La vuelta al mundo

La CIA, entre la leyenda y la realidad

Rogelio Alaniz

Siete ex directores de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) le solicitaron por escrito al presidente Obama que, por razones de seguridad nacional, no dé a conocer los nombres de los agentes de la institución que recurrieron a apremios ilegales y tormentos contra los detenidos. Como se dice en estos casos: a confesión de parte, relevo de pruebas. Si alguien tenía alguna duda acerca de los métodos de la CIA para encontrar su verdad, la carta de las máximas autoridades de los últimos veinticinco años la despeja en toda la línea. Concretamente, lo que los directores le exigen al presidente de los Estados Unidos es que deje sin castigo a los torturadores. El contenido y la intención de la carta no son diferentes de la que podría escribir Al Capone pidiéndole al titular de la Casa Blanca que, por razones de seguridad nacional, no investigue los crímenes de la mafia en Chicago.

Con esta carta dirigida a Obama, todas las leyendas que se montaron alrededor de la CIA se confirman. Recuerdo que, en mis años juveniles, hablar de la CIA era como hablar de Mandinga. Y buenos motivos había para ello. Secuestros de dirigentes políticos, asesinatos de disidentes, organización de golpes de Estado o invasiones a países; en toda esa bacanal de malignidades, siempre estaba comprometida la CIA. ¿Exagerado? Un poco, pero no mucho.

En tiempos de la Guerra Fría es probable que la literatura comunista haya sobrestimado su poderío porque nunca está de más otorgarle al “mal” una encarnadura histórica. De todos modos, la CIA no fue un invento de la izquierda, y tampoco una creación del cine de Hollywood para vender películas de espionaje. Existió, existe y, como todo servicio secreto, sus operativos no son delicados. Es más, en la mayoría de los casos son brutales y los agentes que los perpetran pueden parecerse a Rambo o a Clark Kent, tal como lo describe Graham Greene en “El americano impasible”.

A favor de la CIA, o para contextualizar históricamente el tema, habría que decir que la KGB soviética tampoco estaba integrada por nenes de pecho, para no hablar de la Stasi o de los siniestros servicios de inteligencia cubanos. En la Guerra Fría ninguno de estos servicios de inteligencia tenía preocupaciones poéticas, constitucionalistas o humanistas. Actuaban brutalmente, ordenaban asesinar como quien da vuelta la página de un expediente y realizaban oscuras operaciones de espionaje que incluían a políticos y funcionarios de su propio campo.

A título anecdótico, se dice que una vez el presidente Arturo Frondizi llamó por teléfono a John Kennedy para solicitarle que retirara a un par de agentes de la CIA que trabajaban en la Casa Rosada. Kennedy, que a veces tenía el típico sentido del humor de un irlandés le habría contestado: “No la puedo sacar de la Casa Blanca y usted me pide que la saque de la Casa Rosada”.

Nunca se sabrá con certeza cuál es el poder real y efectivo de la CIA. Se sabe que en algún momento fue mucho y que ahora no es tanto; pero, en cualquier caso, se sabe que sigue siendo una institución que decide más de lo conveniente para un Estado de Derecho y que muchas de esas decisiones no son controladas por las instituciones. La leyenda negra acerca de su temible eficacia y perversidad se ha ido equilibrando con otra leyenda donde se la acusa de ineficiencia. En los diarios y revistas liberales de Estados Unidos es casi un lugar común contar chistes acerca de las torpezas cometidas por esa institución. Los humoristas del New York Times, por ejemplo, en una época se hacían una fiesta con la CIA.

Sin necesidad de recurrir al humor, basta recordar la frustrada invasión a Bahía Cochinos en Cuba, organizada de común acuerdo con el hampa expropiado por la revolución cubana. Los presidentes Eisenhower y Kennedy mordieron el anzuelo y los dejaron hacer, confiados en su eficacia. Los costos políticos de la derrota militar fueron altos. Y el papelón internacional lo tuvo que pagar Kennedy, quien se arrepintió hasta el último día de su vida por haberse dejado engatusar por esa manga de inservibles. “¡Qué imbécil, qué imbécil, cómo pude ser tan imbécil!”, decía mientras se paseaba gesticulando y dando largos pasos por el Salón Oval.

