La vuelta al mundo
Laura Chinchilla y la democracia “tica”
Rogelio Alaniz
Se llama Laura Chinchilla Miranda. Desde el domingo es la nueva presidente de Costa Rica y, para los interesados en el tema, la primera mujer en la historia del país que ocupa ese cargo. Tiene cincuenta años y una larga carrera política en el Partido de Liberación Nacional, la agrupación fundada hace casi sesenta años por el mítico José “Pepe” Figueres Ferrer.
Chinchilla fue ministra, legisladora y vicepresidente de la Nación. Honrando la tradición de un partido cuyos dirigentes disponen de un excelente nivel intelectual, es cientista política y sus investigaciones y ensayos han sido publicados en universidades de Centroamérica, Estados Unidos y Europa. Dicen que, además de inteligente, es enérgica y progresista. Si así fuera, ahora tendrá la ocasión de demostrarlo. Por lo pronto, en el discurso que el mismo domingo a la noche pronunció para sus seguidores en el Hotel Crown Plaza admitió que no había recibido un cheque en blanco y que su victoria era también la victoria del presidente Oscar Arias, que se retira del poder luego de tres presidencias, con un altísimo nivel de aceptación social y con el título de Premio Nobel de la Paz bajo el brazo.
Chinchilla se impuso a sus rivales por una diferencia de casi treinta puntos. El izquierdista Ottón Solís del Partido de Acción Ciudadana y el derechista Otto Guevara del Partido Libertario admitieron la derrota y felicitaron a la presidente electa. En Costa Rica, como en Chile y Uruguay, la élite política es democrática en serio y las reglas de cortesía y tolerancia se respetan escrupulosamente. En la Argentina, como se sabe, estos buenos modales se han perdido hace rato y no hay noticias de que en el futuro inmediato se vayan a recuperar.
La oposición política se prepara para ejercer sus roles de control como corresponde a una democracia civilizada. Solís, por su parte, ha anunciado que se retira de la militancia para dar lugar a otros dirigentes que expresen en este tiempo que se inicia los ideales del centro izquierda. Guevara, por el contrario, festejó con sus seguidores el veinte por ciento de votos obtenidos, un porcentaje que le permitió no sólo duplicar su representación parlamentaria, sino consolidar su liderazgo de derecha, una distinción que a los ojos del oficialismo es tan populista como irresponsable.
Hacia el futuro se abre un horizonte con algunos interrogantes serios. Por lo pronto, los grandes desafíos que se abren son dos: la seguridad y el narcotráfico. Por lo menos, éstos han sido los temas que más se han discutido durante la campaña electoral. El traslado del narcotráfico desde Colombia a México ha transformado a Costa Rica en estación de tránsito, una designación algo inocente que no termina de dar cuenta del peligro que representa para la nación la presencia de la mafia de la droga operando en un territorio donde no existen las fuerzas armadas.
Lo que está fuera de discusión es la continuidad del orden democrático, un sistema que se ha mantenido desde 1948 a la fecha. La hazaña institucional es ponderada por historiadores y analistas políticos, sobre todo porque su clase dirigente supo resistir en el contexto de la Guerra Fría las acechanzas de las dictaduras bananeras y de los regímenes totalitarios de izquierda.
En el siglo veinte hubo sólo tres interrupciones institucionales. En 1917, 1919 y 1948. Todas fueren breves y Costa Rica puede jactarse de no haber soportado la presencia de dictadores bananeros al estilo Trujillo, Somoza, Duvalier o Batista. El fundador de la nueva república que hoy exhibe con orgullo su linaje democrático fue José “Pepe” Figueres, un dirigente que supo unir a sus condiciones de caudillo las virtudes de la ilustración y la cultura del trabajo.
Figueres antes de ser político fue el forjador de una unidad económica que de hecho operó como una eficiente y solidaria cooperativa. Prestigiado por su rol empresario, en 1942 habló por la radio y criticó con dureza al presidente Rafael Ángel Calderón. La respuesta desde el poder no se hizo esperar. Una semana después era expulsado del país. Durante dos años se dedicó a hacer política en el destierro. Cuando regresó, en 1944, ya era un líder popular.
En 1948 se alzó en armas contra el fraude perpetrado por el presidente Teodoro Picado. La victoria política y militar de Figueres llevó a la presidencia a Otilio Ulate, pero en la transición se redactaron las leyes fundamentales de la nueva república, entre las que figura la disolución de las fuerzas armadas, consumidas por la corrupción y las conspiraciones políticas.
Figueres fue presidente en dos períodos. Entre 1953 y 1958 y entre 1970 y 1974. Su condición de caudillo, su carisma personal y su indudable prestigio no lo tentaron a perpetuarse en el poder. Tuvo todas las condiciones para transformarse en un dictador “popular”, pero supo eludir esa tentación. Gobernó respetando las leyes, jamás intentó reformar la Constitución para reelegirse y alentó el desarrollo de nuevos dirigentes. No fue Mandela, pero en América Latina fue uno de los grandes dirigentes democráticos y virtuosos. Figueres murió el 8 de junio de 1990. En Costa Rica lo honran como un prócer.
Así como en el continente se escribieron las novelas de los dictadores bananeros, alguna vez habrá que escribir las historias y las novelas de los grandes demócratas que supo dar América Latina. En estos escritos estarán, entre otros, los nombres de Víctor Raúl Haya de la Torre, Rómulo Betancourt y Juan Bosch; escritores, políticos, poetas y, por sobre todas las cosas, demócratas convencidos.
Decía que, en Centroamérica, la constante, durante los años de la Guerra Fría, fueron los golpes de Estado y los regímenes políticos despóticos. La excepción en la región fue Costa Rica. Y lo más sorprendente de todo es que, en una región donde la militarización estaba a la orden del día, este país pudo preservar su sistema democrático sin necesidad de sostener un ejército nacional que, como es de público conocimiento, fue disuelto por “Pepe” Figueres el 1º de diciembre de 1948. Es más, para diversos historiadores, la ausencia de un ejército es lo que explica la salud de las instituciones republicanas.
Fiel a esta tradición política, en los años sesenta, Costa Rica se enfrentó con singular dureza contra Rafael LeónidasTrujillo -el dictador dominicano inmortalizado en una reciente novela de Vargas Llosa- y Fidel Castro, el dictador de Cuba que se mantiene en el poder desde hace más de cincuenta años. En un tiempo en el que por un motivo u otro se ponderaban los regímenes de fuerza, Costa Rica insistió en defender el paradigma democrático. No sólo lo proclamó, también lo hizo.
Costa Rica es, en este sentido, un ejemplo clásico de la relación existente entre calidad institucional y calidad de vida. Según las encuestas internacionales, el país ocupa el tercer puesto en el mundo en preservación del medio ambiente y el sexto en desarrollo sustentable. Su educación, desde hace años, es la mejor y más completa de la la región y algo parecido puede decirse de su sistema de salud. La calidad de sus escuelas, colegios y universidades es ponderada por los funcionarios internacionales. Laura Chinchilla deberá gobernar atendiendo los desafíos del futuro y, al mismo tiempo, honrando esta singular tradición nacional. Por lo que dijo en sus recientes discursos, está claro que se tiene confianza.




