Los últimos laosianos II
ALEJANDRINA ARGÜELLES
*Las dos jóvenes habían decidido no vivir más en la opresión que sentían en su país natal, Laos. Como a las tres de la tarde se escondieron en un cementerio hasta el anochecer, se acercaron al río y se largaron abrazadas a un tronco de banano, tratando de dejar sólo la nariz fuera del agua. A su alrededor picaban las balas, cada vez más tupidamente porque desde la mitad del río Mekong, ya era territorio vecino. Los reflectores barrían la superficie del río. “Separémonos -se dijeron- así por lo menos una de nosotras llega viva”. Pero no lo hicieron. Cesaron las balas, tal vez ya habían pasado la frontera, pero estaban solas y agotadas y faltaba mucho por nadar. “No puedo seguir más -dijo una- tengo calambres, dejame. No puedo llegar”. La otra orilla parecía alejarse, con su ilusión de una nueva vida. Som tomó a su prima fuertemente de los cabellos y con las últimas fuerzas llegó a la ansiada ribera de Tailandia.
Tenían 18 años y creían que habían llegado también al final de sus tribulaciones.
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Así comenzaba una entrevista que realicé en el lejano 1995, para una serie de notas que publicaba por entonces en este diario, referidas a los numerosos y diferentes grupos inmigratorios que vienen conformando parte de nuestra idiosincrasia santafesina. En tantos años como los que pasé en la redacción de El Litoral, la verdad es que muchos rostros y temas que hemos abordado, se van mezclando, borrándose para dejar paso a otros. Pero éste fue uno de los que quedaron en el libro de mi memoria.
Muchas veces me he preguntado ¿qué habrá sido de los Inthavong, de aquella historia tan particular? Y hoy leo con satisfacción (en un ejemplar de la revista Nosotros y en El Litoral) que esa historia ha sido rescatada del olvido en un libro, suponemos que ampliada y mejorada. Digo rescatada del olvido porque los libros se guardan hasta que alguien completa el circuito de la comunicación y lo lee. En cambio las notas en diarios y revistas, ya no se guardan ni para envolver papas, porque hay bolsitas de plástico. Salvo para algunos ratones guardapapeles, que los hay aún.
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Si hoy traigo este tema no es para decir vanamente que yo conocía la historia, sino porque se me presentan de repente el ayer y el hoy tan cercanos y tan lejanos a la vez el uno del otro, y algo muy especial de aquella entrevista que me despierta alguna reflexión.
Aquella historia tenía varias aristas: la tragedia de la que venían los laosianos con persecuciones, dispersión de familias, muertes, campos de refugiados; la xenofobia que apareció en algunos sectores de nuestra ciudad, el error o la desaprensión de quienes les dieron un destino para el que no estaban preparados; el idioma desconocido, las costumbres diferentes, los preconceptos, la falta de solidaridad.
Muchas de esas circunstancias adversas llevaron a que el grupo se fuera desintegrando: habían pasado demasiados sufrimientos y ya no se sentían capaces de seguir ante las adversidades, porque si bien Santa Fe les dio casas y trabajo, había fuerte rechazo de la población, discriminación, protestas, prejuicios. Tampoco conocían algo del laboreo de la tierra, porque venían de trabajos urbanos. Y así, uno a uno se fueron a probar suerte en otros lugares, silenciosamente. Hasta que un día nos encontramos con la familia Intavongh: los últimos laosianos.
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Nada les fue fácil, la incomunicación, el aislamiento, el rechazo, pero tenían una fuerza interior muy especial. El matrimonio y sus dos hijos nos recibieron cálidamente en su casa, y nos relataron las casi cinematográficas circunstancias de sus vidas, aunque fue Som quien llevó el hilo de la narración. Un relato cargado de emociones tanto para ellos como para los que escuchábamos (periodista y fotógrafo). Circunstancias al límite, esperanzas fallidas y vueltas a encontrar, y de nuevo la pérdida.
Me llamó la atención de manera especial la foto de Mako, el hijo mayor, en el día de su primera comunión y muy cerca una imagen de Buda. Entonces Som me dijo: “Aquí no teníamos nada que nos conectara con el Budismo. Vimos en Cristo una vida y una prédica similar a la de Buda en muchos puntos: los dos tuvieron discípulos, los dos fueron traicionados, los dos predicaban la paz”.
Más que el sincretismo en sí esa respuesta me quedó grabada como una explicación de su fuerza ante la adversidad casi continua: los sufrimientos provocados por los enemigos, los xenófobos, el destino o quien fuera no tuvieron en ellos como respuesta la venganza o el resentimiento, sino la paz. Tal vez esa fue la fuerza interior con que enfrentaron las adversidades las varias veces que pareció asomar una luz al final del túnel, y otra vez llegó la oscuridad y la incertidumbre. Posiblemente la misma fuerza vital de aquella vez que Som y su prima nadaban casi agotadas hacia la otra orilla del Mekong.




