Edición del Domingo 31 de enero de 2010

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Las dos caras del verano - Opinión Opinión

Al margen de la crónica

Las dos caras del verano

 

Hay una época del año en que las oficinas de trabajo cambian radicalmente su fisonomía. El trajín diario disminuye, los murmullos en los pasillos se acallan y el tiempo parece quedar suspendido, como si una profunda calma hubiera dominado las crines salvajes.

Es el verano, que trae consigo las ansiadas vacaciones, lo que repercute directamente en la cantidad de gente que pone su empeño para hacer lo suyo... y también lo de su compañero ausente. Claro que luego llegará el momento de la revancha, y la moneda mostrará su otro dibujo para equilibrar las cuestiones: el que regresa mira impotente cómo ahora el otro es quien deja su lugar en blanco.

Enero se asemeja a un extenso páramo. Ni las sombras se ven, en un lugar exageradamente inmenso para unos pocos que se curan el sueño mientras intentan realizar su rutina cotidiana. Un desafío que se renueva cada amanecer, al buscar la armonía entre la obligación del trabajo y las exigencias de la familia, ya inmersa en sus propias vacaciones. Un reto que, por cierto, pocas veces tiene un desenlace feliz.

Y luego llegan esos días intermedios entre fines del primer mes del año y el inicio del segundo. Son quizás los más interesantes en cuanto a relaciones sociales, puesto que confluyen en un sitio las más variadas sensaciones, algunas de ellas incluso contradictorias: por un lado, aquellos que vuelven de su descanso, con la piel color bronce y la sonrisa blanca, repitiendo anécdotas por doquier; por el otro, los que están por irse, con los párpados caídos por el largo calendario de trece meses, sin ganas de escuchar alegría ajena. Pero la taba se da vuelta enseguida: los que llegaron acomodan su bronca en los escritorios, mientras que los otros saludan alejándose...

Recién en marzo (o en algunos lugares incluso avanzado abril) el ambiente laboral retornará a su necesario caos. El resto del año verá sucederse a las agitadas aguas, hasta que el ruido de los corchos festivos se convierta en un nuevo presagio de la calma estival.



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