Edición del Sábado 27 de febrero de 2010

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Sobre un cuento de Nabokov - Edición Impresa - Artes y Letras

Sobre un cuento de Nabokov

Calificada como “definitiva” acaba de aparecer una nueva edición de los “Cuentos” de Vladimir Nabokov en español (Alfaguara), que incluye tres nuevos relatos. Por lo menos una decena de los cuentos incluidos en el volumen son obras maestras (entre ellos, “Una cuestión de suerte”, “La Veneciana”, “Un cuento de hadas”, “El Elfo Patata”, “Lik”...). En esta nota se plantea y se propone una posible solución para un problema de traducción referido a “Las hermanas Vane”.

Por Enrique M. Butti

“Para mí el “estilo’ es el tema” , escribió Nabokov al referirse a su cuento “Las hermanas Vane”. El cuento pivotea sobre el párrafo final, pero ese párrafo presenta un problema que al parecer los traductores oficiales del cuento al castellano juzgaron insoluble.

Intentemos un resumen del cuento, que está dividido en siete partes. Se abre con el narrador que se encuentra después de varios años con D, quien le comenta que Cynthia ha muerto. Y enseguida el narrador se detiene a contarnos sus “triviales investigaciones”. Para explicar en qué consisten esas “triviales investigaciones” en las que se encuentra enfrascado el narrador, sigue uno de esos desvaríos típicos de Nabokov, desopilantes y, se diría, desquiciados, si no sirvieran meticulosamente a sus fines estético-temáticos, en este caso, radiografiar las manías y la enloquecida lógica del narrador.

En el transcurso de su habitual paseo vespertino por las colinas de la pequeña ciudad que alberga a la universidad femenina donde enseña literatura francesa, el narrador se deja atrapar por la visión de los carámbanos (los trozos de hielo que quedan colgando al helarse el agua que cae de tejados y aleros). Se obsesiona con querer atrapar también las sombras de las gotas de agua que se desprenden de esos congelamientos, lo cual lo lleva a consideraciones sobre ángulos y puntos de vista y medidas.

Y ese día, en su paseo, encuentra a D, que le dice: “Vaya, yo no sabía que Cynthia Vane sufriera del corazón. Mi abogado me dijo que murió la semana pasada”.

Empieza la segunda parte. Retrocedemos al tiempo en que D era todavía joven, casado con una delicada mujer que nunca sospechó la desastrosa relación que su marido había entablado con la “histérica hermana menor” de Cynthia, Sybil, quien a su vez nunca supo de la entrevista que su hermana había tenido con el narrador, en la que le hizo prometer que hablaría con su colega D, amenazándolo con hacerlo expulsar de la universidad si no dejaba de inmediato a Sybil o si, por lo menos, no se divorciaba de su mujer. El narrador cuenta que abordó a D, y éste le contestó que no había de qué preocuparse, ya que había decidido dejar de inmediato la universidad y la ciudad y mudarse con su mujer a Albany.

Al día siguiente de ese encuentro extorsivo, “la víspera del suicidio de Sybil”, el narrador está en el aula, tomando un examen parcial de literatura francesa y se entretiene en observar a su alumna Sybil Vane y en preguntarse si ya D le habría informado su decisión de partir. Sigue uno de esos fenomenales (y cínicos, crueles) retratos que entusiasman a Nabokov: bajo el sombrerito Sybil presenta un carita tallada como un multifacético retrato cubista debido a las marcas del acné, retocada con un achicharrado bronceado de lámpara solar y con un maquillaje exagerado que sólo deja asomar la belleza en sus pálidas encías y en el azul tinta lavada de sus ojos.

Al corregir más tarde esas pruebas en los feos cuadernos de sus alumnas, el narrador despliega ironías sobre el examen de Sybil. Pero al final la chica, en un mal francés, anuncia su suicidio. El narrador llama de inmediato a la hermana, quien le anuncia que ya es tarde, que desde las 8 de la mañana ya nada puede remediarse, pero que quisiera de todos modos ver el escrito. El narrador se lo lleva y ella lo estudia con lágrimas de orgullosa admiración frente a tal caprichosa utilización de un examen de literatura francesa.

En la tercera parte el narrador nos cuenta que durante varios meses frecuentó a Cynthia después de la muerte de su hermana. A los 32 años ella había decidido mudarse a Nueva York, a un inhóspito estudio de pintora, mientras él también pasaba sus vacaciones en la gran ciudad.

