Los grandes cuentos de Hudson
Los grandes cuentos de Hudson
De la Redacción de El Litoral
William Henry Hudson (partido de Quilmes, Buenos Aires, Argentina, 1841 - Worthing, West Sussex, Inglaterra, 1922) escribió siempre en inglés. Gran parte de su obra, sin embargo, está situada en nuestras tierras y tiene como protagonistas a los habitantes de la región, a los que supo describir con especial penetración. Jorge Luis Borges y Ezequiel Martínez Estrada, que lo admiraron profundamente, notaron su particular forma de acercarse a paisajes y temas criollos, su estilo fluido y la importancia que la mujer adquiere por primera vez en el ámbito de la literatura gauchesca. También muchos autores ingleses lo admiraron: Galsworthy lo declaró narrador insuperable y Conrad lo consideraba un escritor “producto de la naturaleza”.
Letemendia acaba de publicar “Cuentos escogidos”, de W.H. Hudson, en un volumen que incluye, aparte del prólogo de la traductora, Alicia Jurado, los cuentos “El Ombú” , “Historia de un overo” y “El Niño Diablo”, que junto con “Marta Riquelme” (al que Martínez Estrada celebró con un extraordinario cuento homónimo) constituyen el corpus sustancial de narraciones cortas de Hudson.
El encanto de este autor es múltiple. De aquí que su vasta y variada obra resulte por una u otra razón siempre interesante, desde sus novelas y cuentos a sus estudios naturalistas, “ecológicos” y ornitológicos. En estas narraciones breves, situadas en ambientes campestres, más allá de las historias contundentes y emocionantes que narran, resalta un estilo directo y sin embargo muy rico de color y detalles. Las historias suelen estar a cargo de un narrador, cuyo tono da vida y espesor coloquial al lenguaje. Como podemos advertir, por ejemplo, en el comienzo de “El overo”: “Esto trata de un overo. Hay gente que llega en bandadas como los pájaros, parlotean dando saltos, engullen semillas y luego se vuelan, olvidando lo que tragaron. No me gusta esparcir el grano para éstos. Con usted, amigo, es diferente. Otros pueden reírse, si quieren, del viejo con muchos cuentos, que guarda todo en su memoria. Puedo reírme también, sabiendo que todas las cosas obedecen al destino; de otra manera, podría sentarme a llorar”.
Claro que esta riqueza de lenguaje depende de las traducciones. A las ya clásicas de Eduardo Hillman y Violeta Shinya (sobrina nieta de Hudson), se suma ésta, impecable, de Alicia Jurado, gran conocedora de Hudson y autora de una notable “Vida y obra de W.H. Hudson”.
En “El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson”, Martínez Estrada insiste en que esa riqueza estilística depende de un uso particular que el autor de “La tierra purpúrea” hizo del inglés. Sostiene que hay “una inquietante extranjería en su idioma inglés bien castizo. Se ha dicho, para explicarlo, que Hudson pensaba en castellano y traducía al escribir... Verdad es que aunque hablara durante treinta y tantos años este idioma, más familiar le era el inglés, y que necesitó formarse una lengua literaria mediante un estudio de este idioma parecido al que realizó Conrad. Aquello de extraño que hallaba el lector insular en la prosa de Hudson es precisamente lo que hallamos de nuestro en las traducciones: el espíritu de nuestro país tal como se refleja en la lengua que hablamos”.
El cuento “El ombú” se acompaña de un apéndice, con interesantes notas de Hudson dirigidas al lector inglés acerca de la veracidad de los hechos narrados y de la idiosincrasia y característica de los protagonistas del cuento. Leemos así, a propósito del juego del Pato y de las Invasiones Inglesas: “Puede parecer raro al lector inglés que a pocas millas del odiado invasor durante su marcha a la capital, en la que prevalecía la mayor excitación y se hacían todos los preparativos para la defensa, un gran número de hombres se entretenían con el juego del Pato. Para aquellos que conocen el carácter del gaucho no hay nada increíble en tal hecho, pues el gaucho está o estaba completamente libre del sentimiento de patriotismo y miraba a todos los gobernantes, a los que tenían autoridad, desde el más alto al menor, como sus principales enemigos y ladrones de la peor clase, puesto que le robaban no sólo sus bienes sino su libertad.
“No le importaba si su país pagaba tributo a España o a Inglaterra, si un gobernador o virrey -nombrado por alguien distante- tenía ojos negros o azules. Cuando el dominio español acabó, transfirió su odio a las clases gobernantes de la llamada República. Cuando los gauchos adhirieron a Rosas y lo ayudaron a subir al poder, los ilusionaba el error de que fuese uno de ellos y les daría esa perfecta libertad para vivir sus propias vidas a su manera, que es su único deseo. Se dieron cuenta de su equivocación cuando era demasiado tarde”. Agrega una vibrante descripción del juego, y cuenta que fue Rosas quien abolió este juego, simplemente porque no podía permitir que los hombres se “hiriesen y matasen para su propio entretenimiento” en tiempos en que hasta chicos “de doce o catorce años eran arrancados a veces de los brazos de sus llorosas madres para convertirlos en soldados”.
Como escribe Alicia Jurado, mientras en sus ensayos y estudios naturalistas “Hudson se muestra, no sólo racional y prosista de gran mérito, sobrepasando en la descripción de la naturaleza a todos los ingleses que lo precedieron en el género; en cambio, en los cuentos referidos a Sudamérica, aparece su aspecto más truculento y su fantasía algo morbosa”. Sus cuentos en efectos, son fuertes, de tintes trágicos, con efectiva presencia de supersticiones y mitos populares, y no pocas veces melodramáticos, todo ensamblado sabia y enérgicamente, capaz de mantener hoy toda su vigencia y seguir apasionando a los lectores.
“Hudson, el gringo criollo”, retratado por Florencio Molina Campos.