EDITORIAL
EDITORIAL
Ahmadinejad en las Naciones Unidas
Ahmadinejad, el ultraconservador presidente iraní, habló en el recinto de las Naciones Unidas. Lo hizo ante un auditorio casi vacío porque la mayoría de las delegaciones se retiró para no avalar con su presencia el discurso. Incluso sus tradicionales aliados tácticos, China y Rusia, manifestaron críticas por sus declaraciones contra Israel, por su insistencia en negar el Holocausto y su reivindicación de las elecciones fraudulentas celebradas hace dos meses y que siguen originando protestas en las calles de las ciudades de Irán, protestas que son reprimidas a sangre y fuego por el poder de los ayatolas.
Habría que agregar por último, que la Argentina, a través de su presidente, reclamó al gobierno de Irán que contribuya en la tarea de investigar el atentado terrorista contra la Amia de 1994. Como se recordará, la Interpol hizo una serie de pedidos de capturas contra iraníes imputados y uno de ellos, tal vez el más comprometido, acaba de ser designado ministro del flamante gobierno.
Sería interesante preguntarse qué conclusiones obtiene el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de toda esta puesta en escena. En principio, para la opinión pública internacional aún están frescas las palabras lanzadas por el mandatario yanqui desde Egipto al mundo musulmán. En la ocasión, abrió expectativas acerca de un integrismo decidido a dejar de lado sus prácticas terroristas y expansionistas para volcarse de lleno a favor de la paz.
Como era de prever, los líderes musulmanes interpretaron las palabras de Obama más como un signo de debilidad que como una sincera convocatoria al diálogo y al entendimiento. Coherentes con ellos mismos, a partir del discurso de Obama arreciaron los ataques contra Israel, las amenazas de hacer desaparecer del mapa a los judíos y la negación del Holocausto, una posición que si la sostuviera en Europa debería pagar con la cárcel el delito del negacionismo, como lo ha hecho en Austria el historiador revisionista David Irving.
Hoy, Ahmadinejad es una preocupación de todos. Sus imprudencias afectan a Israel, pero también afligen a las grandes naciones de Occidente. Si en algún momento por razones oportunistas Putin le libró un cheque en blanco, hoy tanto los rusos como los chinos saben que un conflicto armado en Medio Oriente no sólo no beneficia a nadie sino que puede romper el actual equilibrio internacional.
Por otro lado, el desprestigio internacional del actual gobierno de Irán ha crecido por las maniobras fraudulentas perpetradas en las pasadas elecciones. Los reclamos en la calle persisten, y son masivos, motivo por el cual los religiosos musulmanes ya no pueden invocar una legitimidad que los hechos se empecinan en negar. Esta herida interna aún no se ha cerrado y seguramente cuando esta asignatura se salde, Irán ya no volverá a ser el paraíso armado de los integristas.