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Anorexia

Luis Guillermo Blanco

Sin olvidar sus relaciones con la bulimia (El Litoral, 20/2/10), cabe decir que la anorexia es una enfermedad psicosomática grave y potencialmente mortal, esencialmente propia de la adolescencia femenina (lo común es que se desencadene entre los 9 y 15 años), caracterizada por el rechazo a conservar un peso corporal normal (se toma por gordura lo que no es esquelético) y a mantener un vacío interior (un vacío de deseo) mediante hábitos de desnutrición, y aun el uso de diuréticos y laxantes. Ejerciendo la afectada una voluntad férrea para controlar y eliminar a ese impulso vital primario que es comer.

No se trata de un mal nuevo ni es producto (sin perjuicio de su incidencia) de los modelos estéticos de estas últimas décadas (cuerpos flacos), pues, más allá de casos considerados como anoréxicos que datan del siglo IV en adelante, la primera semblanza médica de la anorexia fue dada por Richard Morton en 1689, siendo descripta impecablemente por Charles Làsague en 1873 sin aludir al afán de estar delgada como un rasgo suyo, siendo obvio que a tal fecha nadie iba a argüir deseos de adecuarse a alguna inexistente moda de delgadez para intentar justificar la restricción alimentaria. Por eso puede afirmarse que la raíz más profunda de la anorexia radica en un mandato inconsciente de no comer, que impide la ingesta.

Inapetencia patológica debida a factores psíquicos que, a más de importar un problema de identidad, simboliza una tendencia suicida: el deseo autoagresivo de eliminarse de un mundo que no admite, resultante de las carencias afectivas propias de su familia de origen. Por lo común, estas familias son al mismo tiempo sobreprotectoras (lo cual retarda el desarrollo y reduce la autonomía de la joven) y carecientes, tienen expectativas personales muy altas, gran necesidad de aprobación externa (éxito y apariencias) y falta de respuesta a las necesidades internas, negándose (sin desearlo intencionalmente) a asumir la entrada de los hijos en la adolescencia. Sus madres, sofocantes y desvalorizadoras, tienen dificultades para ser soporte adecuado, generando una sensación de vacío afectivo, de frustración, que luego se transforma en vacío corporal. La rigidez de estas familias les impide enfrentar pérdidas o articular alternativas para enfrentar situaciones nuevas. De allí que la autonomía de una hija puede hacer sentir muy amenazada a una familia de este tipo: una hija enferma será un aglutinante para los otros miembros, que podrán permanecer juntos debido a ello.

Y así como la anoréxica “come nada” (frase que refleja que ella está constantemente a la sombra de la muerte), su familia suele “hacer nada”: niega la existencia del conflicto y de la enfermedad, y los padres definen a la hija enferma como el único problema que tienen, y así la anorexia sirve para disimular o emparchar alguna interrelación familiar tensa que amenaza con romperse, empleando a la anoréxica como agente desviador de los conflictos conyugales, con el fin de querer creer que en el matrimonio todo está bien, y que si hay algún problema entre ellos es por la enfermedad de la hija y no a la inversa. Por supuesto, muy difícilmente esas familias harán algo para estimular la iniciativa, la independencia y la autonomía de la anoréxica. Pagarán tratamientos, sí. Pero “hacer cualquier cosa” por alguien no es forzosamente lo mismo que comprenderlo y/o amarlo.

Las jóvenes son inicialmente hijas-modelo, dóciles y colaboradoras, que se acomodan a los deseos paternos hasta el momento en que aparece la autocrítica. Y al sentir amenazada su autoestima y su control sobre su mundo, una preocupación intensa sobre su cuerpo les permite fantasear que podrán controlar todo lo negativo que perciben en su medio controlando su cuerpo y su peso, haciendo de la abstinencia, la anulación y el autocastigo expiatorio (culpa de ser mujer) la mayor de sus “virtudes”, siendo que la necesidad compulsiva de perder peso aparece cubriendo un profundo temor al rechazo, intentando extinguir “felizmente” su vida sin presentar angustias (salvo a engordar), llenas de rituales extraños y sufriendo en su cuerpo (biológico y psicosocial), dolencias mediante (amenorrea, úlcera gastrodudenal, etc.), el despliegue de sus necesidades, sus deseos y sus condenas, buscando la soledad y el encierro y sintiéndose incompetentes para llevar una vida autónoma. En todo caso, surge la pérdida del apetito sexual. La mujer fue abolida y su cuerpo descarnado excluye al deseo de Otro. De allí, el afán de ascetismo que las caracteriza, cual suerte de ideal de pureza y espiritualidad que importa un escape de la propia sexualidad. El fin es una supuesta castidad y, más precisamente, lograr una condición asexuada. Siendo claro que, bajo tamaño ideal de ascetismo (ilusorio y delirante), la anoréxica no se considere enferma y no vaya a consulta por su propia iniciativa.

Construir una imagen realista de su cuerpo, aceptándolo e incorporando, tratamiento interdisciplinario mediante (médico, nutricional y psicoterapéutico), su feminidad, su sexualidad y sus deseos, adquiriendo identidad propia, autoestima y autonomía, es su reconciliación y su salida de esta enfermedad aniquilante.

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“Anorexia V”, de Liliana Cubile.



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