Condición de las mujeres en el mundo islámico
En el puerto de Kirmayu, población somalí, dos mujeres musulmanas fueron lapidadas por adulterio. La sanción no alcanzó a los varones adúlteros. Según los preceptos legales del integrismo a los varones también les corresponde morir lapidados, pero se exigen mucho más pruebas que contra una mujer.
Lo que sucede en Somalía no es diferente de lo que ocurre en Yemen, Irán, Sudán y en diferentes regiones, donde los clérigos musulmanes han establecido esa pena de muerte. En recientes declaraciones, Amnesty Internacional ha denunciado que siete mujeres y dos hombres esperan ser lapidados en breve. Amnesty también informa que dos condenas de este tipo fueron modificadas por la horca, lo cual no deja de ser para las víctimas una cruel ironía.
El castigo de la lapidación se complementa en el universo integrista con otras disposiciones que atentan contra los derechos humanos de las mujeres en particular. Según las estadísticas, cada quince segundos a una mujer le amputan el clítoris. En países como Egipto y Arabia Saudita se estima que alrededor del 90 por ciento de las mujeres son sometidas a estas horribles operaciones que en muchos casos les cuesta la vida. Precisamente en Egipto, minorías muy activas de mujeres se movilizan para que la amputación del clítoris se haga en condiciones higiénicas normales. Hasta allí llega el feminismo egipcio.
La muerte por lapidación está reglamentada y los detalles ponen en evidencia el carácter bárbaro de esta condena. La normativa no sólo señala las causales de la lapidación, sino que además establece en qué condiciones será enterrada la mujer para ser sometida al castigo, quiénes del público podrán arrojar piedras y hasta se define el tamaño de las piedras para evitar -según se dice- que la agonía sea muy prolongada si las piedras son muy pequeñas, o que la muerte se produzca rápidamente si las piedras son excesivamente grandes. Lo que se dice, una lección de humanismo.
La muerte de las víctimas es horrible. En Internet hay algunos videos que refieren a estas ceremonias sanguinarias que parecen vomitadas desde las entrañas más salvajes de la Edad Media. El asesinato de mujeres en nombre de las normas del Islam no es novedad y cualquier ciudadano del mundo dispone, si así lo desea, de toda la información necesaria para enterarse, hasta con detalles, de cómo se practican estas ejecuciones.
Lo que llama la atención es que la mayoría de los movimientos feministas de Occidente, que en otros temas se movilizan con llamativa eficacia, no digan una palabra sobre estas prácticas brutales. O, en todo caso, que cuando hablen no vayan más allá de frases de circunstancias. Salvo las denuncias de Amnesty Internacional o de algunos movimientos religiosos occidentales, no se conocen movilizaciones importantes en defensa de estas mujeres ultrajadas y asesinadas por el integrismo islámico. Da la impresión de que más de una organización feminista prefiere privilegiar su enemistad con EE.UU. o con Israel que condenar la lapidación de mujeres.




