Crónica política
Los Kirchner y la Argentina populista
Crónica política
Los Kirchner y la Argentina populista
Rogelio Alaniz
El problema de los Kirchner, lo que oscurece su futuro político y sus ilusiones de perpetuidad en el poder, es que le faltan las condiciones básicas del populismo: votos, plata y poder. Los votos hace rato que los han perdido. La plata está visto que ya no correrá alegre y cantarina por sus manos. El poder se ha licuado tanto que un yuppie de la City como Redrado se les hace el guapo y la platea lo aplaude. Un populista sin votos, plata y poder es como un cafiso celoso: un verdadero contrasentido.
Como aquellos patricios empobrecidos, los Kirchner hablan de glorias pasadas, reclaman lisonjas en nombre de un tiempo irremediablemente perdido. En política perder poder es grave, pero mucho más grave es no saberlo. Su actitud obstinada y caprichosa recuerda la de aquellas divas envejecidas y ajadas por los años y los excesos que se siguen creyendo diosas. Los Kirchner están convencidos de que el setenta y cinco por ciento de la opinión pública los acepta, cuando en realidad la relación es exactamente inversa. Sabemos que el síndrome del espejo invertido es una tragedia para la heroína; hoy estamos aprendiendo que en política, además de una tragedia, puede llegar a ser una comedia o un grotesco, cuando no un sainete.
El populismo kirchnerista está agotado en la Argentina, pero no creo que el populismo como tal esté agotado. Como se suele decir en estos casos: los Kirchner pasan, el populismo queda. El populismo es la gran enfermedad moral de la Argentina, una enfermedad que se ha extendido a todo el arco político, que se extiende a derecha e izquierda, que esclaviza a las clases populares y seduce a las clases medias y altas. Como las drogas, genera adición; y como las drogas, vende mundos imaginarios. También como las drogas, destruye el cuerpo y el alma y sus beneficiarios siempre son hampones y mafiosos.
No sé si en nuestro país es posible pensar la política al margen del populismo. Las experiencias pasadas no alientan el optimismo. El populismo se ha transformado en el sentido común de la clase dirigente, y presupone que cualquier intento de ensayar una experiencia diferente conduce al fracaso. Como diría Borges: “El escritor argentino que no decidió hacerse hincha de Boca está condenado a la más irremediable soledad”.
Lo interesante es que lo que vale para la Argentina no vale para Chile o Uruguay. Allí los presidentes concluyen sus mandatos con el ochenta por ciento de aceptación popular y a ninguno se le ocurre reformar la Constitución para hacerse reelegir. ¿Por qué ese milagro de cultura cívica? Hay muchas respuestas, pero vamos a ensayar algunas. En primer lugar, en esos países los presidentes no llegan al poder pensando que con ellos se habrá de iniciar una nueva era histórica. Bachelet en Chile y Vázquez en Uruguay no han hecho milagros, simplemente se limitaron a hacer lo que debían y la gente así lo reconoce. En la reciente campaña electoral uruguaya, Mujica repetía en sus discursos: “Si creen que vamos a arreglar todos los problemas no nos voten”. En la Argentina un candidato que dijera eso sería considerado estúpido o imbécil.
En política todos los problemas teóricos producen inevitables consecuencias prácticas. Concebirse como el fundador de una nueva era, como el líder que las masas adorarán como un santo durante siglos, obliga a un determinado tipo de discurso, a una determinada construcción del poder y, sobre todo, a crear un determinado tipo de sujeto popular. A la personificación del poder en el líder se le suma la concentración política e institucional del poder. Nada más y nada menos. El líder criollo no se propuso ser tal para después ser un republicano puntilloso. Por lo tanto, no hay líder sin avasallamiento de las instituciones.
El otro requisito indispensable en el imaginario populista es el concepto de pueblo. El “pueblo”, para el populista, es un objeto manipulable y tramposo. Lo que se presenta como un sujeto histórico, en manos del populismo se transforma en un ente orgánico, abstracto en definitiva, al cual se recurre para legitimar en su nombre todos los actos. La expresión política del populismo hacia los pobres es la demagogia. El populismo no libera al pueblo; lo aprisiona en las redes del clientelismo. Mientras que en los discursos lo endiosa, en la práctica política lo esclaviza. Los pobres, en el populismo, la única garantía que tienen es que nunca dejarán de ser pobres.
