Al margen de la crónica

Que las hay...

La joven está desolada. En menos de un año, perdió su trabajo -aunque busca, no encuentra otro- y como colofón, descubrió que su marido tiene una noviecita; en medio de los problemas económicos, la crianza de sus chiquitos se hace difícil. Una amiga le aconseja ir a un sicólogo pero, aunque usa como excusa lo caro de las sesiones, en el fondo, no cree que la terapia resuelva sus cuestiones. “Entonces andá con una bruja”, es la segunda sugerencia de la consejera. “Seguro alguien te ha hecho un daño”, y le explica que ella cree en eso porque hay gente mala que le tiene envidia y que seguramente ha recurrido a algún gualicho para perjudicarla. Aunque duda de que tenga algo que alguien pueda envidiar, se deja llevar y empieza la búsqueda del “curandero” apropiado. Largo es el camino de la magia y sinuoso el del esoterismo; y tan variados como caros.

La primera experiencia la tiene con una mujer que, detrás de enormes lentes de sol, lee las líneas de la mano. Después de preguntarle por qué está ahí, le augura una larga y feliz vida, no sin antes atravesar algunas dificultades que arrancaron hace poco, pero que terminarán en corto plazo. Le advierte que una compañera de trabajo de su marido es quién quiere perjudicarla, la describe joven, alta, morocha y de ojos grandes y asegura que, aunque planeó el “daño”, quien lo hizo no era muy idóneo y no es lo suficientemente fuerte para que sea exitoso. No conforme con el diagnóstico y dudosa del pronóstico, abona la tarifa convenida (“es para que pueda comprar los libros con los que perfecciono mi don”) y visita a otra recomendada, que predice a través del Tarot. La pitonisa acomoda unas cartas grandes con figuras extrañas sobre una mesa cubierta por un mantel. Hay poca luz en el lugar y siente un cosquilleo al pensar en dónde se habrá metido mientras escucha vaguedades de su pasado, de su carácter fuerte y de la suerte que va a tener pasado un tiempo. Que sus hijos son sanos e inteligentes y que el trabajo que iba a conseguir sería excelente. Sobre la novia de su marido, la carta le indicaba que era “una mujer rubia, mayor que él y que iba a un club o a un gimnasio; la conoció en un lugar donde se hacen actividades físicas, pero no es nada serio”, aseguró. Saber que la “señorita” no era morocha sino rubia y que debía confiar en su nuevo trabajo, le costó $200.

La tercera consulta fue telefónica y “a resultado” ya que, esta vez un señor, le dijo que no cobraba por sus “servicios” pero aceptaba algún presente si acertaba con las profecías. Se enteró que lo que debía preocuparla era su salud; algo que no “era malo” la iba a tener angustiada hasta que los médicos la tranquilizaran. Le “recetó” una cruz con sal en la puerta de su casa con un chorro de aceite en el centro. Sonrió; con aceto y tomates, comía ese antídoto cada día.

Más agotada que antes de contactar a los discípulos de Nostradamus, concluyó que, si bien su actualidad no era alentadora, podría empeorar si continuaba adentrándose en esa maraña de profetas. No demoró demasiado en darse cuenta de que había gastado el equivalente a una semana de supermercado para descubrir que los problemas y las soluciones están en cada uno. Es cuestión de analizar la manera menos cruenta de enfrentarlos y vivir el presente que es lo único seguro. Al futuro, además de vida, sólo hay que tener paciencia para esperarlo.