La vuelta al mundo
Silvio Berlusconi, el político más popular de Italia

“Il Cavallieri” es un político que genera amores y odios. En la foto, Silvio Berlusconi en la Fiesta de la Libertad donde un grupo de italianos se manifestó en contra de su gobierno.
Foto: AFP
Rogelio Alaniz
Torcuato Di Tella me hablaba de sus viajes a Italia y de la popularidad de Silvio Berlusconi. Con su lenguaje plegado de ironías y ocurrencias recordaba anécdotas de “il Cavallieri” y de las adhesiones que despertaba entre los italianos. En algún momento se me ocurrió decirle que si Berlusconi viviera en la Argentina su lugar político sería el peronismo. No se puso serio pero dejó de hacer chistes. Después me hizo la siguiente observación: en la Argentina la clase alta no vota a ningún candidato peronista, cosa que sí ocurre en Italia con Berlusconi. No me convenció. Pensé que esa clase alta, ese sector de la clase alta para ser más preciso, que vota a Berlusconi también lo votó a Menem y hasta es posible que los hayan votado en algún momento a los Kirchner, como parecen sugerirlo algunos analistas cuando se refieren al voto del campo en las últimas elecciones presidenciales.
De todos modos, las elecciones no se ganan con los votos exclusivos de la clase alta. Por más abiertas que sean las sociedades, por más democráticas e igualitarias que sean, las denominadas clases altas, o sectores de buenos y muy buenos ingresos, no son mayoritarios. Por más dibujos teóricos que se hagan, a la hora de pasar los borradores en limpio queda claro que las elecciones se ganan con el apoyo de las clases populares. Para ser más preciso, habría que decir que una fórmula ganadora en las sociedades modernas, siempre está apuntalada por una coalición social donde las clases medias y trabajadoras suelen ser mayoritarias.
Si esto es así, pueden explicarse los respaldos mayoritarios que ha recibido Berlusconi desde 1994 a la fecha. Sus modales, el lenguaje que emplea, su particular sentido del humor, su adhesión a las versiones más vulgares de la cultura popular, expresan en un nivel emotivo, y si se quiere irracional, a amplias capas sociales. Quienes votan por Berlusconi no desconocen el carácter amoral y cínico del personaje. Es más, lo conocen tan bien que lo votan precisamente porque es como es. Él mismo lo dijo hace una semana cuando tomó estado público que había perdido los fueros: “Los italianos me quieren porque me parezco a ellos”. Está claro que no se está refiriendo a todos los italianos, sino a los que lo votan que, a juzgar por los resultados electorales, representan una mayoría.
La pregunta a hacerse en este caso es acerca de cómo funciona esa identificación o en qué tópico el italiano medio se siente representado por Berlusconi. El personaje es sin duda fascinante, el protagonista exclusivo de esas comedias que directores como Fellini o Scola realizaron con tanta maestría y “neorrealismo”. El susurrante cantor de boleros en los cruceros amorosos se transformó en pocos años en un empresario exitoso que concluyó su periplo accediendo al máximo cargo político de su país, acceso que repitió en cuatro oportunidades siempre avalado por el voto popular.
Según la revista Forbes, su fortuna supera los seis mil millones de dólares y está considerado entre los setenta millonarios más importantes del planeta, un reducido club donde solamente él puede exhibir su condición simultánea de rico y de jefe político de una de las democracias industriales más importante de Europa. A esa fortuna -cualquiera lo sabe- nadie la hace ahorrando, y mucho menos en Italia, donde la mafia sigue siendo un formidable poder económico que, a juzgar por lo que dicen los periodistas dedicados a investigarlo, siempre estuvo relacionada con Berlusconi.
Es más, los contactos ya estaban aceitados desde los tiempos de su padre, un importante operador de uno de los bancos más poderosos de Palermo y el hombre de confianza de Vittorio Mangano, para muchos un capo mafioso relacionado con la célebre P2, la de Lucio Gelli y Roberto Calvi, la del Banco Ambrosiano y los negociados e intrigas en los pasillos del Vaticano, que con tanta sagacidad relatara Francis Coppola en su película El Padrino III.
