Andrés no quiere dormir la siesta

Los efectos del silencio

Los efectos del silencio

La mirada de un niño es la base para reflexionar sobre un momento doloroso y oscuro de la historia reciente. Junto a las excelentes interpretaciones de actores consagrados como Aleandro y Tenutta, surgen buenos actores jóvenes, entre ellos, el pequeño protagonista, Conrado Valenzuela, con sus ojos cargados de inolvidable expresividad.

Foto: Agencia Télam

 

Rosa Gronda

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En una atmósfera nostálgica y por momentos claustrofóbica, la película nos introduce en una Santa Fe de los años setenta, vista desde la nostálgica perspectiva del recuerdo. En espacios que no van más allá de la vereda, la escuela o el campito de juego, la historia transcurre en los reconocibles “años de plomo” de esa época, más sugeridos que mostrados. Los indicios externos son un dato en voz baja, una mirada temerosa, un portón vigilado, personajes armados, ajenos al barrio, que actúan por las noches.

Paralelamente, Andrés vive con su madre separada y un hermano adolescente, mientras sus días transcurren acorde a los de un chico de su edad. La inesperada muerte del sostén familiar lo lleva a mudarse a la casa de su abuela Olga, sumisa y protectora. Allí convivirá con su padre violento y distante, mientras que sus progresivos descubrimientos y preguntas no encontrarán eco.

A la película de Bustamante le interesa registrar esa interacción de dos mundos opuestos: la frescura ambivalente de la infancia y el costado siniestro de una época. Dos extremos que sin embargo están muy cerca, porque en la rutina del barrio funciona un centro clandestino de detención, de cuya existencia nadie habla. En ese marco, mientras todos conviven con esa información convertida en un secreto conocido y negado, se construye la metáfora más fuerte de la película, la de la negación de todo el cuerpo social.

Miradas y opuestos

“Andrés no quiere dormir la siesta” habla sobre miradas (abundan planos en ese sentido) y también sobre su opuesto: la ceguera de lo que no se quiere ver ni mencionar a pesar de su evidencia, como esa mancha de sangre lavada con una manguera en la rutinaria limpieza de la vereda. La misma mancha que el niño advierte, a pesar de que su abuela le ha dicho que un violento episodio apenas registrado desde su ventana fue una pesadilla.

Toda la película constituye un ensayo sobre la negación de la realidad, sus causas y consecuencias, allí está puesto el peso de la reflexión. El film trabaja sugerentemente el fuera de campo para lo que se presiente horroroso y apenas se muestra como en la impactante escena del hospital, que parece pertenecer a una película de terror.

Interesante y provocadora, la película pudo haber sido mucho más, si no se dilatara tanto hasta reiterarse discursivamente en lo que ya había sido dicho por actitudes y gestos.

Manteniendo la mirada de Andrés por encima de cualquier otra, el relato no tiene siempre el mismo ritmo, es irregular, con momentos notables y otros simplemente buenos. Lo mejor está en la reconstrucción de una época donde no hay celulares ni computadoras pero las incansables manos infantiles pulsan botones para armar figuras con piezas de distintos colores adentro del líquido encerrado en una cápsula.

Vuelos y caídas

Las pérdidas, descubrimientos y transformaciones del protagonista tienen su eco en el cuaderno escolar, un acertado leit-motiv que da unidad estética a la estructura de la película desde el mismo afiche, construido con caligrafia infantil. Unidad visual, muy trabajada cromáticamente donde predominan los sepias y pasteles agrisados. Los créditos se van deslizando, como pasando las hojas de un cuaderno escolar, hasta el mismo cierre donde se instala un expresivo manchón sobre dibujos y palabras.

La historia conmueve, sorprende y deja mucho que pensar. Entre sus trazos sutiles y gruesos encontramos variantes que nos hacen deglutible la amargura: momentos de poesía en pequeños detalles como las burbujas gigantes, las bolitas de cristal o la decisión de liberar al más débil en la ficción del juego infantil de policías y ladrones.

Son acertados y disfrutables los breves toques de humor en la clase de música, los juegos infantiles y familiares, como la improvisada coreografía entre Andrés y su madre, cantando en la cocina. Con un comienzo y una primera parte muy sólidos, algo que se recupera en el cierre, donde los últimos minutos del film tal vez sean los más interesantes, porque llevan implícitos la inducción sobre el futuro de Andrés.

Una película dolorosa y necesaria como un cauterio. Sin catarsis como para contener tanta violencia y emoción reprimidas, donde la reflexión deja un nudo en la garganta y queda pesando como una piedra hirviente sobre el corazón.

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BUENA

“Andrés no quiere dormir la siesta”

Origen: Argentina, 2010. Intérpretes: Norma Aleandro, Conrado Valenzuela, Fabio Aste, Marcelo Melingo, Celina Font y Juan Manuel Tenuta. Director y guión: Daniel Bustamante. Director de fotografía: Sebastián Gallo. Montaje: Raúl Menéndez. Música: Federico Salcedo. Duración: 103 minutos. Se exhibe en el cine América.