EDITORIAL

La inflación como

flagelo y desafío

Hoy, en el mundo civilizado hay consenso en admitir que la inflación es un mal que debe ser combatido sin contemplaciones, entre otras cosas, porque sus efectos perturbadores afectan en primer lugar a los pobres. En Alemania, por ejemplo, después de la célebre hiperinflación de 1923, la clase dirigente hizo de la lucha contra la inflación un objetivo nacional obsesivo. En Italia y España, donde la inflación en décadas pasadas causó estragos, hoy es controlada estrictamente.

En general, las medidas antiinflacionarias son ortodoxas, entre otras cosas porque no se han descubierto hasta la fecha remedios más efectivos. Las iniciativas de este tipo -como suele ocurrir con los remedios- en más de un caso son desagradables, son inevitables y no hacerlas implica sobrellevar luego desgracias mayores. En nuestro país -por ejemplo- después de las hiperinflaciones de 1989 y 1990, parecía que los argentinos habíamos aprendido la lección. Por más de una década se tomaron las medidas necesarias para luchar contra este flagelo, lo cual revelaba un importante cambio de cultura en la medida que durante años se creyó que la inflación era compatible y hasta funcional respecto del crecimiento. En este sentido, cualquier crítica que se le hiciera era tachada de neoliberal y antipopular.

La tragedia de 1989 fue una gran lección que, a juzgar por lo que hoy ocurre, se ha olvidado o está en vías de olvidarse. Según organismos privados, la Argentina es el país con índices inflacionarios más altos del continente. Si bien las cifras oficiales hablan de un porcentaje del seis por ciento, otros estudios señalan que en estos momentos asciende al veinte por ciento, un dato concordante con los reclamos salariales que realizan los dirigentes sindicales.

Si bien el ministro de Economía y los principales funcionarios del gobierno admiten que la inflación es un problema, de hecho se actúa como si no lo fuera o como si fuera un problema menor. En más de un ocasión, algún dirigente oficialista ha dicho que mucho más grave que la inflación son los costos políticos que hay que pagar para superarla. La opinión no difiere en lo fundamental de la que se sostenía en el pasado, cuando la inflación era considerada una alternativa viable para motorizar el crecimiento.

Lamentablemente, todo hace pensar que hacia el futuro se seguirán implementando medidas orientadas a sostener el boom del consumo, medidas indispensables, según los Kirchner, para asegurar los objetivos reeleccionistas de 2011. Si así fuera, sinceramente no se le puede augurar un futuro promisorio al gobierno ni al país. Mal que le pese al gobierno, la lógica económica impone que se debe bajar el gasto público porque, de no hacerlo, el estallido social sería inminente.

Como lo enseña la experiencia, ni las reservas del Banco Central, ni la presión impositiva ni la obtención de préstamos en el mercado internacional podrían impedir un desenlace de este tipo.