Crónica política

Oficialismo y oposición en la democracia argentina

Oficialismo y oposición en la democracia argentina

Rogelio Alaniz

“No es la maldad del escorpión el que mata a la rana sino su naturaleza.” Orson Welles

Dos mujeres esta semana fueron noticia de política nacional. Las dos son peronistas, las dos fueron promovidas por Reutemann y las dos se han sumado por diferentes caminos a las filas del kirchnerismo. Para muchos fue una sorpresa, para mí fue apenas una novedad. No soy profeta ni escribo horóscopos, pero los pasos que dieron Latorre y Alarcón no me sorprendieron. Es más, ni siquiera estoy en condiciones de decir que lo que hicieron está mal. Después de todo nadie merece ser condenado por hacer algo que siempre estuvo previsto, salvo que alguien crea que es imprevisible que una dirigente del peronismo en algún momento acuerde con un gobierno peronista.

Algunos dirán que ese acuerdo está perpetrado desde la mala fe, la traición o el soborno. No me consta. No pongo las manos en el fuego por nadie, pero para continuar con mi razonamiento preferiría por el momento descartar el móvil personal, la célebre valija con dinero, el nombramiento de amigos y compadres en el Estado y otras lindezas por el estilo.

Conociendo la delicadeza del peronismo para resolver las diferencias políticas internas, es probable que algo de esto haya ocurrido, pero, repito, no sólo que no me consta, sino que, además, si así hubiera sido, lo que pasó no invalida mi razonamiento principal, razonamiento que postula que lo sucedido debe interpretarse como una movida más dentro de la interna peronista.

El problema en todo caso no lo presentan las supuestas defecciones de Latorre o Alarcón, sino el visible desencanto de quienes sin ser peronistas votaron o promovieron a dirigentes que supuestamente eran los más eficaces para luchar contra el kirchnerismo. “El que avisa no es traidor”, dice el antiguo refrán. Y las señoras Alarcón y Latorre siempre dijeron que eran peronistas y por lo tanto a los únicos que “traicionaron” fue a la ingenuidad de quienes creyeron otra cosa. ¿Está mal? No tanto. En política se perdonan todos los pecados, menos el de la ingenuidad.

Lo que vale para Alarcón y Latorre también vale para Reutemann. No pongo en duda la sinceridad de su disidencia con Kirchner. Lo que pongo en duda es que se pueda ser opositor a Kirchner desde el peronismo. Mi opinión al respecto es que desde el peronismo lo más que se puede hacer es ser un disidente interno, pero esa disidencia interna tiene sus límites, sus barreras infranqueables. Lo sucedido con Alarcón y Latorre es una expresión visible de esos límites y esas barreras.

“No sé si me interpreto” le gustaba decir a un dirigente, no recuerdo si de un comité o de una unidad básica. Pero trataré de hacerme entender. Lo que discuto es algo más que una decisión personal o una defección personal. Lo que discuto es la lógica de un espacio de poder, de cualquier espacio de poder. Esa lógica prueba que no hay espacio de poder sin compromisos, acuerdos y complicidades a veces visibles, a veces invisibles. Esto vale para el peronismo y para cualquier fuerza política que está en el poder.

Por lo tanto, nadie debe sorprenderse de que los disidentes de ayer sean los ortodoxos de hoy y a la inversa. Podemos enojarnos con las señoras Latorre y Alarcón, lo que no podemos es desconocer su derecho a ser coherentes con su identidad partidaria y con los compromisos políticos que se derivan de esa identidad partidaria. Esto es inevitable. Todos lo saben, menos los votantes que se dejan seducir por la retórica de quienes saben que en ciertos momentos el mejor negocio para ganar votos es el de presentarse como opositores.

El peronismo santafesino, sin ir mas lejos, fue kirchnerista desde la primera hora, como antes fue menemista y antes “isabelista”. Su vocero oficial, su monje negro, se llamó y se llama Chueco Mazzón. Latorre lo sabe y Reutemann también.

