El “sí” que atraviesa los tiempos
El “sí” que atraviesa los tiempos

Hay cosas que nunca cambian. Un tiempo de noviazgo, las ganas de compartir la vida, ilusionarse con los hijos, la proposición, pensar la fiesta, la familia contenta, la lista de invitados, el vestido blanco, algo azul-algousado-algonuevo-algoprestado, los anillos, la madre que se emociona, lluvia de arroces, los festejos, el amigo que se emborracha, la soltera empeñada en aferrarse al ramo... Otras, parece, se transformaron completamente.
Cómo que no. Ni el más esforzado ejercicio de la imaginación lograría vislumbrar a alguien hoy en esta situación: el novio aspirante a esposo se calza un impecable traje y marcha a postrarse muerto de miedo ante el suegro para pedirle solemnemente, mientras una gota fría baja desde la frente hasta la pera, permiso para desposar a su preciada hija.
En la primera mitad de siglo, ese ritual era paso obligado para, al fin, lograr un tiempo en soledad con la deseada novia.
Eran los tiempos en que el padre, que era la ley, debía dar su consentimiento para que la hija mujer, que ya había sido presentada en sociedad mostrándose apta para el matrimonio, pasara de señorita a señora.
Los noviazgos también eran distintos: “Te hacían ‘la pasada’ (literalmente: pasar varias veces por la puerta de la pretendida que, cuando estaba en el balcón o la ventada, inclinaba la cabeza en señal de saludo). Después lo atendías en la puerta de la casa, hasta que pedían permiso a tus padres para visitarte. Entonces sí, entraban a la sala”. Indefectiblemente, ante la mirada de algún adulto que vigilaba. Después se pedía la mano.
Una vez saldados todos esos pasos, se empezaba a pensar en la fiesta que “se hacía en casas de familia”. Y ahí comenzaba el otro punteo de ítems: las invitaciones, que se repartían junto con el detalle del menú y el servicio (casi siempre La Perfección de Rosario o Las Delicias, El Polo y Los Dos Chinos de Santa Fe); el copetín, el fotógrafo (Garcilazo), el vestido, las flores, las despedidas de solteros/as (mucho más decorosas que las actuales). Y el ajuar. Punto y aparte para el ajuar.
El ajuar “se preparaba casi con tanta minuciosidad como la fiesta”. Y no era para menos. La certeza de compartir la intimidad por primera vez con el adorado llevaba a tías, madres, abuelas y demases a coser, bordar, combinar, o buscar quien lo hiciera a la perfección. Manteles, delantales, mantas, camisones, saltos de cama, combinaciones, toallas y sábanas con iniciales, almohadones y sobrecamas. Y todo haciendo juego.
En la fiesta, donde los mayores venían segundos en el ranking de protagonismo después de los novios, había mucha preocupación por los detalles. Flores en canastas de mimbre bien dispuestas en las distintas salas, mientras se recibían los regalos y telegramas (además de los usuales, había unos de “lujo”, semejantes a un pergamino) con los mejores deseos para los desposados.
Al festejo, que eran hasta medianoche, ellos accedían con cuello duro y ellas con vestidos a media pierna. Sin conciencia ecológica, se colgaban capas de piel, cuellos de zorro y de visón.
UN TIEMPO DESPUÉS...
Entre los ‘40 y los ‘60 la cosa no cambió tanto. El novio ya no pedía la mano, pero sí se hacía un compromiso con íntimos y la familia.
Y, rápidamente: el civil, la “misa blanca”, la Iglesia y, después de cortar la torta, al finalizar la fiesta, la novia iba a alguna habitación, se cambiaba y partía con el novio. Repasemos. La novia se hacía un vestido para el compromiso (uno), otro para la misa blanca (dos), otro para el civil (tres), otro para casarse por Iglesia (cuatro), y otro para salir de la casa después de la fiesta (cinco). Y, mientras pensaba en todo eso, el ajuar. Todavía se usaba el ajuar.
Vayamos por partes. El compromiso era la manera de participar, a toda la gente que se quiere, de la noticia. El civil era una cosa sencilla, generalmente al medio día y muy, muy íntimo. Los testigos, la mayoría de las veces, también eran parte del clan. La misa blanca... Punto y aparte para la misa blanca.
Una semana antes del casamiento, las amigas de la novia le hacían una “demostración”. Empezaba con el aviso en el diario, adhesiones en algún comercio para el regalo elegido, que firmaban todas, y terminaba con la “misa blanca”. A la celebración a la que también concurrían las parientas mujeres, le seguía un copetín que los padres de la homenajeada ofrecían en su casa, por la tarde.
La siguiente vez que la novia fuese a la Iglesia, la blanca iba a ser ella misma. Ya en la fiesta, que seguía siendo en casas de familia, comían, brindaban, ella tiraba el ramo, cortaba la torta, pero no bailaban. Ahí, justo cuando ya se sabía cuál de todas había sacado la tirita con el anillo que encerraba la promesa de un futuro casamiento, acompañaban a la novia a un cuarto para que se vistiera. Los novios se iban felices, ella más nerviosa que felíz. Fin de la fiesta.
El festejo entonces, era supervisado y definido por los padres de los novios. Y pagado por los de la novia.
Después de los “70 las casas se achicaron y los clubes aparecieron como una opción para festejar sin ensuciar el terruño. Sin vecinos que ver al otro día, los invitados empezaron a bailar y los disc jockey a alegrar.
CAMBIA, TODO CAMBIA
Lo del vestido sigue igual, aunque lo de blanca, pura y casta hoy ya no parece un requisito indispensable para contraer matrimonio. Lo que si cambió es que las decisiones ya no corren tanto por cuenta de los padres. Lo de las cuentas... según el caso.
La fiesta ahora es de los jóvenes. Son los contrayentes los que deciden los detalles, el lugar, la música y todo lo demás. Sin lugar a dudas, algo que los padres deberían agradecer. Es que en estas épocas del consumo voraz en que todo (todo es todo) se comercializa, organizar una fiesta pone al festejante ante un maratón de opciones.
Cuando Soledad Bobbio se casó, en noviembre de 2002, la transición empezaba a notarse, pero no había terminado de explotar. La suya, cuenta, fue una fiesta como de las que le gustan: salón cálido, el mejor servicio de catering (y bueno, es la madre), buena música y la bebida necesaria como para que aguante hasta las 7. Así cualquiera la pasa bien.
Pero en nada más que seis años la cosa se puso más seria. Hoy parece que el listado es interminable: salones de belleza, invitaciones, tocado, quién pinta a la novia, las manos, cotillón, filmación, video (¿ponemos video o no?), fuegos artificiales, animaciones y shows. En fin, sin fin.
El rubro se profesionalizó y diversificó, especifica Soledad, que ahora también trabaja en él. Al servicio de Mareta Busaniche, anterior al suyo propio, se agregaron una decena más. Como novedad remarca la aparición de las weddings planner y los nuevos salones que concentran todos los proveedores necesarios en un solo lugar.
Ahora (y ésto se deduce de un vistazo en las webs santafesinas) no solamente hay que pasarla bien, sino que hay que sorprender a los invitados con la “cabina de mensajes”, un baile armado especialmente por los novios; la comparsa, murga o grupo musical; los malabaristas y las chicas que se cuelgan; la cascada de chocolate o los chocolates personalizados. Y dentro de poco empezarán a aparecer en los salones los números de los guinnes que solía llevar Susana Giménez a su programa.
Igual, con tarjetas pagadas por el anfitrión o por los felices invitados que colaboran gustosos con la promesa de una noche de diversión, sorpresa o programada, íntima o multitudinaria, modesta o a todo trapo, las fiestas de casamientos siempre serán un motivo de alegría. Hoy, como ayer, ¿quién te quita lo bailado?
arriba, El casamiento de Estela Iturraspe con Raúl Freyre, en la casona de la abuela de la novia, Doña Estela Cabal de Iturraspe (hoy Club del Orden). El vestido de la novia lo hizo Estela Cabal de Iriondo. abajo, La boda de Soledad Bobbio con Gonzalo Fernández, en el Country del Jockey Club. El vestido de la novia lo hizo Carmen Correa de Iturraspe.
Confites siempre hubo. Y felicidad también. Pero las celebraciones de ese empezar de a dos fueron adquiriendo diversas formas a lo largo del tiempo. Antes se pensaba más en la familia y los mayores. Ahora, las fiestas son con los amigos y hasta el amanecer.TEXTOS. SOL LAURÍA. FOTOS. GENTILEZA ESTELA ITURRASPE DE FREYRE Y SOLEDAD BOBBIO DE FERNÁNDEZ.

