Elevarse en busca de la etérea
risa de Macedonio Fernández
Elevarse en busca de la etérea
risa de Macedonio Fernández
Guillermo Munne
Un cuco recorre el campo intelectual de Occidente: el cuco de la risa de Macedonio Fernández. Este metafísico porteño ya en 1924 era grande. De hecho tenía 50 años en aquel momento y había impresionado a J. L. Borges como “astillero de enhiestos planes políticos, crisol de paradojas, varón justo y sutil”. Es la fulgurante obra de este “Don Quijote sonriente”, como también lo presentó Borges, que desface los agravios y tuertos de la solemnidad intelectual, arremetiendo con la lanza de su pensamiento profundo y festivo, el tema principal del nuevo libro de Daniel Attala “Macedonio Fernández, lector del Quijote. Con referencia constante a J. L. Borges”, editado por Paradiso.
El libro da a conocer importantes resultados de investigación de Daniel Attala sobre los trabajos de Macedonio Fernández, en un texto que celebra la lectura creativa y feliz. Según el autor, las tesis de Macedonio Fernández sobre la novela primordial de la modernidad, Don Quijote de La Mancha, de Cervantes, iluminan temas claves de la filosofía y literatura de este gran idealista del “almismo ayoico”. El Quijote de Cervantes como novela doble -sostiene Attala en uno de sus varios aportes innovadores- inspira la trama del proyecto novelístico de Macedonio Fernández al emprender la escritura de “Museo de la Novela de la Eterna” como “primera novela buena”, luego de haber escrito “Adriana Buenos Aires” que pasó a ubicarse como “última novela mala”. Son los juegos de Cervantes con sus personajes en la segunda parte del Quijote, cuando Don Quijote, Sancho y el bachiller Sansón Carrasco comentan la novela en la que aparecen como personajes y discuten sobre los logros del autor al retratarlos, los que inspiran de manera clave, propone Attala, los experimentos vanguardistas de “Museo de la Novela...”. En la lectura de Cervantes, habría pensado Macedonio su concepción del belarte, estética metafísica que busca producir en la lectora el instante de duda sobre su ser, que la libere de las categorías que la encadenan a la muerte y le procure la inmortalidad, la eternidad.
Un texto breve le alcanza a Attala para presentar la acumulación de significativos resultados de una investigación amplia y detallada, que impacta por la solidez teórica e inteligencia interpretativa con que supera a las posiciones que defienden algunos famosos ensayistas (Gérard Genette, Juan Goytisolo, Noé Jitrik, Ezequiel De Olazo, más los referidos no por su nombre sino por su tesitura: Ricardo Piglia y Germán García). El texto breve contiene varios libros que harán sentir a gusto a lectoras de diversa inclinación: hay un libro sobre novelística y metafísica en Macedonio Fernández, hay un libro sobre la trascendencia del Quijote para la cultura occidental en sus variados idiomas, lo hay también sobre la relación entre las obras de Macedonio y la de Borges, está el libro sobre la recepción de Pirandello en el Río de la Plata, ocupándose de la desatendida influencia sobre la literatura extrateatral. También contiene la crítica de sí mismo, ya que culmina en un apéndice donde el cierre es un artículo de Julio Prieto cuestionando talentosamente a D. Attala. El mayor gusto para cualquier lectora estará dado, seguramente, por la calidad de la escritura de este texto divertido y encantador que sortea las divisiones convencionales entre discurso teórico y ficcional, serio y humorístico, culto y popular, informativo y poético. Especialmente se destaca en esta singular obra la expansión y enriquecimiento de varios dichos argentinos (mal y pronto, creer o reventar, vida de novela, al boleo, junto a otros tesoros coloquiales) que se incrustan poéticamente en el razonamiento que se ofrece para asegurar un discurso libre de la estupidez academicista y rebuscamiento francófilo que tanto daño viene haciendo en la crítica literaria de nuestro tiempo.
El nuevo libro de Daniel Attala es el mejor que se ha escrito sobre Macedonio Fernández, autor comentado por muchos intelectuales encumbrados y tratado en trabajos de gran nivel. Y llego a decir esto aun considerando los imprescindibles y maravillosos trabajos de Ana Camblong. Por eso la admiración que rápidamente comienza a cosechar este libro entre críticos tan exigentes como Michel Lafon o César Aira. Una pieza a la altura del tema principal que se propone: la obra de Macedonio Fernández, ese genio tan poco aprovechado hasta ahora que supo poner el aire en movimiento con su risa, para desatar un tornado que arranca a las instituciones occidentales de sus impostados cimientos.
Risa que se lleva por el aire a las leyes universales de la ciencia, a la incoherente antimetafísica del positivismo, a la certeza de la realidad, a la digna imbecilidad de los cabezas de familia, a la seria política de las elites, a la responsable pesadez de los intelectuales. Esa risa ha despejado el firmamento para que florezcan textos mayores y de lectura inolvidable como este trabajo de Daniel Attala, anuncio de las contribuciones de excelencia que puede seguir convidando, confirmación de sus anteriores logros en libros de ficción y de filosofía, invitación a volver a disfrutar de la obra dichosa y decisiva de Macedonio Fernández.
Macedonio Fernández.
foto: archivo el litoral