Dr. Jaime Abut
Cómo construir capital humano
y movilidad social ascendente
Frente a la existencia de problemas y, más aún, a nuestra necesidad de problematizar, y tanto más, cuanto mayor gravedad, persistencia y consecuencias que les atribuimos, los seres humanos maduros, conscientes y responsables, comenzamos por asumirlos, por no subestimarlos u ocultarlos, ni demorar el intento de solucionarlos o, al menos, atenuarlos.
Para ello es menester que ordenemos, en función de su prioridad e importancia, los problemas que nos afligen, ya sea porque se nos plantean, o porque nos lo planteamos, comenzando por definirlos y caracterizarlos, en procura de analizarlos, evaluarlos, proyectarlos y, hasta donde podamos, diagnosticarlos, a través de sus síntomas y efectos, para poder, finalmente, actuar adecuada y oportunamente sobre sus causas, para intentar resolverlos.
Aun cuando el propósito pueda calificarse de ambicioso, y hasta de atrevido, pretendemos abordarlo en lo que tenga de universal y permanente, es decir, en lo que pueda ser aplicable en general y siempre, en todo lugar y tiempo, por aquello de que, si una proposición resiste la prueba de distancia y tiempo, cabe presuponerle, en principio, alguna validez mayor, que si sólo fuera meramente singular y transitoria.
Por todo ello, y a modo de síntesis, concentraremos la atención en las variables enunciadas, y en la interacción y sinergia que suponemos entre ellas, para enfocar lo que creemos esencial en la problemática que nos preocupa y ocupa: liderazgo, más proyecto, más confianza esperanzada.
Creemos que el liderazgo ha de ser: ejemplar, real, emprendedor, innovador, decididor, tomador de riesgo, creativo, previsible, referente, responsable, persuasivo, aglutinante comprometido con la grandeza, con la equidad, con el bien común, con la igualdad de oportunidades, con la movilidad social ascendente.
También suponemos que el proyecto ha de ser: convocante, factible, de largo plazo, provocativo, estimulante, desafiante.
Por último, pero no menos importante, liderazgo y proyecto deben inspirar y motivar, fundadamente, una confianza esperanzada en un futuro mejor, en un tiempo no tan lejano, y cuya procura compartamos, protagonizándola, como actores convencidos, para lo cual, esa confianza esperanzada, ha de ser fundada, comprometida, participativa, integradora, perseverante en la búsqueda, más que en el logro.
Pero no basta cualquier liderazgo ni pseudoliderazgo, aparente o meramente formal, ni sólo preocupado por la influencia del poder que ejerce. El liderazgo no puede carecer del proyecto que lo exprese, ni ese proyecto puede resignar la identidad, ni resultar irrealizable. Pero el liderazgo y el proyecto no son suficientes si no alientan e inducen a una confianza esperanzada, que les otorgue sustento y concreción. Y la confianza esperanzada no puede ser simplemente vana o ilusoria.
Tampoco, esta trilogía de “liderazgo - proyecto - confianza esperanzada” puede alentarse ni agotarse con la expectativa de los beneficios, aunque fueran equitativamente compartidos, como los costos y el tiempo soportados. Inevitablemente, deben alimentarse con los sueños y la imaginación, necesarios para estimular y potenciar la iniciativa de nuestra vocación y de nuestra capacidad creativa. Es que ni la pequeñez ni la mediocridad, ni la resignación, ni la sola materialidad, convocan con suficiencia al emprendimiento o al esfuerzo continuado y sustentable.
Si nos decidimos a volver a las fuentes perdurables y universales, inspirándonos en la apertura y en la diversidad multicultural, en la búsqueda del bien, de la verdad, de la justicia, del respeto mutuo, de la tolerancia, de la convivencia pacífica con “el otro”, de la solidaridad, de la humildad, de la autocrítica, de la autocorrección, de la sinceridad, del cumplimiento de la palabra empeñada, de la vocación de servir, de la obstinación por la excelencia, de la referencia y relación con los mejores, del mejoramiento continuo -aprendiendo, desaprendiendo y reaprendiendo-; si queremos ejercer nuestra libertad con responsabilidad, para ser dignos y apelar a la dignidad de todos aquellos con los que compartimos valores, fines, creencias, actitudes y conductas, daremos contenido y proyección a esta “maravillosa aventura de vivir”.
Tal vez, así, y sólo así, descubramos, con no poco asombro, que hasta podremos, incluso, ser capaces de mejorar la economía, y todo lo que con ella se relaciona, sabiendo que lo económico, felizmente, es y debe ser, un mero medio al servicio de fines superiores, que le vienen dados y a los que se subordina, porque nunca es un fin en sí mismo.
Para ello, sin descuidar la capitalización, que sustenta inversiones y operaciones productivas e infraestructurales, revalorizaremos el capital humano, social, cultural, científico, tecnológico, institucional, ambiental, y, por qué no, ético, en un mundo y en un tiempo, en los que, más que las noticias, los datos y la información, cuentan el conocimiento adquirido y aplicado, el aprendizaje y la continua educación liberadora. Éstas son las variables más relevantes, para que, preservando y consolidando códigos de vida superior, posibilitemos la igualdad de oportunidades y la movilidad social ascendente, únicas condiciones que mantienen, en libertad, la intangibilidad dinámica del tejido y la paz sociales.