hay cosas que nunca cambian: un tiempo de noviazgo, las ganas de compartir la vida... otras, parece, se transforman completamente.

1. Después de un noviazgo formal, el novio le proponía matrimonio a la novia.
2. Anunciar la buena nueva “oficialmente” a la familia, y celebrar el compromiso.
3. Reservar Iglesia y hacer trámites en el Registro Civil. Se podía elegir la Iglesia y el cura, con misa de esponsales o con comunión.
4. Las novias comenzaban a preparar el ajuar.
5. Enviar las invitaciones.
6. La “misa blanca” que la novia compartía sólo con sus amigas.
7. El fotógrafo. No había muchos. El más convocado era D’Agata Acontecimientos Sociales. Después llegó Mario Platini.
8. Enviar tarjetas de agradecimiento a todos los que hicieron regalos.
antes
1. Fijar el día y mes de la boda, buscar y reservar iglesia o templo y Registro Civil.
2. Pensar qué fiesta quieren y con cuánta plata se cuenta.
3. Armar la lista de invitados.
4. Reservar salón.
5. Visitar empresas de catering.
6. Elegir el sonido y ambientación.
7. Video y fotos.
8. El cotillón.
9. Las participaciones e invitaciones, que se mandan entre 20 y 30 días antes.
10. Alquilar grupo electrógeno por cualquier eventualidad.
11. Organizar el listado de invitados y ubicarlos en las mesas.
12. Anotar qué les regaló cada invitado para agradecer luego.
13. Divertirse.
ahora

PARA VERTE MEJOR
ELLOS
Antes: De jacket, generalmente hecho a medida por el sastre de confianza o prestado por algún miembro del clan familiar. Camisa blanca, pelo engominado y flor en el ojal.
Ahora: Traje y pañuelo en el bolsillo del saco. Una buena corbata, perfume y cepillo a los zapatos completan la indumentaria ideal.
ELLAS
Antes: Con el eterno vestido blanco, de organza de hilo en verano o de chantu y seda natural en invierno. Las manos que cortaron, probaron y cosieron los vestidos de las santafesinas durante todo el siglo pasado fueron las de Providencia Gracciani, las hermanas María Luisa y María Amelia Petrina Hertz, María López Bezos, “La Civini”, “La Tosca”, Rosita Zapatero y Estela Cabal.
Ahora: Los modelos son tantos como ideas haya. El blanco siempre está presente, pero se empieza a combinar con fajas, flores o detalles de colores. Se suman los vuelos, flecos y hasta plumas. Marta Buzzi y Pampy, ya desde los ‘80, pusieron la forma, hilo y aguja al sueño de varias novias. En los ‘90, por lo menos una decena se sumó a la lista: Mumi Correa, Sarita Cabal y Carmen Maximino, Martha , Clarisa Lenarduzi y Martín D’ Poss, entre varios más.