EDITORIAL

El premio Nobel de la Paz

Desde hace años se sospecha o se intuye que el Premio Nobel es una distinción excesivamente politizada. Puede que en las ciencias duras esta afirmación carezca de validez o se relativice, pero en el campo de la literatura ya es más que evidente, y algo parecido podría decirse del Premio Nobel de la Paz y de quienes han hecho colaboraciones decisivas a la humanidad en este campo.

Tal vez la politización sea inevitable, pero en algún punto es necesario advertir esto, sobre todo si se quiere que el Premio Nobel siga contando con prestigio. Daría la impresión de que entre los integrantes del jurado predominan criterios que muy bien podríamos calificar como “pensamiento políticamente correcto”. Incluso esa orientación podría aceptarse si no se transformara en un absoluto que deviene en injusto en la medida en que devalúa los valores o consideraciones específicas que se deben tener en cuenta para otorgar el Premio Nobel.

Se sabe, por ejemplo, que el Premio Nobel nunca le será otorgado a alguien que pertenezca a la tradición política de derecha. Ronald Reagan puso punto final a la Guerra Fría, pero no mereció el Premio, que sí obtuvieron Theodore Roosevelt o Woodrow Wilson y, ya en el llano, James Carter. No se trata de descalificar los méritos o virtudes de los que lo recibieron, sino de interrogarse por qué para unos sí y para otros no. Los argentinos, pero no sólo los argentinos, nos seguimos preguntando por qué no se otorgó el Premio Nobel de Literatura, por ejemplo, a Jorge Luis Borges. No se trata de aferrarse a localismos necios, sino de reivindicar a un auténtico creador, un genuino renovador del lenguaje a quien, como más de un crítico lo admitiera públicamente, no le fue reconocido por sus posiciones políticas conservadoras y, concretamente, por haberse reunido con Pinochet, como si cualquiera de estos actos descalificara la calidad y trascendencia de su obra literaria.

Por su lado, el Premio Nobel de la Paz en más de un caso fue otorgado a personajes cuyos méritos en estos temas son por lo menos opinables. Nos referimos al caso, por ejemplo, de Henry Kissinger o Arafat. Cada uno puede tener una opinión favorable o desfavorable de ellos, pero a nadie se le escapa que un reconocimiento de esa naturaleza es, por lo menos controvertido, cuando no excesivo. La reciente distinción al presidente Barack Obama reavivó el debate. Siempre se supuso que este premio era para quienes habían realizado acciones concretas a favor de la paz, es decir, un reconocimiento a lo que alguien hizo, no a lo que hará o a lo que se promete realizar.

Lo sucedido con Obama ha despertado suspicacias, incluso entre quienes lo respetan, porque no hace un año que está en la Casa Blanca y, de acuerdo con lo que se ha podido saber, estuvo nominado a las dos semanas de haber asumido la presidencia.

No se trata, por lo tanto, de cuestionar las virtudes de un mandatario que sin duda ha despertado grandes esperanzas en Estados Unidos y en el mundo, sino de advertir acerca de esta politización excesiva que terminará desprestigiando a una institución que merece otro destino.