Tribuna Política
Los santafesinos no somos corderos
Dr. Oscar Martínez
Los santafesinos tienen miedo, están desprotegidos. Tienen miedo los padres cuando sus hijos van a la escuela y los esperan pidiendo que regresen sanos y salvos. Tiene miedo quien, con el esfuerzo de su trabajo se compró un auto, cuando se detiene en un semáforo y ve acercarse a un chico que ofrece limpiarle el vidrio. Tiene miedo el vecino que, sin sentencia, está preso tras las rejas de su casa y no asume que no existe la solución individual.
El miedo que paraliza a los ciudadanos debería movilizar a la dirigencia política en la búsqueda de soluciones concretas al problema de la inseguridad, soluciones que no pasan sólo por el Ministerio de Justicia o el de Seguridad, sino que están ligadas con la perspectiva de realización de cada uno de los ciudadanos que habitan esta provincia, realización que es imposible sin trabajo, sin salud y sin educación.
En el mismo momento que esos ciudadanos sienten miedo, unos señores se reúnen, piensan, diseñan. Pero no buscan soluciones para todos, sólo persiguen un objetivo: “Tenemos que volver al poder”. Como si la ciudadanía los extrañara.
La participación activa en política comprende la asunción de compromisos públicos y su posterior observancia y cumplimiento. Esta idea destiñe cuando la participación o adhesión a partidos o proyectos políticos no se da en base a compartir sus principios sino porque le permite al actor de turno asegurar su permanencia, ya no de base ideológica, sino de base parasitaria.
Los cambios de rumbo no son cuestionables siempre que sean el resultado de la evolución de las ideas que los dirigentes sostienen o persiguen. Ideas que deben ser guías de acciones que se plasmen en la construcción de una realidad mejor. Por caso, el presidente electo de los uruguayos, José “Pepe” Mujica, admitía que “fue un error haber querido cambiar las cosas de la forma que lo intentamos (se refería a la lucha armada). En ese momento creíamos que si lográbamos cambiar de manos los medios de producción, podríamos modificar el sistema de producción y con ello la vida de los uruguayos”. “Hoy -nos dice Mujica- entendemos que la única revolución es cultural, pero cultural educativa; por eso, debemos educar”. Y también hace un mea culpa: “Si nos hemos equivocado en algo, es en que no le fuimos útiles al pueblo uruguayo”.
Vemos aquí a un viejo dirigente que no sólo tiene la capacidad de reconocer errores propios y colectivos, sino que lo hace cuando la historia o los tiempos no se lo exigen, ya que era casi un hecho que sería electo presidente. No sólo eso, también admite que su verdad es relativa. Así da la cara, asume públicamente sus pertenencias ideológicas y políticas y entiende que ellas son relativas en un país que necesita diálogo.
Aquí, por el contrario, nos encontramos con dirigentes que siguen titubeando, especulando con la conveniencia personal en lugar de construir un núcleo duro de políticas públicas que los trasciendan y conformen un proyecto de provincia.
Es casi obsceno, porque mientras tanto, miles de padres piensan y sufren.
La mitad de ellos está preocupada porque ha perdido el rumbo, perdió el trabajo. Esto no parece demasiado difícil de explicar en una provincia que tiene el mayor índice de desocupación del país, a pesar de su riqueza reconocida por el mundo. Les han confirmado que cobrarán un subsidio para ayudar a sus hijos a encontrar un futuro. Les exigen que los eduquen y les cuiden la salud.
El abuelo, que aún conserva la foto del hombre que le enseñó que la dignidad existe, sabe que su futuro será difícil. No obstante se ilusiona, en sus momentos de lucidez -que últimamente son pocos-, con la posibilidad de que sus hijos y nietos tengan un destino mejor. Sin embargo, luego se entera de que la provincia no tiene suficientes bancos en las escuelas para que todos los niños puedan asistir a educarse, a convertirse en hombres libres.
