Edición del Sábado 12 de diciembre de 2009

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Ética y derechos humanos - Edición Impresa - Opinión Opinión

Crónica política

Ética y derechos humanos

Rogelio Alaniz

“La vigencia de los derechos humanos no resuelve todos los problemas de la sociedad, pero impide que ellos sean definidos sin la participación de sus miembros o en contra de ellos”. José María Gómez

Un aniversario más de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El texto sigue despertando esperanzas y aprensiones. Su redacción es sencilla, precisa y sabia. El que supone que es vulgar, simple u obvia se equivoca. En el prólogo y en los treinta artículos están condensados los principios fundamentales que deberían orientar a una sociedad civilizada.

Una encuesta en Europa y Estados Unidos asegura que el ochenta por ciento de la gente de menos de cuarenta años ignora su existencia y sus contenidos. En lo regímenes totalitarios la resolución es más sencilla: la difusión del texto está prohibida. Sin ir más lejos, en Cuba su divulgación es causal de prisión. Como siempre, las dictaduras suelen ser más conscientes que las democracias acerca de lo que les conviene o les molesta.

Como todo texto cargado de significados, la Carta de la ONU admite diversas interpretaciones. Cuando hablamos de derechos humanos pareciera que todos sabemos lo que estamos diciendo, pero las dificultades empiezan no bien nos detenemos a reflexionar sobre sus contenidos. Juan Manuel Casella, ex ministro de Alfonsín, definió a los derechos humanos como la ética de la democracia. Bella y precisa caracterización para pensar uno de los problemas decisivos de la vida política moderna.

Cuando el 10 de diciembre de 1948, luego de haber atravesado los horrores de la guerra, las Naciones Unidas redacta una declaración de principios de treinta artículos, sintetiza la tradición liberal con la tradición socialista y religiosa. A partir de allí los derechos humanos dejan de ser el patrimonio de una corriente ideológica para transformarse en una conquista civilizatoria.

Programa de realizaciones políticas y propuesta hacia el futuro, los derechos humanos pueden se pensados desde la ética o desde el derecho, pero antes que nada importa pensarlos desde su exclusiva dimensión política.

Como diría Cornelius Castoriadis: “Desde el momento en que se plantea la cuestión social y política, la ética se vincula a la política”. Los derechos humanos pueden ser un conjunto de normas piadosas, pero antes que nada son el producto de un orden institucional articulado.

Su vigencia o su ausencia comprometen a toda la sociedad. Norbert Lechner sostiene que “la violación de los derechos humanos es una violación a la sociedad”. Perfecto, pero es necesario una nueva vuelta de tuerca. Los derechos humanos trascienden la política entendida como práctica del poder, porque su objetivo es ponerle límites al poder. Gerard Soulier lo dice muy bien: “ Los derechos humanos son esencialmente políticos, mas no son toda la política, ellos tienen justamente como objetivo impedir que la política sea un todo, enteramente confundida con el poder”.

La experiencia enseña que una política de derechos humanos enfrenta dos peligros: la ultraderecha y la ultraizquierda que predican a favor de la dictadura. Para la ultraderecha, los derechos humanos existen pero no son universales. Son para ellos y nada más. Para la ultraizquierda los derechos humanos son para los revolucionarios, para el resto el paredón o algo peor. Por motivos aparentemente opuestos, unos y otros coinciden en que su existencia está subordinada las necesidades del Estado, del Estado corporativo y fascista o del futuro Estado proletario y revolucionario, para el caso lo mismo da. Unos y otros estiman que la sociedad que se merecen es necesario levantarla sobre una montaña de cadáveres. Como se podrá apreciar, no hay dos demonios, hay uno solo que a veces pretende presentarse con dos rostros.

Como dijera Marx, en el capitalismo los derechos humanos son una ilusión que se supera a través de una revolución que permitirá salir del reino de la necesidad, para acceder al reino de la libertad por el camino de la abolición de la propiedad privada. Sólo así -dice- se sale de la trampa alienada del ciudadano burgués y se ingresa en el reino de la emancipación política. Atendiendo a lo que nos dice la experiencia acerca de los cien millones de muertos provocados por el comunismo en el siglo veinte, no hay motivos para ser optimistas o alentar esperanzas humanistas.