Los legisladores de este partido votaron disciplinadamente todas sus leyes, incluso las más controvertidas. Que en un caso puntual hayan tenido diferencias no autoriza a pensar que súbitamente se transformaron en opositores. Los diputados peronistas de Santa Fe se pelearon entre ellos para ver quién levantaba la mano con más entusiasmo a favor de la 125. Hoy miran para otro lado y se hacen los distraídos.

Lo que está fuera de discusión es que cambiaron. Ahora bien, ese cambio, ¿obedece a las convicciones o al oportunismo? Yo sé que en política esta pregunta puede resultar imprudente. En todos los casos respeto las decisiones de los dirigentes peronistas de cambiar. Lo que no admito, o no estoy dispuesto a admitir, es que esos cambios obedecen a una genuina voluntad opositora. Dicho con otras palabras: les reconozco el derecho de hacer lo que hacen pero no me pidan que, además, les crea.

Me dirán anacrónico o algo peor, pero para bien o para mal adhiero a una cultura política donde el oficialismo es oficialismo y la oposición es oposición. Anacrónico o no, es lo que ocurre en todas las democracias del mundo. En España a los socialistas los van reemplazar los conservadores, no alguna variante del socialismo opositor a Zapatero. En Inglaterra a los laboristas le suceden los conservadores. Algo parecido ocurre en Chile, en Uruguay o en Brasil. La Argentina es la exclusiva “rara avis” donde el peronismo se presenta como opositor a sí mismo y esta anomalía termina por ser legitimada no sólo por los peronistas que sería lo previsible, sino también por los opositores y los propios votantes.

Algunos amigos suponen que atendiendo a las modalidades políticas de la Argentina, los errores del peronismo se superan con más peronismo. Como dice Erdosain: “No comparto”. A un gobierno peronista se lo supera con un gobierno no peronista. Lo otro es más de lo mismo y en el camino ocurren los desengaños al estilo Latorre o Alarcón.

Prosiguiendo con la tarea de rizar el rulo, debería decir que las experiencias de Latorre y Alarcón son similares pero también diferentes. En este caso las diferencias están planteadas no entre ellas sino en la relación que ellas han mantenido con sus referentes políticos. Latorre y Alarcón, las dos, se han formado al lado de Reutemann. Esto no significa desconocer sus virtudes, pero está claro que quien les dio el espaldarazo nacional fue el ex corredor. Es verdad que ambas lo “traicionaron”, aunque habría que preguntarse qué pasa con un jefe político que periódicamente es traicionado por sus colaboradores inmediatos. Para que nadie suponga que Reutemann sólo tiene problemas con su rama femenina, agrego el nombre de Massat a la lista.

De todos modos no creo que la relación de Alarcón con Binner sea equivalente a la de Latorre con Reutemann. Alarcón fue una funcionaria de segunda línea del binnerismo y hasta es probable que la conciencia de ser de segunda línea haya alentado su retorno al peronismo. Por su lado, Latorre nunca fue una figura de segunda línea de Reutemann; por el contrario fue su principal expresión legislativa, su compañera de lista en lo que él mismo consideró la elección más difícil de toda su carrera. Y esa relación más que un fugaz romance fue un matrimonio político de casi veinte años.

Así y todo al gobierno de Binner también le alcanzan las generales de la ley. Hasta ahora los acuerdos que el Frente Progresista ha hecho con los peronistas sólo han sido eficaces para el reparto de cargos. Binner y Giustiniani fueron votados en su momento por muchos peronistas, pero no creo que esos votos hayan llegado porque la señora Alarcón estaba con ellos.

Tal como enseñan las experiencias de los últimos meses, está claro que la maniobra de atraer dirigentes de otros partidos han sido, en el mejor de los casos, un recurso para darle empleo a dirigentes que se quedaron sin trabajo. En todos los casos, los convocados tarde o temprano terminaron “traicionando” a sus ocasionales empleadores. Salvando las distancias, lo que le sucedió a Kirchner con Cobos es lo que le sucedió a Binner con Alarcón. Pregunto: ¿Cuántas “traiciones” debe asimilar un espacio político para saber que las teorías de la “pata peronista” o la “pata radical” son excusas para repartir empleos?