Sigue un retrato de Cynthia, desde luego demoledor (poros desorbitados como peces boqueando en un acuario; los dientes delanteros manchados siempre de lápiz labial; bajo las medias de nylon estrías de largos pelos negros, “y cuando se movía, más allá de las cremas y perfumes, exhumaba las abrumadoras y depresivas emanaciones de un cuerpo poco afecto al baño”). A pesar de tales pormenores, el narrador admite que esta mujer es capaz de cautivar a otros hombres; de hecho, le computa tres amantes: un joven fotógrafo y dos maduros hermanos imprenteros. Y para completar el retrato, al bromear sobre los ancestros de Cynthia, aparece la primera explícita mención a sus aficiones ocultistas.

En la cuarta parte entramos de lleno en materia ultraterrena. Se nos cuenta que Cynthia sentía que en el Más Allá su hermana no estaba muy satisfecha con ella. Como una forma de excéntrica expiación se empecina en enviar anónimamente a D, el profesor ex amante de su hermana, fotos de la tumba de Sybil, mechones de sus propios cabellos (idénticos a los de la muerta); bichos disecados; un mapa con una cruz señalando el motel donde un día la pareja había encontrado refugio.

Cynthia creía que el espíritu de los muertos aletea sobre los vivos y dirige sus destinos. Cualquier cosa que le ocurría -no importaba si crucial o intrascendente- se prestaba a interpretaciones sobre cuál fallecido había intervenido y sobre la simpatía o malignidad con que había actuado.

Sigue una desopilante descripción de un amigo de Cynthia, un bibliotecario dedicado a estudiar en las erratas de los viejos libros mensajes del más allá. Y aquí el narrador nos dice que ojalá pudiera recordar aquella novela o relato en donde, sin que el autor se hubiese percatado, “las primeras letras de las palabras del último párrafo” componían, según Cynthia había descifrado, un mensaje de su madre muerta.

En la quinta parte se describen algunos particulares relacionados con las sesiones espiritistas a las que se deja arrastrar el narrador, montadas por Cynthia y los dos hermanos imprenteros. Los crujidos y temblores de la liviana mesita les traen a Oscar Wilde, Leon Tolstoi y otros enérgicos espíritus.

Un gracioso malentendido termina con la amistad del narrador y Cynthia, y dejan de verse para siempre.

Ahora comienza el sexto apartado y volvemos al presente, a la noche en que el narrador se entera de que Cynthia ha muerto. Está nervioso y no puede dormir. Se obsesiona con la idea de que la finada se le hará presente. Busca en las primeras letras de cada verso de los sonetos de Shakespeare posibles mensajes ultraterrenos. Se mira en torno, expectante, con el terror de que una botellita o cualquier otro objeto pegue un respingo, o que en el silencio irrumpa un mínimo ruido desconocido. Cuando está por dormirse una estrujada hoja de papel parece abrirse como una testaruda flor de noche. “Típico de Cynthia organizar ese show barato de poltergeist”, anota.

Insomne, decide enfrentar a Cynthia, y se le ocurre que la mejor manera es computar todas las burdas apariciones de fantasmas de la era moderna, empezando por las misteriosas llamadas a las puertas en la aldea de Hydesville, Nueva York, en 1848, pasando por los castañeteos anatómicos (con los huesos del tobillo, por ejemplo) de las hermanas Fox y por el señor Duncan, marido de una médium, que se excusó ante el requerimiento de ser registrado pretextando que tenía los calzoncillos sucios...

El séptimo y último apartado nos cuenta que con el amanecer llega finalmente la paz para el narrador. Oye a los pajaritos cantar y se burla considerando que si se registraran esos sonidos y después se los pasara al revés quizás se escuchara un discurso humano, así como se oyen gorjeos cuando se escuchan al revés las grabaciones de las voces humanas.

Y entonces el narrador escribe su párrafo final, que en una traducción literal reza algo así:

“Fue muy poco lo que pude conscientemente aislar. Todo resultaba empañado, amarillento, sin ofrecer nada tangible. Sus inútiles acrósticos, sus afectadas evasivas, sus teopatías -todos los recuerdos componían una fluctuación de misterioso significado. Todo resultaba de un amarillento empañado, ilusorio, perdido”.

