El cansancio de saber
El cansancio de saber
Por Roberto Daniel Malatesta
“Libro de las certezas”, de Patricia Severín. Ediciones Nuevo Hacer, Buenos Aires, 2009.
“Quiero descansar del cansancio de saber todas las respuestas”. Cuando saber incorpora al no saber, certezas e incertidumbres se parecen, se parecen en este libro de amor. Dicho así, “libro de amor”, tal vez decimos poca cosa, se han escrito muchos libros de amor, pero éste es uno que dice “el amor eterno dura poco tiempo”; a partir de allí comenzamos a andar su poesía con paso cuidadoso. Respecto de lo formal, Laura Yasán bien ha expresado: “bastardilla, comienzos de verso con puntuación no convencional, blancos inusuales y una particular disposición de los versos”. Yo diría que las bastardillas, aunque no sea esto terminante, pintan mucho más lo externo que lo interno dicen: “: en la madrugada que abre al este/ empujan las tinieblas lo oscuro de la tierra// los pastos en las sombras/ tenues hebras/ rocío brotando entre palmeras/ (...) huelo el fresco fulgor de la mañana/ la húmeda escarcha de la niebla// las garzas en su hueco de plumas/ se derraman en los charcos”.
Se puede destacar que en esta poesía existe un paisaje externo bien definido: el norte santafesino, que a su vez sirve de marco al paisaje interno, ese -dice Yasán- “lugar del desasosiego”, y el libro va entre uno y otro paisaje, y parecen comunicarse, corresponderse, por ejemplo (en bastardilla el primer verso, sin ellas el segundo): “las libélulas planean sobre el tanque de agua” y “hay un orden secreto bajo el desorden turbulento”.
En lo referente a las disposiciones del verso y los blancos inusuales, sin duda exigen de la lectura una relación directa en cuanto al manejo de silencios. Patricia Severín incorpora estos elementos para que nuestra lectura se adecue a la respiración original del poema (tomado el libro, y bien puede ser así, como un largo poema).
Pero ese desorden turbulento habla en el yo poético y dice “tengo miedo de perderte/ y nunca te tuve”, sensación de abandono que por momentos se corporiza y se parece a la llovizna que torna en aguacero y resta visibilidad al horizonte (otra vez lo externo y lo interno se tocan) “aprisionar tu voz/ en algún teléfono/ tu voz/ inmensidad perdida/ entre el diluvio y el campo”.
Y hay que recordar otra de las certezas: “que podemos recorrer el amor y salir indemnes/ (aunque no sea cierto)”. Habita aquí un doble juego donde la certeza se coloca en lo incierto, donde no hay ningún intento de saberse dueña de la gran verdad, existe la comprensión, la conciencia de que con ese “no saber” ya es mucho “lo que se sabe”, es decir: la valentía de admitirlo, la contundente denuncia de la fragilidad con que se sostienen las almas y los cuerpos devotos entre sí.
Y quizás en esta denuncia, en esta valentía se sitúe esa obligación al paso cuidadoso con que nos obligamos a leer este libro, no hay retaceos, es descarnado el dolor y todo lo que se ha dicho a lo largo de los tiempos sobre el amor, que recordemos: dura poco, parece ser cuestionado.
Pero, nos dice Patricia Severín, el amor es zambullirse, “:hay que zambullirse/ sin miedo/ confiar/ en lo profundo”. Y ésta sí es una certeza que celebra todas las incertidumbres.
“Encuentro”, de Carlos Páez Vilaró.