al margen de la crónica

Palabra de dios

La histeria es ya un comportamiento habitual argentino y hay bastantes emergentes de ese fenómeno nacional. Como grupo social dejamos mucho que desear; en pocas semanas y por razones disímiles, la prensa estuvo bombardeada por insultos y plagada de pases de factura. Kirchner puso de moda la fobia mediática; en el debate por la Ley de Medios, varios de los expositores en las Cámaras, aprovecharon para vomitar viejos empachos los cuales, desde sus perspectivas, habría provocado la prensa.

Algo semejante le pasa a Maradona. El hombre ya no es un ícono del deporte; es el fantasma de un virtuoso, de un excepcional, de un habilidoso, que le dio mucha alegría a hinchas argentinos y de otras partes del mundo mientras descollaba en cualquier equipo en el que jugara. Con él brilló la camiseta blanca y celeste, y también se avergonzó. Durante años, demasiados arrebatos se le justificaron “al” Diego en recuerdo de viejas alegrías.

Con sus últimos exabruptos, Maradona no sorprendió; apenas le dio a los argentinos, más vergüenza propia de la que ya atesoran. Sus expresiones escandalosas recorrieron el mundo. Aunque él no pueda entenderlo, su compromiso es semejante al de un embajador; es un representante deportivo del país. Está en ese lugar en parte porque lo quiso y porque pocos se bancarían decirle no a Maradona, aun a sabiendas de que no es un buen líder; eso sería, figurativamente, mala prensa. Esta selección es la peor que muchos recuerden y el haber entrado al Mundial de fútbol, es por gracia de Dios y no por mérito del dios. Diego nunca dejó su costado caprichoso y el hecho de hacer la vista gorda frente a sus escándalos está colmando el aguante de los más pacientes.

Ya no cabe la disculpa de su origen humilde porque, si en todo este tiempo no aprendió, es porque está cómodo en su papel de chico patotero. El adolescente que se fue de Fiorito, nunca tuvo ganas de ir más lejos de lo que sus piernas lo llevaran, y su trayectoria, después de su retiro, es una muestra viva. Admitir que el origen humilde de alguien lo condena a la mediocridad de por vida, es ofender y desilusionar a los muchos chicos desamparados que se esfuerzan por revertir sus destinos, aún sin tener la destreza esencial del ex futbolista. Todos sus desempeños fueron problemáticos. Ahora no soporta escuchar que es el jefe de una formación poco lucida y que carece de tácticas para lograr que un grupo de jugadores encaje en un equipo. Es natural suponer que quien debe aglutinar a muchos en pos de un objetivo común debe tener, antes que nada, equilibrio y el dios de eso tiene poco. Sus berrinches están agotando a los jugadores, a los hinchas y, en fin, a los argentinos. Soberbio, caprichoso y violento, las palabras del ex deportista, desde hace tiempo, generan rechazo en la gente que todavía sigue soportándolo como pago a los viejos buenos tiempos. Ojalá la Selección traiga el trofeo mayor el año que viene, con Maradona, sin Maradona o a pesar de Maradona.