La Iglesia Católica ante nuevas realidades
La Iglesia Católica enfrenta una dura realidad. Su imagen viene siendo profundamente horadada por la llamativa cantidad de denuncias sobre sacerdotes abusadores de menores de edad, en lugares tan disímiles como Estados Unidos, Europa y también en Latinoamérica.
Aquello que durante tanto tiempo permaneció oculto es hoy una situación insoslayable que pone a la institución ante la responsabilidad histórica de reconstituir los lazos de confianza con millones de creyentes atónitos por la sucesión de acontecimientos.
El desafío no es menor, como tampoco lo fue el dolor causado a las víctimas. Ya sea por convicción o presionado por las circunstancias, el Papa Benedicto XVI se ha mostrado dispuesto a enfrentar la problemática. Lo que hasta hace poco eran tibias explicaciones de la cúpula eclesial, en los últimos tiempos se transformaron en un abierto pedido de disculpas y en un llamado universal para que los presuntos casos de abuso y pederastia en la Iglesia sean denunciados ante la Justicia de los hombres.
En Rosario, el arzobispo José Luis Mollaghan acaba de anunciar la creación de una comisión especial que trabajará en la prevención de abusos y también en el acompañamiento de las víctimas. El dato es significativo, ya que se trata de una medida inédita en el país que se produce poco después de que fueran denunciados casos de abusos en la parroquia Nuestra Señora de Pompeya, ubicada en la zona oeste de la ciudad.
Ante medios de comunicación rosarinos, Mollaghan admitió que éste no es el único caso de abuso denunciado en la arquidiócesis e insistió en que, antes de hacerlos públicos, la Iglesia debe actuar con suma prudencia para investigar lo ocurrido y no lastimar injustamente a quien no sea culpable.
Pero el desafío de la Iglesia no será sólo puertas afuera. En realidad, las mayores transformaciones deberán producirse dentro de la misma institución. De hecho, existen sectores integrados, sobre todo, por sacerdotes jóvenes, que plantean la necesidad de que la Iglesia adapte su cultura interna a los desafíos de la modernidad.
En primer lugar, será necesario evaluar profundamente el modelo de formación sacerdotal. Es muy probable que, con un correcto acompañamiento y adecuado análisis de los seminaristas, este tipo de desviaciones pueda ser detectado a tiempo.
Pero eso no es todo. Frente a problemáticas como las actuales, la Iglesia debería reaccionar con una celeridad y efectividad para lo que no parece estar correctamente preparada. La sociedad contemporánea está informada y exige respuestas rápidas que superan la capacidad de reacción de una institución cuyos códigos suelen estar atados a decantaciones propias de un tiempo lento y socialmente “tabicado”.
En definitiva, y sin olvidar el acompañamiento y la reparación a tantas víctimas, las actuales circunstancias bien pueden ser tomadas como un punto de inflexión para la Iglesia Católica. Los próximos años develarán si sus máximos responsables supieron leer correctamente, y a tiempo, la nueva realidad.