El resto de los padres, que puede hacer estudiar a sus hijos, sabe que ya ni un título universitario les permitirá garantizarles un futuro. Para conseguir un trabajo tendrán que tener algún “amigo”. Ven que los días de clase cada vez son menos, que ya no se corrigen los errores de ortografía y que ha desaparecido el guardapolvo, ése que nos enseñaba que la igualdad era un valor y que la educación era progreso.
Viven en la Provincia Invencible pero a veces equivocadamente- no pueden evitar transmitir sus frustraciones a los jóvenes, como tampoco pueden evitar trasladar esa rara sensación de no creer en nada ni en nadie, y esa preocupante y desacertada convicción de que la solución es individual.
Mientras tanto, otros señores se reúnen convencidos de que están transformando la provincia. Es más, están pensando en seguir transformándola unos años más; diciendo que estamos mejor. No se equivocan, efectivamente ellos están mejor.
Los presidentes de comunas e intendentes agonizan con presupuestos magros, pero día a día tienen que dar respuesta a los vecinos y no pueden hacerse los distraídos. No pueden abstraerse de la situación económica de sus lugares y asisten a duras penas a los más desprotegidos. Deben proteger sus economías regionales y el cobro de impuestos es cada vez más dificultoso.
Esos dirigentes, poco a poco se han convertido en mendigos. Mendigan a la provincia, una provincia que hace lo que critica, no garantizando una distribución federal de los recursos. También mendigan para que los dirigentes a los que tantas veces han acompañado, no los abandonen. Ya se han dado cuenta que la lealtad en Santa Fe es una avenida de una mano y que el sistema funciona así: lo de ellos es de ellos y lo suyo es de todos.
Los lobos se reúnen. Ya están, por un lado, los que están y van a querer seguir estando. Por el otro, está el oficial y el muleto de la vieja escudería que, aún cuando parezcan peleados, todos saben que pertenecen a un equipo, que aunque hoy no despierte algarabía, funcionó durante mucho tiempo.
Mientras tanto los docentes, policías y empleados públicos esperan que alguno se dé cuenta que el almacén y la farmacia no saben de equilibrio fiscal. Mientras tanto los productores no están en condiciones de pagar impuestos, y por consiguiente ya no les preocupa mucho que se los aumenten. Mientras tanto los emprendedores carecen de financiamiento.
En el mismo instante decenas de miles de niños y jóvenes carecen de educación, de deporte, de capacitación para el empleo y de cultura. Pero lamentablemente hasta hoy, a nadie se le ocurrió pensar en las escuelas hogar, las escuelas “doble jornada” y la “escuela de aprendices”, que funcionaron en una etapa donde el hombre era respetado y en especial eran respetados los niños. Una etapa donde los niños eran los privilegiados, ya que los excluidos eran incluidos; en la que todos quedábamos involucrados en un proyecto nacional; en la que estábamos convencidos de que para un argentino no existía nada mejor que otro argentino.
Al mismo tiempo dirigentes jóvenes de espíritu -es decir, que no tienen la mente marchita ni el corazón doblegado-, cavilan. Son empresarios, profesionales, trabajadores, líderes locales. Ellos perciben, ellos intuyen que algo ha cambiado. Por ello se preguntan si será cierto que la alternativa para Santa Fe sea conformarse con el presente que no da respuesta, o volver a un pasado lleno de fracasos y frustraciones.
Que los lobos aúllen no es problema pero que los corderos le hagan coro sólo indica una cosa: que son corderos. Los santafesinos no lo somos. En nuestras entrañas están las enseñanzas que nos brindara el Brigadier López, quien con espíritu libertario nos dijo que teníamos entidad y que ella debía ser respetada, que merecíamos ser una provincia y que entre todas las provincias seríamos la Provincia Invencible. Si ese hombre, con seis mil almas detrás de una bandera, pudo construir una provincia, ¿por qué no podremos nosotros llevar a la misma provincia adelante?




