Héctor Ivo Marrochi

El adiós a un escritor santafesino

De la redacción de El Litoral

Héctor Ivo Marrochi era santafesino, aunque desarrolló toda su labor literaria en San Miguel de Tucumán, hacia donde emigró con su familia cuando todavía era un niño. De sólida formación intelectual, comenzó a escribir desde joven poesías, cuentos, ensayos (fueron esenciales los dedicados a Rilke y a Kafka, entre otros) y hasta varias obras de teatro (para grandes y para chicos también). Una de ellas, “La hora de la madrastra”, en 1979, fue finalista en el IX Concurso de Obras de Teatro Tirso de Molina, celebrado en Madrid. Su producción fue, en consecuencia, muy vasta y heterogénea, con la cual cosechó distinciones, en su provincia, en el país y también en el extranjero.

Las páginas de El Litoral lo contaron en numerosas oportunidades como colaborador, fundamentalmente en aquellas secciones literarias que, en su momento, tuvieron como responsables al Dr. Rafael López Rosas y, posteriormente, al Dr. Julio Gómez. En ellas publicó cuentos y poemas, acaso porque, a pesar de ser un tucumano por adopción, nunca se desvinculó afectivamente de su Santa Fe natal y el publicar aquí (como también lo hacía en el diario La Gaceta, de Tucumán, en revistas literarias de distintas regiones y países), era una manera de mantener un contacto (literario en este caso, porque él era esencialmente un literato) con su ciudad natal.

Como sostenemos, su producción fue muy vasta e incluyó títulos tales como “Lord Cachorro”, “Los habitantes del siglo”, “Cuentos de sombra y luz”, “El esteticismo en Rainer M. Rilke” o “Raíces éticas en la literatura de hoy”. Fueron también numerosas las distinciones obtenidas a lo largo de los años, entre las cuales merece consignarse el premio Narradores de Tucumán, al que se hizo acreedor en 1968.

Esta reseña es para señalar que, desde esa Tucumán a la que Marrochi tanto se había aquerenciado, nos llegó la noticia de su muerte, acaecida poco tiempo atrás. Los medios periodísticos lugareños le dedicaron mucho espacio a su desaparición e, invariablemente, destacaron sus notables condiciones intelectuales y, por cierto, los valores de su obra. Esta crónica no sólo pretende mencionar el hecho su desaparición, sino que al redactarla lo hacemos pensando, es posible, que a él le hubiese gustado que apareciesen unas líneas póstumas en este diario, en estas páginas que durante años lo contaron como colaborador, en las que se publicaron algunos de sus tantos cuentos y poemas. Trabajos que él enviaba a esta redacción para que se leyesen en su Santa Fe natal, ciudad de la que, por esas cosas de la vida (o del destino), un día se alejó, pero a la que nunca se sintió ajeno.