Al margen de la crónica
Al margen de la crónica
Igual por fuera, distinto por dentro
La relación padres-hijos, hijos-padres, siempre dio que hablar, que escribir, que comentar, que protestar. No todos somos o seremos padres, pero todos hemos sido hijos, así que de una forma u otra tenemos alguna experiencia al respecto.
Hace unos días, conversaba con unos amigos sobre el tema. En realidad, nos preguntábamos por la pérdida de algunos valores, por ejemplo, el de familia. Uno señaló que, en realidad, esos valores no habían desaparecido, que simplemente mutaban según las épocas. Que el concepto de familia seguía existiendo pero de un modo distinto, porque la realidad de las personas que componen la familia es distinta (por ejemplo, ya no nos encontramos todos alrededor de la mesa al mediodía, las siestas ya no son sagradas, los tiempos de disfrutar son otros y las actividades para pasar un buen rato no son las mismas que hace 30 años...) Pero, además, agregó que en todas las épocas los hijos habían cuestionado y se habían rebelado contra los valores y la forma de vida de los padres... y ahí, justo ahí, caí en la cuenta de que eso que estaba diciendo me ponía en la cuerda floja.
Es que hace apenas siete años que pasé de hija a madre. Durante todo este tiempo he madurado, he forjado mi autoridad, entendí a mis padres, me he divertido, he disfrutado y llorado, pero nunca, nunca, comprendí que ese conflicto permanente entre las cosas que a mí me resultan positivas, necesarias y buenas y que a mi hijo le resultan aburridas, prescindibles y pesadas, se debía, ni más ni menos, que al cambio generacional.
Cuando era más chica sentía natural el conflicto generacional para con mis padres, pero nunca lo percibí del mismo modo con respecto a mis hijos. Es que cada vez con más fuerza esa tendencia social de eterna juventud nos pone frente a estas situaciones. El sólo hecho de compartir los mismos espacios y divertimentos con nuestros padres y nuestro hijos demuestra que hoy todos nos queremos parecer. Ya no se trata de que las nenas les roben la ropa y las pinturas a sus madres para semejarse a ellas, sino que abuelas, madres e hijas se visten con la misma ropa.
Jamás me hubiera imaginado a mi abuela con un jean ajustado, botas y camisa abierta hasta el tercer botón, yendo al gimnasio tres veces por semana. Tampoco hoy podría ver a mi madre de batón, sentada en la puerta tomando mate, aguardando que mi padre llegue de la cancha de bochas (espero que jamás sepan que los imaginé así porque me desheredan). Evidentemente, los cambios generacionales son cada vez menos visibles, pero se siguen sintiendo por dentro. Y, como mis abuelos, seguiremos apostando a las nuevas generaciones para forjar un país en el que valga la pena vivir.