EDITORIAL

Zelaya en Honduras

Manuel Zelaya, el depuesto presidente de Honduras, regresó a su país y ahora desde su refugio en la Embajada de Brasil programa recuperar el poder. No es el primer intento que Zelaya realiza, pero es el primero que ha sorprendido a sus adversarios y los ha dejado sin capacidad inmediata de maniobra política. Hace unas semanas, el ex presidente había intentado retornar a su país desde Nicaragua. Contaba para ello con el apoyo de Daniel Ortega y, por supuesto, del inefable Chávez. La operación fracasó en toda la línea. El presidente Micheletti movilizó las tropas mientras que la supuesta movilización de masas que se esperaba para recibir a Zelaya no se produjo.

La otra alternativa en juego fue, y tal vez sea, el arbitraje del presidente de Costa Rica, Oscar Arias. Luego de arduas negociaciones, Arias había llegado a la previsible conclusión de que la única alternativa viable para resolver de manera civilizada el conflicto pasaba por el retorno de Zelaya a su cargo, la finalización de su mandato y el rechazo a cualquier intento de reformar la Constitución nacional por la vía del plebiscito o alguna otra maniobra por el estilo.

Ni Micheletti ni Zelaya compartían esta solución. Micheletti porque argumenta que Zelaya es un delincuente o algo parecido y su retorno a Honduras sólo se justifica si rinde cuentas ante la justicia, y Zelaya, porque su exclusiva estrategia para perpetuarse en el poder es la maniobra del plebiscito violando todas las leyes del país. Conviene recordar que durante años, Zelaya y Micheletti han sido socios y compadres políticos. La disputa en este caso no se libra entre un líder de izquierda y un caudillo de derecha, sino entre dos dinosaurios de la corrompida política hondureña.

Para disponer de un panorama completo de la realidad política hondureña, habría que señalar que la intromisión extranjera sólo ha contribuido a atizar aún más las diferencias y las rivalidades facciosas. El bloque de poder conservador liderado por Micheletti observa con previsible alarma la actividad de agentes venezolanos en su país y, por supuesto, teme sobre su destino político y el de sus bienes.

Por razones de liderazgo y cálculo oportunista, Zelaya se ha recostado sobre Chávez y hoy es un aliado firme del caudillo venezolano. Sus razones tendrá para ello, pero no se puede desconocer que estas alianzas han impactado internamente y sus consecuencias son las que ahora está pagando el pueblo hondureño. En ese sentido, a este país se le presenta el peor de los escenarios, si es que se comparte el criterio que lo más grave que le puede suceder a una Nación es que la población se divida de manera militante en dos extremos facciosos y beligerantes.

Habrá que ver de aquí en más cuáles son los pasos que están dispuestos a dar los protagonistas. Sería deseable que la prudencia y el sentido común termine imponiéndose. Si ésa es la salida, los instrumentos clave para poner en práctica estos valores los brinda el informe de Oscar Arias, el prestigiado y esforzado presidente de Costa Rica que se ha propuesto hacer entrar en razones a personajes que no suelen colocar en un primer plano las virtudes de la racionalidad.