Si algo hay que reconocerle a Berlusconi es que no descuidó ningún detalle para transformarse en el personaje más popular de Italia, el ídolo de las multitudes, el macho latino y el rufián, el triunfador y el pícaro. El fútbol, las “chicas bien de casas mal”, los medios de comunicación, la vida ostentosa, la exhibición obscena de riqueza, todo contribuyó a dotar a su imagen de un carisma irresistible para el país que en su momento inventó el término “cualunque” para referirse a cierto estilo político muy reaccionario y muy popular al mismo tiempo.
Por supuesto que son muchos los italianos que lo critican y hasta han manifestado sentirse avergonzados de que la Nación que inventó el Renacimiento esté conducida por un personaje de estas características. Lo grave, pero también lo interesante, es que Berlusconi en todos los casos ha llegado al poder de la mano del voto popular. Los que lo votan no están engañados, no desconocen la catadura moral del personaje, no ignoran el origen de su fortuna y las relaciones que mantiene en las sombras con la mafia y sus operadores.
A su manera, Berlusconi es transparente, nunca pretende presentarse como algo diferente a lo que todos ven y reconocen, admiran y envidian. Digamos entonces que a Berlusconi se lo votó por sus defectos y no por sus virtudes. La historia ha demostrado que hay dirigentes que movilizan los mejores sentimientos de una Nación, pero también ha probado que hay otros que movilizan las pasiones más bajas, las zonas afectivas más oscuras y viscosas.
Berlusconi pertenece a esta segunda categoría y además merece estar allí porque se ha preocupado por ganarse ese lugar en la historia. Su vulgaridad y ramplonería, su lenguaje procaz e impúdico, sus bravuconadas de matón reclutado en los bajos fondos, sus arrebatos de patrón despótico, las relaciones morbosas que mantiene con las mujeres y esa manera sórdida de ufanarse por sus conquistas, todo ello combinado con una acerada y perversa inteligencia, lo transforman, como él mismo se ha ocupado en decirlo, en el hombre más popular de Italia y el político más exitoso.
La permanencia de Berlusconi en el escenario público mundial es una lección práctica de política acerca de las modalidades de las preferencias populares, o de cómo las clases populares construyen sus imaginarios y cuáles son los modelos que los seducen. Las curiosidades en ese sentido son sorprendentes y hasta conmovedoras. “Il Cavallieri” llega por primera vez al poder después de que los jueces protagonizaran una de las hazañas éticas más importantes de su tiempo: el Mani Pulite. En su momento se dijo que en Italia se promovía una ejemplar regeneración ética y que a partir del Mani Pulite hay un antes y un después. Vanas ilusiones. Como se recordará, este proceso mandó a la condición de jubilado a muchísimos políticos, particularmente de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista. En ese momento, los más optimistas llegaron a decir que de aquí en más Italia sería uno de los países más respetados del mundo por la calidad moral de su clase dirigente.
Pues bien, ese mismo año, el año del gran baño moral, Silvio Berlusconi llega al poder para contradecir a todos aquellos que consideran que la historia está regida por leyes morales o por relaciones de causalidad, o que en su devenir va sembrando normas y principios, moralejas y mandamientos que las sociedades incorporan y asimilan. No olvidar, por último, que ya para entonces el hombre estaba muy lejos de ser considerado un exponente del virtuosismo político o empresario. Para refrescar la memoria a los más olvidadizos, no hay que perder de vista que ya para entonces lo que se decía de él no era muy diferente de lo que se dice ahora. Lo que importa en todos los casos, es que los italianos que lo votaron ayer, y lo votan hoy, sabían muy bien a quién estaban votando.
Consultado sobre esta consistente adhesión política de los italianos, el reconocido escritor Umberto Eco dijo con algo de humor y algo de fe, que el único camino que les queda para sacarse de encima a “Il Cavallieri” es que los italianos que viven en la Argentina regresen a Italia. Conociendo el paño y conociendo las preferencias electorales locales, diría que una vez más Umberto Eco peca de optimista.