Estimo que resulta innecesario aclarar que Kennedy no simpatizaba con la revolución cubana; por el contrario, lo que le reprochaba a la CIA era haber dado un paso en falso tan torpe que clausuraba por un tiempo indefinido la posibilidad de derrocar al régimen de Castro. Pero desde ese momento las relaciones de Kennedy con la CIA se cortaron o se enfriaron, aunque nada de ello impidió que sus agentes lo espiaran a él y a todos los miembros de su familia, sospechados, según Hoover, de comunistas, intelectuales y niños bien. Cuando Kennedy fue asesinado en Dallas circuló el rumor de que la CIA estaba detrás del atentado. Nunca pudo probarse algo parecido, como tampoco pudo demostrarse que la orden del crimen la hubiera dado Fidel Castro.

Otro de los papelones de la CIA ocurrió durante la cercana guerra en la ex Yugoslavia, cuando un informe militar secreto habilitó que un misil destruyera la embajada de China en lugar de impactar sobre uno de los edificios del enemigo. Las disculpas casi humillantes y la reparación económica a China no impidieron que la metida de pata se transformara en un escándalo internacional, aunque a todos les quedó claro que la CIA, lejos de ser infalible, cometía errores garrafales.

La CIA fue fundada a fines de 1947 por órdenes del presidente Harry Truman. La fecha permite apreciar que su objetivo, desde el comienzo, fue ser el órgano de espionaje y contraespionaje de los Estados Unidos en la Guerra Fría. Según los papeles, la institución debía realizar investigaciones cuyas conclusiones debían entregarse al presidente de la Nación para que tomara las decisiones del caso.

Concebida como institución civil, debía elaborar informes a pedido del presidente. En sus orígenes, esos informes eran trabajados por destacados académicos de las universidades de Yale y Harvard, y se suponía que debían tener un nivel más elevado que los que presentaba la Agencia de Seguridad Nacional manejada por militares. Digamos que -aunque parezca una ironía- la CIA tenía un perfil civil que la diferenciaba de la supuesta rigidez y torpeza de los militares.

Si esto fue así en los papeles, está claro que, por un motivo u otro, en la vida real los modales empleados para realizar las operaciones no tenían nada que ver con la elegante displicencia intelectual de los universitarios reclutados en los campus. No obstante ello, la CIA nunca se redujo a ser un aparato militar. De acuerdo con su proyecto de librar la guerra en todos los frentes contra el comunismo, se preocupó por alentar estrategias culturales que le permitieran ganar la guerra ideológica también en estos terrenos.

Se sabe que la estrategia de los comunistas, en este campo, fue la de alentar los congresos de la paz. La palabra “paz” fue uno de los caballitos de batalla preferidos por los agentes de la URSS para convocar aliados occidentales no comunistas. Desde Estados Unidos, la consigna fue la libertad. Todas las iniciativas culturales de carácter internacional que incluyeran la palabra “libertad” estaba dirigida desde las sombras por la CIA.

El movimiento de intelectuales a favor de la libertad cosechó también grandes adhesiones, hasta que los comunistas probaron que los supuestos defensores de la libertad eran agentes de la CIA o idiotas útiles. También en esta batalla la CIA fue derrotada. A diferencia de la KGB, los muchachos de la CIA mal que bien eran controlados, una molestia que en el régimen de Stalin o de Brezhnev la KGB no conocía.

Caído el Muro de Berlín, el objetivo de la CIA fue la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado. Luego de las Torres Gemelas se sumó a la agenda el terrorismo islámico. También en este campo los muchachos hicieron de las suyas. El papelón más conocido ocurrió cuando informaron que Saddam Hussein poseía armas nucleares en Irak. El propio gobierno de Bush debió admitir luego que los informes eran falsos, aunque habría que saber si se equivocaron por torpes o porque tenían órdenes de equivocarse.

La CIA, entre la leyenda y la realidad