LOS ABRAZOS ROTOS

Una mirada vuelta hacia adentro

Una mirada vuelta hacia adentro

Penélope Cruz es la carismática gema que brilla como actriz-fetiche del director de las películas en la película y fuera de ella.

Foto: Agencia Télam

 

Rosa Gronda

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Paradójicamente, el protagonista de la última película de Almodóvar es un director de cine que ha quedado ciego después de un accidente. Privado de lo esencial de la profesión, sobrevive como escritor de guiones cinematográficos que firma con seudónimo y ha renunciado a su verdadero nombre, Mateo Blanco.

Vive solo, pero cuenta con la cercana ayuda de su ex directora de producción, una mujer independiente y sin pareja (Blanca Portillo), y también del hijo adolescente de ésta, que lo asisten afectuosamente, formando una especie de familia no convencional.

Un incidente lo lleva a relatar al joven hijo de su asistente las circunstancias en que se desarrollaron los hechos catorce años atrás, cuando inició un apasionado romance con la actriz de una de sus películas (Penélope Cruz), vinculada por razones menos sentimentales que económicas a un viejo y poderoso empresario.

Este relato lo empuja al reencuentro del pasado para mirar de otra forma al propio presente.

Con sus conocidos excesos y virtudes, Almodóvar elabora una densa trama melodramática con toques de culebrón y guiños cinéfilos, para hablar de pasiones fatales y otras no tanto, de las desencontradas relaciones entre padres e hijos y del amor por el cine.

“Los abrazos rotos” despliega historias y sub-historias, con paralelismos como el de los hijos del empresario y el de la asistente (una suerte de Caín y Abel almodovarianos) o el tópico de los amores no correspondidos que comprende al viejo rico y a la asistente del director de cine. Y también habla (y mucho) del cine dentro del cine, con homenajes (entre otros) a Buñuel, a Rossellini y a sí mismo.

Hirviente y distante

La película ofrece gratos momentos estéticos, con una puesta en escena disfrutable y su original forma de mirar, tan sorprendente como la lágrima que se desliza sobre la tersa y resbaladiza piel de un tomate en primerísimo primer plano, o el punto de vista de la cámara sobre el respaldo de un sofá del que emergen apenas centímetros de unos cuerpos entrelazados y en movimiento, en una de las escenas iniciales.

Las actuaciones masculinas son correctas pero acartonadas y Penélope no aporta la garra de la inolvidable Raimunda de “Volver”, aunque luce bellísima incluso en las situaciones más patéticas, con un look que homenajea a las grandes estrellas clásicas desde Audrey Hepburn, Sophia Loren o Marilyn, con apenas un cambio de peluca.

Sin emocionar o divertir demasiado, el filme alterna fragmentos memorables y otros para el olvido, echándose de menos una mayor emotividad y conexión emocional con el espectador.

Previsible en su desarrollo, el metraje se dilata más de lo deseado. Cuando el relato se estanca, matiza con limitados toques de humor que provienen del cine adentro del cine.

Contra toda lógica, los abrazos parecerían volverse tibios y la película se enfría aunque lleva dentro un argumento hirviente. La banda sonora no tiene el protagonismo de otras películas del autor y hay que quedarse hasta los créditos finales para disfrutar de uno de los mejores temas con esas voces pasionales que P. A. siempre sabe rescatar del olvido.

El cierre reserva muchas revelaciones donde no puede evitarse lo retórico y ofrece (nuevamente) otro tributo doble al oficio del cine. En síntesis: un Almodóvar más clásico pero más gris; muy autorreferencial, con exquisito envoltorio y menos sustancia.

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BUENA

Los abrazos rotos

Procedencia: España/2009. Guión y dirección: Pedro Almodóvar.

Elenco: Penélope Cruz, Lluís Homar, Blanca Portillo, José Luis Gómez, Tamar Novas y Rubén Ochandiano. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Alberto Iglesias. Edición: José Salcedo.

Duración: 127 minutos.

Se exhibe en Cinemark.