Lo que somos, mirando lo que fuimos

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Laura Pariani.

Foto: Archivo El Litoral

Por Patricia Severín

“Dios no quiere a los niños”, de Laura Pariani. Traducción de Patricia Orts. Editorial Pre-Textos, Valencia, España, 2008.

Esta extensa novela de la italiana Laura Pariani es para leerla con lentitud. Por varios motivos. El primero de ellos es que, la autora, desentraña el meollo de la Argentina que hoy somos; y esto sorprende, página a página. ¿Cómo logra, una italiana, “mostrar-nos-lo” desde el pasado, mejor que cualquier argentino? Con el basamento de la narración meticulosa, documentada y objetiva, Pariani, a partir del desembarco de la inmigración, su llegada y consecuencias, puede ver más allá.

Otro motivo para detenernos en cada página, es el modo de contar la historia; realista, por momentos naturalista, cruda y vigorosa, muestra la marginalidad, la miseria, y la matanza de niños a mano de otro niño.

Otro motivo es la detallada actuación de Ognissanti, el niño asesino, del cual describe, en profundidad y con destreza, la dimensión de la psicopatía.

Asombra, el fresco que la autora consigue describir, a partir de la exhaustiva investigación, no sólo de los asesinatos, sino también de los pormenores dolorosos y humillantes de la vida de los italianos, en las márgenes de la gran urbe.

La historia transcurre alrededor del 1900 cuando las distintas camadas llegaban por oleadas, unas detrás de otras, con la ilusión de la Mérica, a poblar los conventillos de Buenos Aires. Sus sueños quedaban reducidos al hacinamiento y la degradación de esa vida miserable, doblemente miserable para mujeres y niños, receptores de la violencia física de los hombres. Hombres que, en general, dejaban sus primeras mujeres en Italia y formaban aquí nuevas familias. Las mujeres se refugiaban en los santos o en el mutismo, entre las paredes mugrientas de la pensión. Eran pocas las veces que compartían sus pesares su dolor- con otras mujeres, sufrientes como ellas. Es en este marco, donde las ideas libertarias de los anarquistas, arraigaban y se desenvolvían en sucesivas huelgas y persecuciones, donde Pariani, despliega la recreación de la historia del matador de niños, el “petiso orejudo”.

Ognissanti es vástago de una de esas familias recargadas de hijos que se criaban como podían, solos y castigados, en los tugurios detrás del matadero, escuchando historias imposibles e ilusorias, de montañas, bosques y poblados que jamás verían. Ognissanti Goletti, “el petiso orejudo”, quizá sea en definitiva, una brutal historia, para mostrar otras feroces historias cotidianas.

Este personaje aterrador se engloba en los nuevos conceptos sobre la psicopatía que estudia el Dr. Hugo Marietan (especialista argentino en el tema); la brutalidad de los asesinatos, la saña y goce con que se cometieron, nos marcan a un sujeto diferente del resto. La autora cita al final del libro, una entrevista que le realizan, al asesino ya preso, dos célebres psiquiatras, tratando de comprender el porqué de tanto daño:

“—¿Se considera un muchacho desgraciado o feliz?/ —Feliz./ —¿No siente remordimiento por lo que ha hecho?/ —No entiendo la pregunta/ —¿No sabe qué es el remordimiento?/ —No./ —¿No siente lástima por la muerte de esos chicos?/ —No./ —¿Se cree tal vez con derecho a matar chicos?/ —No soy el único que los mata, muchos lo hacen./ —¿Dónde preferiría expiar la pena: aquí en el Hospicio de las Mercedes o en la cárcel?/ —En la cárcel/ —¿Por qué?/ —Porque acá están todos locos, y yo no estoy loco”.

Este diálogo ratificaría la teoría del Dr. Marietan de que los psicópatas no son enfermos, sino seres totalmente conscientes de los actos que ejecutan para conseguir sus objetivos, cualquiera sean éstos. Una subespecie dentro de la especie.

Son muchos los pasajes del texto en donde nos parece estar frente a la Argentina de hoy; sólo para ejemplo: “De los diarios de la capital, 1º de noviembre de 1912. Ayer concluyó por suerte la revuelta de las lavanderas, aunque al final estuvo marcado por una serie de desagradables acontecimientos. Así es, un grupo de mujeres de tendencia anarquista intentó provocar ulteriores desórdenes en el lavadero de San Cristóbal. Una cincuentena de ellas, acompañadas por numerosos niños del barrio, se detuvieron delante de dicho lavadero y una abordó a las mujeres y a las jóvenes que en ese momento estaban enfrascadas en su trabajo acompañando sus gritos con el lanzamiento de piedras y huesos de frutas, y después de haber arrancado parte del adoquinado. De toda la crónica de los desórdenes que han azotado en los últimos tiempos esta ciudad, ésta es, sin lugar a dudas la más repugnante. La arrogante avansadilla llegó a rozar los fusiles de los guardias armados y bloqueó desafiante las vías de acceso a los policías a caballo”.

Pariani desarrolla una prosa detallista, minuciosa, cuidada e impecable, en todos sus aspectos. Con precisa documentación, arma un fresco del submundo de la inmigración, en las barriadas marginales de Buenos Aires.

Su modo de narrar en breves fragmentos, ocupados por diferentes personajes, sus lugares y profesiones, nos da un amplio marco referencial de la época, en donde las acciones transcurren entrelazadas. Asimismo introduce, en algunos capítulos, canciones, noticias de diarios, de la policía, etc, para mostrar desde otros ángulos, lo que se narra.

Un libro “río”, caudaloso y potente, en donde se llega al conocimiento de lo que somos, mirando lo que fuimos.

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