Diario de viaje
Diario de viaje
El santafesino radicado en Córdoba, amante de los documentales de la National Geographic y Discovery Channel, entre otros canales, fue parte de la expedición que “descubrió” el Amazonas.

Por
Néstor Rabazzi
La verdad que es una tarea muy difícil tener que resumir el viaje en tan poco espacio, cuando la sensación a describir es haber tocado el cielo con las manos.
Alrededor de las 5 de la madrugada del 22 de agosto iniciamos nuestro viaje rumbo a Manaos. Cuando llegamos, a pesar de la fatiga que nos provocaron los 3 aéreos, no pudimos evitar que la adrenalina nos abriera los ojos. Apenas cruzamos las puertas corredizas del aeropuerto nos dimos cuenta que habíamos llegado al Amazonas: fuimos recibidos por un calor abrasador y una humedad casi convertida en vapor.
Después de algunos minutos de viaje en minibús llegamos al puerto, donde nos esperaba el barco que nos alojaría durante los próximos 7 días. El “Maruaga” se veía impactante desde el muelle.
mancha de petróleo
El inicio del derrotero fue por el río Negro, nombre propio del color de sus aguas, negras pero transparentes. Lejos de querer hacer una típica siesta, disfrutamos la belleza de Manaos y la costa opuesta con exuberante vegetación, que nos marcaba que estábamos en medio de la selva.
Luego de 1 hora de navegación, llegamos a la famosa unión de los ríos Negro y Solimoes, cuya diferencia de colores está bien marcada; para aquellos que no se lo imaginan piensen en cómo se vería una gran mancha de petróleo en un río marrón claro, esa es la combinación justa de colores.-
De lleno en el Amazonas, sumamente caudaloso, ancho y muy profundo -es navegable por buques de ultramar sin ningún tipo de señalización o bollado como en nuestro Paraná-, navegamos con la compañía de una innumerable cantidad de delfines rosados, que hacían piruetas alrededor del barco.-
Con la embarcación andando, la primera noche cenamos temprano, y aprovechamos para conocernos un poco más con otras personas; en total éramos 12 argentinos los pasajeros, acompañados por 14 personas más –todos brasileños- cuya función era procurarnos un servicio propio de un hotel 5 estrellas.-
Luego de la cena, el sueño nos pudo. Mientras dormíamos, el barco navegaba hacia nuestro primer destino de pesca, Canuma, una pequeña población amazónica localizada a un 200 km de Manaos. Allí llegamos a las 8 de la mañana del día siguiente, un poco atrasados debido a una fuerte tormenta de agua y viento durante la noche nos obligó a estar amarrados algo más de una hora.
Los 6 días del programa se sucedieron a pura pesca en los lugares más increíbles que uno pueda imaginarse, siempre separados en grupos de a 2. Mi compañero de aventuras fue el Negro Bancalari, escribano cordobés.
La jornada de pesca era hasta bien entrada la tarde, momento en el cual regresábamos al Maruaga para navegar varias horas más, siempre aguas al sur del Amazonas, hasta nuestro próximo lugar de pesca.
Territorio indígena
Uno de los días en que fuimos a pescar Tucunaré, antes de llegar al lugar de pesca, nos detuvimos ante mi sorpresa en una pequeña aldea indígena, para solicitar al jefe de esta tribu que nos autorizara a pescar en la zona, ya que una gran extensión del Amazonas es propiedad de las tribus que las habitan y como tal hay que solicitarles el permiso correspondiente para poder pescar.
Al final de la pesca, el barco emprendió el regreso hasta Manaos. En el camino, nos detuvimos nuevamente en la localidad de Canuma, esta vez para conocerla. Todavía no puedo salir del asombro de haber encontrado una población en el medio de la selva, totalmente aislada por tierra (solo se llega en barco), pero asfaltada, con agua corriente y luz eléctrica. Lo que llamó mi atención fue la cordialidad de la gente del lugar (muy humilde, por cierto), que me hizo entender por qué Brasil ocupa su lugar en el mundo y convencerme que Argentina tiene mucho que cambiar y recorrer para poder si quiera acercarnos un poquito.
Balance positivo
Toda la vuelta fue distinta, algo fastidiosa, lo único que podía ser más importante en ese momento era volver a ver a familia.
Al regreso, después de unos días haber llegado, todavía tengo los recuerdos de imágenes, sonidos y olores de la selva. Lo disfruté al máximo, sobre todo con mis amigos santafesinos; el hecho de no estar más en Santa Fe desde hace unos años, me hace vivir intensamente cada vez que estoy con quien compartí casi toda una vida de amistad.
Para cerrar, debo agradecer a Dios, a mi mujer y mis hijas que me dejaron vivir esta experiencia, y a los que me acompañaron, por haberme ayudado a pasar una semana en un lugar increíble.
Me despedí del Amazonas, pero no para siempre, seguramente si Dios quiere volveré....

Felicidad pura. Néstor con un Yacundá, un ejemplar raro y difícil de capturar.
Foto: gustavo recce.

Representantes cordobeces. Nestor y su amigo Roberto Díaz Bancalari.
Foto: gustavo recce.