Edición del Miércoles 10 de febrero de 2010

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El Negro Falucho - Edición Impresa - Opinión Opinión

Crónicas de la historia

El Negro Falucho

Rogelio Alaniz

Bartolomé Mitre y Rafael Obligado lo hicieron famoso. Uno, con la crónica; el otro, con la poesía. Yo era chico y un tío me recitaba el poema que hablaba del Negro de San Martín. En la escuela se lo nombraba junto con Cabral y el Tambor de Tacuarí. Eran los pequeños héroes de una gran proeza liberadora. Un niño que sigue tocando el tambor en medio de la metralla y la derrota, un soldado que juega su vida para salvar al padre de la Patria y un negro que se niega a arriar la bandera azul y blanca y es ejecutado por los traidores.

Los relatos se confunden con la leyenda. No se sabe con certeza sobre la existencia de los personajes. No se conoce su pasado y, además, tampoco importa demasiado saberlo. Su gloria se reduce a un momento, a una escena. Después, la leyenda se encarga del resto, una leyenda que adquiere vida propia y que no necesita del rigor de los documentos para legitimarse.

La fantasía popular no reclama pruebas documentales. Le basta con saber que los héroes existieron. Si esa existencia coincide con la realidad, mucho mejor; pero ese requisito no es indispensable. Las leyendas son más eficaces que los documentos. La leyenda del negro Falucho está más divulgada que las rigurosas pruebas documentales que verifican detalle por detalle el movimiento de importación y exportación en el puerto de Buenos Aires durante la época de Rivadavia o de Rosas. Es verdad que la historia no es historia sin esos documentos, pero no es menos cierto que como ciencia, disciplina o conocimiento, la historia puede hacer muchas cosas. En cambio, lo único que no puede impedir es que estos mitos circulen y que para la gente común tengan tanta validez como las pruebas documentales.

De las principales leyendas del siglo XIX, la del negro Falucho es la más controvertida. Los revisionistas la niegan y los revisionistas de la izquierda nacional la niegan enojados. No es para menos. El autor de la leyenda es Bartolomé Mitre, quien la publica por primera vez en el diario Los Debates en 1857 y, luego, en La Nación en 1875. Según Mitre, la noticia llegó a su conocimiento a través de testimonios verbales del general Enrique Martínez y los coroneles Pedro José Díaz, Pedro Luna y Juan Espinosa.

Los revisionistas aseguran que es un invento total. Según ellos, Mitre ha mentido en temas más graves, motivo por el cual no tendría demasiados problemas en mentir en temas menores. El objetivo es claro: prestigiar a Buenos Aires y desprestigiar a los soldados de San Martín. Si a ellos ese objetivo les resulta claro, a mí no. O, por lo menos, no tanto. Invento o no, en el imaginario popular el negro Falucho existe y desde ese punto de vista Mitre ha ganado la batalla, algo imperdonable para quienes siempre se han propuesto confundir a la historia con los mitos o, como dijera Walter Benjamin, estetizar la historia, obsesión que, conviene recordar, el autor alemán les asigna a los nazis.

Pero vamos a los hechos. Por lo menos, a los hechos que tenemos más a mano. Según lo que se sabe, el drama ocurrió el 6 de febrero de 1824. Los soldados de la guarnición de El Callao se rebelaron contra sus jefes. Estaban furiosos porque hacía cinco meses que no les pagaban los sueldos. Encima, se habían enterado de que la semana anterior habían cobrado los jefes y los oficiales. Los protagonistas de la rebelión fueron el regimiento del Río de la Plata, los batallones Quinto y Séptimo de Buenos Aires, los Artilleros de Chile y dos escuadrones de Granaderos. Los jefes eran Francisco Oliva y el mulato Dámaso Moyano. A la condición de mulato de Moyano hay que destacarla, porque alguna vez los amigos de los chismes deberían preguntarse por qué los mulatos siempre han jugado el rol de villanos en historia, una condición que pueden confirmar Túpac Amaru, Bernardo de Monteagudo y el Negro Falucho, entre otros.

Algunos historiadores tratan de disculpar a los traidores. Dicen que a los sueldos atrasados se sumaba el deseo de regresar a la Patria y el rechazo a incorporarse a las tropas de Bolívar. A muchos historiadores les resulta chocante admitir que los lindos granaderos de San Martín hayan sido mercenarios dispuestos a venderse a quien les pagara mejor. A estos escrúpulos se los puede refutar diciendo que nunca conviene idealizar el sentimiento patriótico, mucho menos cuando se trata de hombres de carne y hueso, en muchos casos reclutados por la fuerza y con promesas de pago que después no se cumplían.

