SE CUMPLEN MAÑANA
A setenta años de la muerte
del padre del Psicoanálisis
En Argentina, tierra fértil del psicoanálisis, aumentaron las consultas en un 23 por ciento en los últimos tres años. Siete décadas después de la desaparición de Sigmund Freud, un grupo de psicólogos reflexiona sobre la vigencia y los desafíos de la terapia.
DE LA REDACCIÓN DE EL LITORAL
[email protected]
Ilustración: LUCAS CEJAS
Antes, ir-a-terapia no existía. Después, hasta hace no muchos años, la expresión fue
ganando terreno, pero era más una confesión que un comentario: todo lo que empezara con psi iba a parar al agujero negro de la locura -y de allí no se sale tan fácil. Hasta que, en los últimos ¿veinte? ¿treinta? años, la fórmula ir-a-terapia se coló en la clase media y alta argentina como una variable más en el menú de las opciones para afrontar la vida y sus vaivenes.
Hoy en Buenos Aires, capital nacional del diván, las estadísticas dicen que el 45 por ciento de los hombres y 46 por ciento de las mujeres recurrió al menos una vez al psicoanálisis, según un estudio de la consultora TNS Argentina. En todo el país, la demanda creció un 23 por ciento en los últimos tres años: según el sondeo, hoy el 32% de los argentinos declara que alguna vez realizó una consulta psicológica, mientras que en 2006, en la anterior medición, el porcentaje fue del 26 por ciento. El informe también muestra un fuerte componente de género en las terapias: siete de cada diez son mujeres.
Pedro Horvat, psiquiatra y psicoanalista miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, dice que “Argentina tiene una de las escuelas de psicoanálisis más prestigiosas del mundo y eso está incorporado en la cultura de nuestra sociedad. Muchos términos del psicoanálisis ya son parte de nuestro lenguaje cotidiano”. Las ficciones mediáticas son un buen termómetro: desde la “Vulnerables” de los 90 hasta el actual “Tratame bien”, la tele fue incorporando progresivamente la mirada de los conflictos en clave psi.
Psicoanalistas santafesinos reflexionan aquí sobre el legado de Sigismund Schlomo Freud, el médico y neurólogo nacido en Austria un 6 de mayo de 1856, y fallecido en Londres un 23 de septiembre de 1939.
Hoy en Buenos Aires, capital nacional del diván, las estadísticas dicen que el 45 por ciento de los hombres y 46 por ciento de las mujeres recurrió al menos una vez al psicoanálisis
Leonardo Galuzzi
Para lograr entender la magnitud y el alcance de la obra de Sigmund Freud, es inevitable volver sobre sus textos. En ellos muestra cómo “el psicoanálisis produce heridas de tinte narcisista sobre lo que llamará el ingenuo amor propio del ser humano”.
A los hallazgos del heliocentrismo y de la evolución, descubrir que “el yo no es el amo ni el dueño de su propia casa”, marca la relevancia del campo del inconsciente. Ese inconsciente, que Freud rastreará e investigará a partir de sus formaciones, muestra una nueva dimensión, la dimensión del decir, de la enunciación del deseo.
Por Freud, es que hoy podemos pensar una clínica que posibilite el alojamiento de un Sujeto. Trabajo de acogimiento en el que se le da la palabra a esa persona que sufre, víctima de un malestar cultural que nos atraviesa y que sólo puede ser tramitado de forma particular de cada caso.
Desde su inicio y de manera más o menos regular, la práctica del psicoanálisis fue atacada desde diversos frentes, haciendo eco de las resistencias que ésta conlleva. Al ocuparse de lo que el ser hablante reprime, lo que la cultura y la sociedad evitan y rechazan y lo que las demás disciplinas no aceptan, siempre estuvo en cuestión por diversos discursos que pregonan por ponerle fin, estableciendo una desaparición inminente.
