al margen de la crónica
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Últimos días del genio de la triste trompeta
Los amantes del jazz recordaremos este 2009 que se va como el año en que se reestrenó -casi entre bambalinas, sin mucha prensa- el mítico documental Let’s get lost, realizado por el fotógrafo estadounidense Bruce Weber -a fines de los ‘80- sobre los últimos días del trompetista y cantante Chet Baker.
La obra, que pretendió ser un panóptico sobre la vida del artista, se presentó el mismo año de su muerte, en 1988. Extrañezas del destino. Fue creada con diversas técnicas: un flashback fotográfico, fragmentos de films italianos antiguos y entrevistas al músico y a personas de su círculo personal. Y obtuvo una nominación a un premio Oscar.
El reestreno cinematográfico invitó a revisitar la vida -y sobre todo, la obra musical- de uno de los artistas más influyentes. Baker no fue uno más en la larga lista de eximios músicos que el jazz dio a lo largo del siglo XX. Integró el exclusivo cenáculo de “los únicos”, al lado de Charlie Parker, Miles Davis o John Coltrane.
Su música transitó sobre una extraordinaria intersección entre el bebop y el estilo de la costa Oeste -el cool jazz, incipiente en California-, donde el sonido desvencijado y triste de una trompeta se combinaba con una voz que, de tan frágil, y melancólica, se resquebrajaba en cada nota. “La voz de Baker era tan delgadísima y efímera que parecía desaparecer en cualquier momento”, dijo un crítico una vez.
Baker llevó una vida sombría, atormentado por sus adicciones a la cocaína y heroína, por sus miedos y sus desesperanzas. Era nihilista, autodestructivo, arrogante y ciertamente megalómano, “un tipo duro de verdad y un terrible pesimista, siempre de mal humor. Tenía una voz maravillosa, pero se enfadaba si se lo decían”, lo recordó el propio Weber. Las mujeres lo amaban, y él respondía a todo deseo femenino: era el estereotipo del dandi decadente. Murió como vivió, lanzándose al vacío desde una pequeña ventana del hotel Pris Hendrik, en Amsterdam, tras haber consumido un cóctel de drogas.
Es cierto que la tragedia hace al mito. Y que muchas veces a los artistas populares quedan en el imaginario colectivo más por sus vidas sórdidas y escandalosas que por la magnitud de sus obras. No es el caso de Chet Baker, de quien se recordará más al genio adentro del hombre que al hombre carcomido por la genialidad.