Volvamos a El Callao. El mulato Moyano fue quien liberó al coronel español José María Casariego y convenció a sus compañeros de que les convenía pasarse al bando de los españoles porque pagaban mejor. La única exigencia de Casariego era que la bandera argentina fuese arriada del mástil de El Torreón del rey Felipe y en su lugar se levantara la española. La soldadesca estaba eufórica. Subieron a la torre gritando “¡Viva España!” y “¡Viva el rey Fernando!” .

El Negro Falucho era uno de los que en un primer momento se habían sumado a la protesta. Lo que se sabe de él es que era porteño, que probablemente en 1813 había comprado su libertad y que, a partir de ese momento, había usado el nombre de su ex amo, Antonio Ruiz. Los datos de su biografía se confunden con la leyenda. Pudo haber vivido en San Juan y allí haberse sumado al Ejército de los Andes. Pudo haber peleado en Chacabuco. Es posible que San martín lo reconociera por haber tomado una bandera realista en la batalla de Maipú. Más no se sabe. Tampoco es necesario saber más. Como le hubiera gustado decir a Borges, su vida se reduce a una sola jornada, a un momento exclusivo y único.

Cuando sus compañeros decidieron arriar la bandera argentina, él se opuso sin saber que, con esa oposición, perdería la vida pero se ganaría un lugar en la historia. Rafael Obligado lo describe en el momento en que está cuidando la bandera: “En él está de facción/ porque alejarle quisieron/ un negro de los que fueron/ con San Martín de los grandes/ que en la pampa y en los Andes batallaron y vencieron”.

La poesía era indispensable para forjar la leyenda. Obligado era consciente de esa tarea y no escatimó adjetivos y elogios. Falucho estaba en El Callao, pero instantes antes de morir evoca a Buenos Aires y todo lo que para él representa la gran ciudad del Plata. “Piensa en la patria, en la aldea/ donde dejó al hijo amado/ donde su dueña adorada/ lo aguarda triste y llorosa/ en Buenos Aires la hermosa/ que es su pasión de soldado”.

¡Cómo no van a estar enojados los revisionistas! El soldado de San Martín es negro y porteño. No lo pueden acusar de cajetilla, de unitario pituco. Se trata de un hombre del pueblo y, además, de un hombre leal a su pueblo. Con una anécdota así, todos los mitos se vienen abajo. En el revisionismo también existen las señoras gordas que se escandalizan cuando les rozan algunos de sus prejuicios. Falucho era negro y porteño. Además, era leal. Es demasiado. Más cómodo resulta decir que Mitre inventó la leyenda para prestigiar a Buenos Aires.

El desenlace es conocido. La soldadesca subió a la torre y le ordenó arriar la bandera., Falucho se negó. Había peleado durante catorce años contra ese estandarte y ahora no estaba dispuesto a rendirle honores. La soldadesca se burló del negro. Lo acusaron de revolucionario. Es curioso: la palabra revolucionario era usada como un insulto. Falucho les respondió: “Es malo ser revolucionario pero mucho peor es ser traidor”. Acto seguido rompió su fusil contra el mástil. La soldadesca no sabía de gestos heroicos y nobles. Se parecía más a hinchas del fútbol que a soldados de la patria. Falucho fue fusilado sin misericordia. Como no podía ser de otra manera, el poema recoge sus últimas palabras. “ Que viva la patria y no yo”. La frase no es muy diferente de la de “Viva mi patria aunque yo perezca” que Cabral pronunciara en el campo de San Lorenzo.

Como se podrá apreciar, a la hora de tejer leyendas los autores no se esmeran demasiado en ser originales.

De todos modos, el debate sobre la existencia real del Negro Falucho está abierto. Más allá de los monumentos, las calles y las plazas que lo recuerdan, importa saber la verdad, no para contradecir el alma popular, sino para ser leales con la historia. Hay una carta del general William Miller escrita a San Martín en 1830 donde le dice que le manda saludos el negro Falucho, vecino de la ciudad de Lima.

La carta existe y se infiere, por lo tanto, que Falucho no murió en El Callao. Sin embargo no concluye allí el debate. Los partidarios de la existencia de la leyenda aseguran dos cosas: que el sobrenombre Falucho era habitual entre los soldados negros y que, más allá del nombre y del personaje que vive tranquilo en Lima, la sublevación existió y un soldado negro fue fusilado por los traidores.

El Negro Falucho

ilustración lucas cejas



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Miércoles 10 de febrero de 2010
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