EDITORIAL
EDITORIAL
Nuevos discursos, ¿otras prácticas?
En estos últimos días, se dio a conocer un par de datos que pueden parecer inconexos entre sí pero que guardan una estrecha relación: por un lado dos expertos en trabajo sobre los derechos de niños y niñas pasaron por la ciudad para participar del Seminario de Buenas Prácticas Comunicacionales que organiza el Inadi junto a otras instituciones, entre ellas el sindicato de Prensa de Santa Fe. Ambos especialistas coincidieron en la estigmatización que suele recaer sobre la niñez en situación de pobreza, a la que -salvo excepciones- se presenta en las crónicas periodísticas como víctima o victimaria pero no desde las historias y problemáticas particulares de sus protagonistas. A lo sumo les cabe la definición de “menores”, término asociado a la dialéctica judicial o policial del que los medios debieran ir despojándose, ya que despersonaliza y refuerza en el discurso una desigualdad que se da en la práctica.
Por otro lado, un nuevo informe de la Red de Periodismo Social advierte que en las noticias relacionadas con el tema de la pobreza, al menos las relevadas durante tres meses del año pasado, un mínimo porcentaje se abordaba desde una perspectiva de género; en tanto que la voz de las mujeres -salvo en una mínima parte del material monitoreado- era soslayada. Se trata de una ecuación contradictoria, si se tiene en cuenta que la llamada feminización de la pobreza está reconocida en el país y en el mundo. Para ello, la misma red aporta algunos datos concretos, como que la mayoría de las personas en situación de pobreza son mujeres, incluso quienes viven con un dólar o menos por día; que la brecha salarial entre unos y otras sigue siendo -con matices, según cada país- muy amplia; que la tasa de desocupación en jefas de hogar es superior a la de los hombres en la misma condición, y que en época de crecimiento económico, entre quienes estaban comprendidos en un plan social, la mayoría de quienes logran recuperar el empleo son hombres.
El protagonismo de los medios, como formadores de opinión a través de la palabra, es fundamental. Por ello, es bienvenida toda iniciativa de capacitación que posibilite profundizar en un discurso inclusivo, que permita dar cabida a miradas y opiniones diferentes, que enriquezca el debate en lugar de acotarlo y que sea capaz de habilitar nuevas respuestas.
Erradicar el rótulo de crimen pasional y comenzar a visibilizar la violencia hacia la mujer en sus distintas expresiones es otro paso adelante. Incluir la opinión de los jóvenes cuando sean sus problemáticas las que se abordan, también. Sumar las voces de los protagonistas de las historias en lugar de hablar de ellos o por ellos, resulta un cambio saludable que afortunadamente algunos medios comienzan a poner en práctica.
No es ocioso pensar que una forma diferente de nombrar a las personas, de reconocer con las palabras adecuadas sus realidades y problemáticas, puede redundar en una nueva perspectiva desde la cual tomar las decisiones, y en otra forma de construir acciones públicas o privadas basadas en una inclusión verdadera y no en un enunciado de cumplimiento formal.