventura de Fitzcarraldo en la ficción nacen de una misma visión afiebrada: “La imagen de un gran barco de vapor sobre una montaña”, que es justamente la portada elegida para el libro, un fotograma que muestra a un Kinski desesperado y, detrás de él, a una enorme embarcación trepando hacia la cima de una colina.
“En este paisaje inacabado y abandonado por Dios en un rapto de ira, los pájaros no cantan, gritan de dolor, y árboles enmarañados se pelean el uno contra el otro con sus garras como gigantes, de horizonte a horizonte, en el vapor de una creación que aquí no fue acabada”, escribe Herzog en otro pasaje del libro.
Esa imagen onírica -tomada en una panorámica que describe la inmensidad de una selva fantasmagórica bañada por la niebla- es la que abre la película que Herzog terminó en 1982, tras dos años de desventuras, peligros y proezas en un espacio primitivo y salvaje, incomprensible para un europeo y, mucho más, para un alemán.
Como en sus películas, el estilo de Herzog para estas notas es descriptivo, próximo al documental, pero esa escritura despojada y telegráfica posee luminosos intersticios donde afloran la poesía y el diario personal, además de pesadillas y visiones afiebradas que expresan su asombro e incomprensión ante lo primitivo y salvaje de su entorno.
Su amor, temor y fascinación por la naturaleza que lo rodea -a la que denomina “mundo irreal”- llevan a Herzog a realizar un estudio minucioso, casi científico, del comportamiento de los insectos, animales y personas con los que se cruza durante este viaje que, además, le sirve para exorcizar sus propios demonios interiores.
Calificado como “obsesivo” y “excéntrico”, Herzog -cuyo nombre verdadero es Werner H. Stipetic- creció en las montañas de Baviera, donde no conoció ni el cine ni el teléfono ni la televisión hasta los 17 años, cuando empezó a hacer películas de forma autodidacta, sin tener ningún estudio previo al respecto.
Ya desde su obra temprana, la naturaleza es un elemento central, un medio estilístico que aparece como una constante en sus películas: el Sahara (“Fata Morgana”, 1971) o la jungla peruana (“Aguirre, la ira de Dios”, 1973) son una parte esencial de su escenificación.
Pero el trotamundos no sólo se muestra fascinado por paisajes extremos, ya que también entre las personas le interesan las poco comunes, los marginados: como en “Woyzeck”, “El enigma de Kaspar Hauser” y “Nosferatu”.
El bello, tortuoso y complejo mundo de Herzog no cesa de remitir -como el Romanticismo- a nociones como las de “destino”, “tragedia”, “absurdo” y al combate perpetuo entre lo pequeño y lo desmesuradamente grande: la lucha del individuo frente a una naturaleza profundamente inhumana.




