ANÁLISIS

La poética de la memoria

Roberto Schneider

Un edificio para exhibir películas, como El Cairo, se distingue por la dicotomía entre lo que enseña y lo que oculta. Por una imagen de la evidencia y otra del secreto y la sorpresa. Del lado del espectador todo está a la vista, mientras que del otro lado de la pantalla todo se disimula, se esconde. Desde sus orígenes, estas salas se cimentaron sobre la base de la actividad del público que observa. Como si se tratase de un actor para quien ha sido reservado ese otro espacio que se extiende desde el hall y las escaleras hasta la pantalla y a veces hasta el mismo escenario.

El espacio del espectador es un espacio desvelado. Espacio visible, superficie espectacular. El único que nos interesa, pues en él se concentra la belleza arquitectónica de las salas a la italiana y allí se elabora su mitología. No franquearemos la rampa sino que nos detendremos cuando el otro cine, el de los actores, comience. La pantalla es suya. Con la ayuda de la magia cautiva a un público embelesado y nunca dispuesto a sacrificar por ello la parte de esa magia que le pertenece.

El cine es también un espacio cerrado. Espacio sin relación alguna con la naturaleza, abstracto o intelectual, exclusiva y enteramente humano. Aquellos que aman este lugar aman por ello esta conjunción de cortesía urbana y ficción, este casamiento de roles, el paseo continuo de la mirada por el recinto de las salas.

En sus inicios, las exhibiciones comenzaban a primera hora de la tarde, pero progresivamente fueron retardándose y la maravillosa experiencia cinematográfica terminó convirtiéndose en una experiencia nocturna. La sala se ilumina cada vez más y, bajo la llama de las luces, revela la belleza espectral de estas asambleas festivas que se agitan, se desplazan, vociferan o se extasían en medio de una luz de cine.

Si hoy por hoy seguimos el recorrido del espectador en su sala se debe a que la mitología del lugar se suma una verdadera poética de la memoria. Hasta el punto incluso de que podamos preguntarnos si no es la propia memoria la que nutre dicha mitología. Un lugar “de memoria” o perteneciente a ella es siempre un lugar vacío, y por ello nosotros vamos a figurarnos, a representarnos, el cine. Un lugar deshabitado donde cada uno puede creerse el primer espectador. Un lugar naciente para poder partir, como en El Cairo, del lugar vacío, libre, situado en el intersticio existente entre el recuerdo y su futura ocupación. Entre un “después” y un “antes”, que es cuando se revela la poética del lugar y su mitología alcanza la plenitud. Justo a esa hora en que el tiempo se detiene. Y comienza la función.