Al margen de la crónica
Si Goya viviera
Al margen de la crónica
Si Goya viviera
Después de la mitad del siglo XVIII, Goya criticó a través de su pintura los métodos de enseñanza de esa época. En el óleo que se conoce como “La letra con sangre entra”, en una escena de escuela, el maestro está a punto de azotar con un látigo a un alumno que, con los pantalones bajos, deja al descubierto sus nalgas para recibir el castigo. La luz del cuadro está dirigida a la humanidad que recibirá el azote; a la derecha, otros alumnos que ya han recibido la lección, levantan sus pantalones mientras lloran por el castigo recibido. En el fondo, la sombra del cuadro envuelve a otros niños dedicados a sus tareas.
La ordenanza que eleva el valor de las multas para los infractores de las normas de conducir en la calle, es como una la metáfora del cuadro. Si se dejan de lado las valoraciones de semejante pedagogía, puede rescatarse la similitud del sistema de castigo impuesto ante la falta de entendimiento.
Las calles de la ciudad están en consonancia con la circulación vehicular de la década de los cincuenta del siglo pasado, mientras que el parque automotor, ha crecido de manera desmesurada. No hay un comportamiento responsable de los que se desplazan en diferentes vehículos por calles y avenidas: quienes conducen bicicletas y motos parecen dejar su vida a merced de pericia de los automovilistas. Es frecuente ver que no llevan casco, que circulan más de dos por ciclomotor, que no tienen luces o carecen de patente. En medio de ese caos, los carros son transgresores por excelencia; a contramano y con niños como conductores, constituyen un riesgo real a toda hora del día. Por su parte, muchos de los que manejan autos, desconocen rutinas elementales e ignoran reglas que debieron aprender antes de obtener su carné.
El alcohol aporta un ingrediente fatídico al manejo imprudente y, de ese cóctel, derivaron la mayoría de los accidentes que, en las últimas semanas cobraron vidas jóvenes.
Ya se hacen oír las protestas por los abultados montos de las multas, al tiempo que se insinúan reparos para confiar la justicia de la sanción: la subjetividad de los inspectores y la eficacia de las cámaras fotográficas en los semáforos, están en esa lista. Habrá que cuidar la aplicación de las sanciones para que no haya excesos ni injusticias y que el modo de implementación sea equitativo. También se deberían tener en cuenta algunas propuestas interesantes como que el dinero recaudado en concepto de infracciones se destine a educación vial y que, a los que no puedan pagar las multas, se les asignen tareas comunitarias. Poner orden para evitar muertes cuando la persuasión fracasa, no es represión y, aunque parezca una medida retrógrada, la conducta adecuada entra con castigo. Si Goya viviera y tuviese que aportar soluciones a este problema, seguro dejaría de lado cualquier ironía.