EDITORIAL

Paradojas de la política

En una de sus habituales columnas periodísticas, el politólogo Natalio Botana observa que en el actual contexto político y social el oficialismo a lo único que parece temerle es a la movilización callejera.

Fiel a una concepción populista y movimientista del poder, para el matrimonio gobernante la ley y las instituciones son manejables, manipulables si se quiere, y las observaciones o críticas que puedan hacer juristas y políticos opositores les importan poco porque consideran que en ningún caso ponen en discusión los fundamentos de su poder.

Presentado así el escenario, resulta por lo menos preocupante que la visión del poder de las más altas autoridades del gobierno sea tan primitiva y esté expuesta a una concepción descarnada de las relaciones de fuerza.

En efecto, para los Kirchner lo que importa es la relación amigo-enemigo con sus correspondientes desenlaces. Es muy probable que ni Kirchner ni su esposa tengan noticias de Carl Schmitt, pero está claro que esta visión del poder abona en estas teorías, lo que probaría que las hipótesis de los grandes pensadores no nacen de la especulación arbitraria, sino que se corresponden con determinadas prácticas reales que los intelectuales suelen teorizar de manera sofisticada.

Si las instituciones son manipulables y funcionales a las estrategias cotidianas, está claro que lo que preocupa es la exhibición primaria del poder a través de golpes de Estado, golpes de opinión o movilizaciones callejeras.

Fieles a esa concepción, cada vez que los Kirchner han retrocedido en sus objetivos ha sido porque la situación callejera era insostenible. Herederos de las tristes jornadas de 2001, estiman que el más cierto de los peligros que pueden acechar a la gobernabilidad es la gente en la calle.

¿Acaso no es así?, es la pregunta que corresponde hacerse en este caso. Es probable que así sea en última instancia sería la respuesta adecuada. Pero lo que un gobierno responsable hace es, justamente, fortalecer las instituciones para que las puebladas, movilizaciones populares o actos provocativos semejantes sean absorbidos por la institucionalidad y no a la inversa. Está claro que, para que ello ocurra, es necesario tener una visión institucionalista de la política, visión que está en las antípodas del populismo en cualquiera de su variantes.

Justamente Botana es el que señala en uno de sus textos que la Argentina es un cementerio de proyectos hegemónicos fracasados. Lo dice con relación a esta visión concentrada del poder que proyecta perpetuarse más allá de los límites que impone la tradición republicana. Sin el respaldo de las instituciones, los gobiernos quedan expuestos a los humores siempre inestables de la sociedad. Ésa es la paradoja que atenaza a los gobiernos que corren el riesgo de caer víctimas de situaciones que ellos mismos contribuyen a crear.