La pregunta a hacerse a continuación es acerca de cuáles son, en términos prácticos, los derechos humanos que un sistema político debe preservar y proteger. Para Hannah Arendt “sólo existe un único derecho humano” y agrega a continuación: “El hombre es privado de sus derechos humanos cuando se le priva de su derecho a tener derechos”.

Para los clásicos se resumen en una exclusiva trinidad. Vida, libertad, propiedad. En ese orden y en esa jerarquía. Cuando éstos faltan, falta lo más importante. Basta repasar las atroces experiencias del siglo veinte para saberlo. En la vida cotidiana no es necesario teorizar demasiado para saber cuándo los derechos humanos están en peligro. “Digo que vivo en una sociedad libre cuando puedo caminar por la calle y conversar con mis amigos sin necesidad de tener que pedirle permiso al jefe de policía”, decía Sarmiento. Podemos ensayar definiciones más actuales. Los que padecimos a las dictaduras militares no necesitamos de demasiadas palabras para hacerlo. Los escuadrones de la muerte, los grupos de tareas, las persecuciones, secuestros y torturas dicen más que las mejores frases del mundo. Cuando esto ocurre, los derechos humanos dejan de ser una abstracción para transformarse en una realidad palpitante. Para cada uno de nosotros y para todos.

En la Argentina, las organizaciones de derechos humanos se constituyeron cuando el terror estatal y paraestatal asesinaba a mansalva y el primer derecho a defender, era el derecho a la vida. No es casualidad que la APDH se haya fundado a fines de 1975. Tampoco es casualidad que haya estado integrada por un amplio abanico político y religioso. Entonces, las urgencias de salvar vidas y protegerse no permitían sectarismos de ninguna clase. Bastaba con un mínimo de decencia personal y generosidad política.

La resistencia a la dictadura se pensó como un proyecto amplio y no sectario. Había mucho miedo, mucho olor a muerte flotando en el aire como para darse el lujo de ser sectario. Un sacerdote, un pastor, un rabino un dirigente conservador, un intelectual gestionando en diferentes ámbitos podían salvar vidas y su presencia nos hacía sentir que no estábamos tan solos. Es más, el gran esfuerzo de los militantes era lograr la adhesión para esta causa de sectores tradicionales y conservadores capaces de vibrar de indignación por lo que estaba haciendo la dictadura militar en esos años.

Hoy, los tiempos han cambiado y pareciera que si no se es marxista leninista, o si no se aprueba a libro cerrado el accionar de las organizaciones armadas de los años setenta, no se puede ser un defensor de los derechos humanos. El sectarismo en sus versiones más áridas y mediocres, más fanáticas y necias, se ha instalado en un tema que exige lo opuesto para realizarse: tolerancia, rechazo a subordinar los derechos humanos al partido de los revolucionarios de pacotilla, desconfianza a quienes adhieren a un pasado edulcorado por la nostalgia, el resentimiento y el fracaso.

Pensar en una estrategia adecuada es algo más complejo que agitar consignas que pueden llegar a ser justas, pero que no permiten darle estatura institucional. La condena a un represor no alcanza a configurar una real estrategia de derechos humanos. La condena puede estar motivada por razones individuales o, como dijera José Mujica, por el afán de venganza, entendible humanamente pero muy alejado de lo que debe ser un diseño institucional serio.

Las instituciones conocidas como de “derechos humanos” trabajan sobre el pasado y allí reside su virtud, pero también su límite. Ajustar cuentas con torturadores puede ser estimulante, pero es apenas un punto de partida que para perfeccionarse debe integrarse a una estrategia amplia de construcción del Estado de Derecho, la garantía última de un orden político fundado en los derechos humanos.

Desacoplar los juicios a los represores de la democracia política y el Estado de Derecho provoca deslizamientos ideológicos hacia el extremismo, reduce el afán de justicia a una aventura personal y deja abierta la posibilidad de ser manipulado por el poder político de turno. Que los Kirchner sean hoy los abanderados de esta causa y, además, los proveedores de puestos y rentas, confirma que la trampa ha dado resultado.

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Septiembre de 1985. Lambruschini, Videla, Massera y Graffigna, en el juicio por violación de los derechos humanos durante los años de la dictadura.

Foto: AFP



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