Pero veamos el original en inglés:

“I could isolate, consciously, little. Everything seemed blurred, yellow-clouded, yielding nothing tangible. Her inept acrostics, maudlin evasions, theopathies -every recollection formed ripples of mysterious meaning. Everything seemed yellowly blurred, illusive, lost’.

Ahora bien, ya estamos avisados. En el final de la cuarta parte, el narrador trataba de acordarse del título de una novela o relato en el que Cynthia había descifrado un mensaje de su madre fallecida. Lo había logrado uniendo las primeras letras de las palabras del último párrafo.

Hagámoslo nosotros también con las primeras letras del párrafo transcripto, y resulta:

ICICLESBYCYNTHIAMETERFROMMESYBIL

que da: ICICLES BY CYNTHIA METER FROM ME SYBIL

que podemos traducir como: “Cynthia te envía carámbanos; yo, Sybil, metro’.

En suma, un mensaje de las hermanas Vane aludiendo al obsesivo interés por las escarchas y los cálculos de brillos y sombras que el narrador ha manifestado desde la primera página del relato. Precisamente en el momento en el cual el narrador, tras una noche de zozobra, decide descreer y burlarse de las teorías espiritistas de Cynthia, en ese preciso momento está demostrando inconscientemente (o se le está demostrando ultraterrenamente) lo contrario. Ese último párrafo, con su acróstico, es la vuelta de tuerca sorpresiva y contundente a la que tendían todas las fuerzas dinámicas del cuento. (Nabokov dijo de este cuento: “En este relato se juega con la ignorancia del narrador, quien permanece absolutamente inconsciente de la trampa que le juegan las dos hermanas muertas, que utilizan sus nombres en forma de acróstico en el último párrafo para asegurar su misteriosa participación en la historia. La posibilidad misma de intentar este juego o trampa narrativa sólo se presenta en raras ocasiones dentro de la larga historia de la ficción. Que la operación se haya resuelto con éxito es otra cuestión muy distinta”).

Sin la capacidad ni la paciencia adecuada (la que podría desplegar cualquier traductor aficionado a crucigramas y juegos de palabras) aquí ensayo una posible versión libre de este último párrafo, simplemente para insinuar que realmente hay posibilidades de mantener en la traducción lo esencial del acróstico, que es de hecho lo esencial del párrafo y de todo el cuento. Sería algo así:

“Codicilo: yo no tasé huellas inmateriales al trajinar escrupulosamente despierto. Acaso columbrar acrósticos resolvería ásperos misterios. Bajo amarillas nubosidades obturábanse sus yermos y ociosos secretos. Yo busqué inútilmente las maravillas. Encontré desilusionado incordios de artificiosos sortilegios”.

Que da este mensaje:

CYNTHIATEDACARÁMBANOSYYOSYBILMEDIDAS

o sea:

CYNTHIA TE DA CARÁMBANOS Y YO SYBIL MEDIDAS

Este cuento de Nabokov es una puesta en acto de aquella aseveración (“Para mí el estilo es el tema”) obvia, vieja como el arte, y sin embargo estudiada, desmenuzada o simplemente ignorada hasta el olvido; en “Las hermanas Vane” es la forma del texto la que nos dará la clave para resolver la anécdota, una clave que nos otorga el propio protagonista-narrador con inconsciente liviandad (con estulticia, con idiota ceguera, podría indicar Nabokov).

Y el cuento pone en acto también un fatal dualismo, que decide a la vez la grandeza y la inepcia de la escritura; su palmaria capacidad de expresión (para manifestar al inconsciente, si es que nos resistimos a aceptar que el acróstico en cuestión es una manifestación del Más Allá) y su incapacidad para comunicar lo transcendental incluso al propio autor del texto.

Nabokov hubiera querido inscribirse en el limbo de los clásicos. Pero, justamente debido a su postura de sospecha y rebelión contra las afirmaciones política y artísticamente correctas de su tiempo, las pesadas nubes de la historia invaden y se exponen en las páginas de este noble exiliado con fuerza vedadas a las fervorosas páginas de cualquier escritor “comprometido”. En el mundo espantoso de su siglo, que se continúa en el nuestro, sus temas (su estilo) estuvieron teñidos de recelo, estupor, desprecio y cinismo. Quizá, precisamente, porque su ambición artística era dulce, lírica, diáfana e idílica.

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Imágenes de los primeros tiempos de la fotografía, con supuestos registros de espíritus, ectoplasmas y fenómenos paranormales. Foto: Archivo El Litoral

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