Si determinadas políticas sociales en tiempos de abundancia promovieron una cierta movilidad social, ello fue un resultado secundario de una estrategia que por todos los caminos alentaba el sometimiento al líder y la devoción al “hada rubia”.
Regresemos a Chile y Uruguay. Si las promesas de los presidentes son moderadas y razonables, las expectativas populares también lo serán. Bachelet o Vázquez no han hecho maravillas, pero tampoco nadie esperaba que las hicieran. La relación entre gobernantes y gobernados, en ese sentido, fue mucho más sincera. Los gobernantes asumían su responsabilidad sabiendo que estaban cinco o seis años en el poder y después regresaban a sus casas. Y los gobernados no esperaban que lloviera dulce de leche.
El problema en la Argentina es que el populismo ha desatado una incontrolable inflación de la oferta política. La imagen del presidente de ancha sonrisa asomado al balcón es muy fuerte. En el sentido común de la gente capturada por el populismo, un buen gobierno es que el que te regala un auto, una casa, una novia y todo ello , si es posible, sin trabajar. En la mitología populista un presidente se parece más a Papá Noel que a un funcionario público.
El populismo en la Argentina ha instalado la fantasía de que todo candidato se piense como la reencarnación de Perón. Ninguno admite que va a llegar al poder y se va a ir cuatro años después. Todos quieren eternizarse, ser los fundadores de una nueva dinastía. Semejante expectativas provocan resultados paradójicos. Cuando concluyen el mandato, sus niveles de popularidad son bajísimos. Mientras que en Chile o en Uruguay los candidatos limitan sus ambiciones y cuando concluyen sus mandatos su popularidad es alta, en la Argentina ocurre exactamente al revés: sueñan con ser gigantes y cuando se retiran son insignificantes enanos.
El problema del populismo es que con sus miserables y rutinarias estafas desquicia las instituciones, la economía y corrompe lo que ellos llamarían el “alma popular”. Todo populista supone que las instituciones son un estorbo, una molestia que impide la comunicación directa con el pueblo. Los argumentos son diversos, pero en general sostienen que las instituciones son cristalizaciones del privilegio que deben ser destruidas a través de la acción benefactora del líder que, como tal, no está atado a esos formalismos liberales y burgueses.
Para el populismo, la economía más que estar sometida a la política está esclavizada por la política. El populismo nunca fue un proyecto económico, sino un proyecto de dominación. Por eso puede ser liberal, estatista, de derecha o de izquierda, porque para un jefe populista todas estas categorías no son más que rótulos a manipular. Pensado en esos términos, el populismo es la muerte de las ideologías. Un populista no cree en nada y puede creer en todo. Su visión del poder no es hipócrita, es cínica.
Pero lo más perverso de la cultura populista es su capacidad innata para corromper el bolsillo y el corazón de la gente. El populismo, como cultura popular, es una fenomenal estafa. Alienta las pasiones más primarias de la sociedad. Como estimula el arribismo, se contagia con facilidad. Es vulgar y grotesco, porque supone que el pueblo es vulgar y grotesco. Como producción cultural es un asalto a la razón y una lápida a la inteligencia. Agita banderas populares, reclamos justos y los corrompe en el camino. El populismo es una suerte de Rey Midas al revés: al oro lo transforma en barro. Objetivos grandes de la humanidad como la justicia, la libertad, en sus manos son látigos y candados. Instituciones nobles creadas por luchadores sociales se hicieron pedazos en sus manos. Cooperativas, mutuales, sindicatos, dejaron de ser espacios solidarios para transformarse en cuevas de ladrones. La mejor definición me la dio uno de ellos tomando un café en Punta del Este, en “El Greco” para ser más preciso. Dijo: “Somos un garito con un rufián parado en la puerta que le hace señas a la gente para que entren... una vez que pasaron nos encargamos de desplumarlos”.
El populismo se ha transformado en el sentido común de la clase dirigente, y presupone que cualquier intento de ensayar una experiencia diferente conduce al fracaso.

lustración: lucas cejas
El problema del populismo es que con sus miserables y rutinarias estafas desquicia tanto a las instituciones como a la economía y corrompe lo que ellos llamarían el “alma popular”.