AL MARGEN DE LA CRÓNICA
AL MARGEN DE LA CRÓNICA
¡Cuidado!, niño suelto
A casi todas las personas les gustan los chicos. A propios y ajenos uno los ve como simpáticos proyectos del futuro. Provocan ternura y son la impronta de la inocencia; son como un cuaderno enorme con todas sus páginas por escribir y un desafío para los mayores. Pero en unos pocos días, varios hechos que relacionaron comportamientos infantiles con conductas adultas, hicieron tambalear mi romántica suposición. 1) En mi día semanal de compras, recorría el súper con la velocidad de una saeta; no me gusta la tarea y los lugares grandes me provocan fobia. En el medio de un pasillo, un mocoso el término es correcto ya que lagrimeaba por ojos y nariz- gritaba, mejor dicho, chillaba, en pos de un paquete de galletitas. La madre inconmovible, miraba los productos expuestos, al tiempo que negaba distraída, la satisfacción del capricho. Pasaban los minutos, varios estábamos trabados frente a la góndola y la cara de la gente dejaba de ser amable. Finalmente la mujer claudicó con el botín dulce y, mientras tironeaba del brazo al chillón, seguía argumentando su “no”.
2) En la sala de espera del médico, mi turno llevaba más de una hora de atraso. La impuntualidad es una costumbre galena. Éramos varios en la misma situación. A mi lado una mujer joven aguantaba con un chiquito de unos tres años. El niño corría por toda la sala -que es tan grande como un ascensor-. Una viejita, con un considerable esfuerzo, entró ayudándose con un bastón. El chico saltaba a su alrededor en una especie de danza frenética. La señora trataba de mantener el equilibrio mientras la mamá, en un susurro, suplicaba: “maaás despacio neeene”.
3) El viernes me negué a cocinar. Decidimos comer algo rápido en algún lugarcito simpático. Estábamos eligiendo el menú cuando empezó el martirio. Un matrimonio cenaba con sus dos hijitos. Los chicos galopaban entre las mesas, gritaban, peleaban entre ellos y manoteaban las papas fritas de los platos de los parroquianos. Los padres absolutamente ajenos a la ceremonia infantil, cenaban tranquilos. Seguro que todas sus noches se parecen. Maldije en silencio mi mala relación con la cocina y extrañé la tranquilidad de mi casa.
4) Tarde fresca de sábado, ideal para dar una vuelta por la Feria del Libro. La ex Belgrano está muy linda aunque los espacios resultaban pequeños para la cantidad de gente que había tenido la misma idea. Recorría los stands empujada por una muchedumbre. Me detengo frente a uno donde había una recopilación de las novelas de Roberto Arlt. Hace rato que las quiero. Trato de llegar abriéndome paso entre la gente que espía libros. De pronto algo azota mis tobillos. Miro y veo un ser de no más de 70 centímetros de alto empujando un cochecito con un bebé. El bebé lloraba asustado. Busco y sospecho que ese joven absorto en la lectura de una contratapa, es el papá. No registraba nada de lo que pasaba a su alrededor. Nunca se enterará de que sus hijos hicieron, por ejemplo, que yo huyera despavorida dejando a Arlt para otra oportunidad.
Al entrar a mi casa, mis hijos adolescentes me miraron raro cuando les anuncié: “La próxima vez que les diga que ustedes eran más simpáticos de chiquitos, no me crean”.