Hoy es el turno de las neurociencias que, apoyadas en los avances sobre la fisiología del sistema nervioso, sirven de aval para que la clásica psicología conductista pueda renacer al modo de terapias cognitivo-comportamentales (TCC), descubrimientos que relanzan y amplían la posibilidad de los abordajes psiquiátricos sobre los trastornos de la personalidad, justificando un uso y abuso de medicación que se pretende cada vez más específica.
Con Freud es que podemos pensar en un discurso distinto, en una clínica donde se interviene a la luz de brindar alternativas a un destino que marca la historia del Sujeto, ofreciendo una chance al padecer humano.
Fernando Voloschin
Hace 70 años llegaba a su término la vida de Sigmund Freud a los 83 años en Londres, Inglaterra. Había atravesado duros episodios como pérdidas familiares, antisemitismo, quema de libros, exilios, y en los últimos años 33 operaciones, con un sufrimiento por momentos insoportable, producto de un cáncer que él mismo había decretado a Ernest Jones, su más famoso biógrafo, hacia 1923.
Pero eso no impidió que aún en sus últimos cinco años de vida produjera escritos de la importancia de “Moisés y la religión Monoteísta” (1934-1938); “Análisis terminable e interminable” (1937); “Construcciones en análisis” (1937); “La escisión del yo en el proceso defensivo” (1938) y su “Esquema del psicoanálisis” (1938), al que James Strachey se refiere al final de su nota introductoria con palabras que me resultan conmovedoras: “A los 82 años Freud poseía todavía un don sorprendente para enfocar de manera renovada lo que podrían parecer temas trillados. Tal vez en ningún otro sitio alcanza su estilo un nivel más alto de compendiosidad y claridad. Por su tono, la obra transmite una sensación de libertad, que es quizá lo que cabía esperar de un maestro como él al presentar por última vez las ideas de las que fue creador”.
Pese a su dura realidad, el deseo de Freud de llegar hasta el tuétano de la condición humana era más fuerte. Y también era su deseo que las nuevas generaciones de analistas continuaran el trabajo iniciado por él.
Quizás es por eso que al final del mismo “Esquema...” Freud elige acudir una vez más al Fausto de Goethe, parte 1, escena 1, en los versos que dicen: “Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo”.
Por eso más aún hoy en épocas del manual de psiquiatría “DSM IV”, más allá de libros negros del psicoanálisis en momentos donde los ideales de masificación y unificación dominan el discurso, en donde la condición de sujeto desfallece frente a la maquinaria social sostenida en la promoción de un goce sin límites, la apuesta sigue siendo el discurso del psicoanálisis como una herramienta válida de respuesta frente al sufrimiento humano.
Un descubrimiento, un arte
Gabriel Pandolfo
A partir de explicaciones míticas primero y filosóficas luego, el hombre trató de comprender el mundo que lo rodea. La naturaleza fue el centro del preguntar griego; dios lo fue para la edad media y el hombre, en tanto sujeto que conoce, para la modernidad.
En todo ese proceso, siempre se tuvo la idea de un sujeto capaz de conocer y dueño de sí mismo, ya sea como parte de la naturaleza, como creatura o como sujeto pensante.
Freud puso el acento allí donde nadie antes lo había puesto: existe un inconsciente que no es ilógico, que tiene sus reglas, su “coherencia”, y que no sólo coexiste con nuestra parte consciente sino que la determina.
Retoma la mayéutica socrática revalorizando el “conócete a ti mismo” y afirma que “sólo la propia y personal experiencia hace al hombre sabio”. Nos invita a la maravillosa tarea de propiciar la aparición de destellos de verdad de la propia historia.
El analista, quizá como Virgilio con Dante, es testigo del recorrido que cada paciente realiza por sus infiernos y purgatorios, siguiendo estos “destellos” y buscando cada vez más espacios de paraíso, de cielo.
Hace setenta años, Freud nos dejó el legado de un descubrimiento y de un arte: el psicoanálisis. Gracias a él, muchos sujetos pueden conocerse un poco más, mentirse un poco menos y aprender a escuchar y descubrir el propio deseo.