La vuelta al mundo
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Honduras y la política bananera
Rogelio Alaniz
Para bien o para mal, Estados Unidos sigue decidiendo en Centroamérica. Lo sucedido en Honduras así lo demuestra. Si en otros tiempos la intervención yanqui se ejecutaba para defender los intereses de las oligarquías locales, ahora pareciera que lo hace para sostener la democracia. Si las alternativas políticas se plantearan en términos de progresistas y reaccionarios, bien podía decirse que en los tiempos que corren las intervenciones de la Casa Blanca son progresistas, al punto que la novedad en esta crisis consiste en que las izquierdas en sus diferentes matices le han exigido a Estados Unidos que intervenga.
El proceso estaba estancado. Zelaya y sus amigos se paseaban como leones enjaulados por los jardines de la embajada de Brasil mientras Micheletti aseguraba que el único destino de Zelaya era la cárcel. Las gestiones de Arias habían sido prolijas pero nadie estaba dispuesto a llevarle el apunte. Fue necesario que interviniese Thomas Shannon, Secretario de Estado adjunto para América latina, y Dan Restrepo, para que la crisis empezara a resolverse.
Dos días de gestión hicieron lo que no se pudo hacer durante cuatro meses. De pronto, Zelaya y Micheletti empezaron a sonreír. Zelaya atusó sus grandes bigotes de hacendado centroamericano, y se puso su mejor sombrero blanco; Micheletti, por su parte, le ordenó a su sastre de Miami que le enviara el mejor traje para la próxima conferencia de prensa. El propio Arias empezó a creer que su trabajo no había sido en vano y hasta los representantes de la OEA se animaron a decir que ahora todo retornaba a la normalidad.
En realidad, lo que hicieron los diplomáticos yanquis fue hacer valer el inmenso poder persuasivo que disponen para imponer las normas del más elemental sentido común. En definitiva, reponer en el cargo a Zelaya previo fallo de la Corte y un pronunciamiento del Congreso para luego convocar a elecciones, fue siempre la solución más sensata. Esto fue lo que pensaron y dijeron en su momento los observadores internacionales. Digamos que los yanquis no inventaron nada. Simplemente se limitaron a hacer cumplir la solución más razonable. ¿Por qué pudieron hacerlo? Muy sencillo, porque disponen de poder y porque, para bien o para mal, estas republiquetas -que siguen siendo culturalmente bananeras- nunca han dejado de ser el patio trasero del imperio.
Conviene recordar que la palabra “bananero” nació en esta región. El vocablo se refería a los golpes de Estado o las intervenciones militares prohijadas por la Standard Fruit. Cuando hace más de cincuenta años en Guatemala -país vecino de Honduras- un suave intento de reforma agraria se atrevió a tocar algunas tierras improductivas de la poderosa compañía frutícola, el entonces Secretario de Estado pronunció la palabra que conjuraba a todas las brujas: “comunistas”. Acto seguido aparecieron los marines e hicieron su trabajo de la mano de una clase dirigente venal y corrupta que nunca vaciló en aliarse con la intervención extranjera para defender sus privilegios.
Desde entonces pasaron muchos años. La política “del garrote” es un mal recuerdo del pasado y concluida la Guerra Fría también desapareció la doctrina de la seguridad nacional, el marco teórico que legitimaba los golpes de Estado en nombre de la defensa del “Occidente libre y cristiano”. Los marines y las cañoneras son una reliquia del pasado, pero lo que se mantiene presente en las clases dirigentes caribeñas es la cultura bananera, esa cultura que siempre resultó funcional a diferentes modalidades autoritarias de dominación, todo ello acompañado de altos niveles de corrupción en sociedades donde la distancia entre pobres y ricos es abismal.
Hoy la cultura bananera es más un patrimonio interno que externo. Las condiciones históricas que la hicieron posible no existen, pero sobreviven los hábitos, los vicios, la cultura en definitiva, de una clase dirigente que se formó en esa escuela y, fundamentalmente, se enriqueció practicando lo único que aprendieron a hacer bien. Micheletti y Zelaya son los típicos exponentes de esa tradición. Durante años han sido socios y compañeros de fechorías, En los últimos tiempos se han peleado, pero nadie debería sorprenderse de que en el futuro vuelvan a asociarse.
El golpe de Estado del 28 de junio tuvo un inequívoco tono caribeño. Que un militar entorchado al frente de una tropa allane la residencia presidencial y saque al mandatario en paños menores y lo traslade hasta el aeropuerto, es una maniobra que sólo en esta región congestionada por el barroco y el realismo mágico en sus versiones más groseras puede realizarse con tanto colorido y eficacia.
Según las crónicas de esos días, la mujer de Zelaya se refugió en la embajada norteamericana. ¿Por qué la esposa del presidente que supuestamente empezaba a enfrentarse con el imperio de la mano de Chávez se refugiaba en “la embajada”? Porque en estos pagos la embajada norteamericana es lo único que respetan las clases dirigentes y sus fuerzas armadas; en segundo lugar, porque sólo los ilusos o los ingenuos pueden creer que Zelaya es un político antiimperialista o un socialista tropical.
Lo cierto es que el acuerdo se ha firmado. Esto no quiere decir que se vaya a cumplir al pie de la letra. Políticos tramposos y fulleros -y Zelaya y Micheletti lo son- aceptan las reglas del juego para traicionarlas. Por lo pronto, Zelaya ha insistido en que si no lo reponen en el cargo, el acuerdo -que incluye un conjunto de decisiones políticas entre las que se destaca la convocatoria a un gobierno de unidad nacional- no se concreta. Por su parte, Micheletti ha advertido que si Zelaya regresa a la presidencia es para convocar a elecciones dentro de tres semanas, elecciones en la que él no podrá presentarse.
Hasta el momento todo parece indicar que Zelaya acepta estas condiciones; pero conociendo el paño, habría que ver qué ocurre cuando el hombre del ostentoso sombrero blanco retorne a la presidencia y crea que es el dueño del poder. Un político ambicioso como Zelaya ¿aceptará ser presidente por tres semanas? ¿Para eso desplegó tantos esfuerzos, se expuso tanto? Es muy probable que Zelaya termine aceptando lo convenido, no porque sea leal sino porque no le queda otra alternativa. El retorno al cargo ejecutivo sería un reconocimiento simbólico y nada más.
En principio, todos dicen que hoy el político más popular de Honduras se llama Porfirio Lobo Sosa. No pertenece al partido de Zelaya y Micheletti y está muy lejos de defender posiciones progresistas. Por lo tanto, el único margen de maniobra que le queda a Zelaya es el de apoyar a otros candidatos. Se dice que Santos y Avila pueden ser sus preferidos. Santos es liberal y Avila milita en la Democracia Cristiana. De ellos no hay mucho para decir, salvo que serían apoyados por Zelaya. Así y todo, no le alcanzarían los votos para ganarle a Lobo Sosa.
Salida. Thomas Shannon, subsecretario de Estado de los EE.UU. para el hemisferio occidental, y Víctor Rico, delegado de la OEA, anuncian conjuntamente en Tegucigalpa su apoyo al acuerdo que deposita en el Congreso la restitución de Zelaya en la presidencia y la subsiguiente convocatoria a elecciones generales.
Foto: Agencia EFE