Tristeza

José María Chartier

DNI. 6.191.112. Ciudad.

Señores directores: La tristeza nace del escaso conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de nuestra existencia. Porque, si conociéramos en plenitud nuestro ser, la tristeza no existiría y terminaría siendo un invento a la poca firmeza en nuestro tránsito por la vida real. Si supiéramos caminar el camino de nuestra confrontación, la tristeza sería un pasaporte a la mezquindad de nuestro espíritu. Si nos amáramos los unos a los otros, la tristeza sería inexistente.

El amor combate cualquier eventualidad de la vida. El triste sueña, porque no aprendió a mirar el porqué y el cuánto de la trayectoria hacia una buena armonía que debe existir entre el refugio y el desvelo que la vida nos acarrea en nuestro trajinar. Al estar despierto, admiro la belleza en todo su contorno de verdadera realidad, junto a su sabiduría, que el Señor nos va regalando.

El mezquino va cometiendo errores, que luego su conciencia le va a reclamar, sobre actitudes que no supo apreciar ni valorar en sus semejantes; porque la tristeza es un error en nuestro proceder. Si no quieres tener tristeza, ámate a ti mismo y así querrás a todos por igual.

Disfrazados sin carnaval

Dr. Alberto Niel

Señores directores: Los soldados en campaña buscan disimular su presencia en el paisaje imitando a los animales (de los que hay tanto que aprender) utilizando el mimetismo, tratando de parecerse al ambiente circundante para que los confundan con él y hacer pasar inadvertida su presencia, que de otro modo sería un blanco visible. Con este objeto se visten con un ropaje opaco verdoso poblado de dibujos y de pinturas que imitan al follaje. A esa conducta la llaman “camouflage”, con vestiduras que sólo se usan en tales eventos.

Como ya es mi costumbre habitual, aprovecho las mañanas apacibles y soleadas para sentarme frente a una mesa de un café de la peatonal a ver desfilar a la muchedumbre transeúnte, abigarrada y preocupada, que por allí transita. En ella encontré a menudo individuos disfrazados con trajes militares de camouflage. Grande fue mi sorpresa cuando me encontré con que no lo eran, que tales atuendos lucían en las vidrieras y que eran muy solicitados y se vendían a buen precio, pese a no ser ni elegantes ni bonitos ni agradables, por lo menos para mí. Pensando, descubrí que la causa residía en una presunta originalidad, en llamar la atención y “épater le bourgeois”, como dicen los franceses (“espantar a los burgueses”), género en el que supongo me incluirán por escribir estas cosas. Nunca comprenderé cómo algo pueda utilizarse justamente al revés de los fines que originaran su creación. Es como querer ofrecer a alguien una daga o medicarlo con cianuro.