Aclaración del traductor

1.jpg

Adrián Linari

Foto: Archivo El Litoral

 

Por Adrián Linari

Hace algunos otoños, junto a dos colegas, llevé a cabo un trabajo de campo en islas aluvionales del tramo medio del río Paraná. Teníamos por propósito verificar la existencia de una serie de cementerios mocovíes de los que habíamos recabado información oral y dispersa a fin de elaborar un mapa fidedigno con las fuentes arqueológicas que desaparecerían bajo las aguas en caso de concretarse el plan de represamiento del sistema fluvial que por entonces el gobierno nacional estaba proyectando. En una de nuestras incursiones, visualizamos una loma desde la lancha. Es sabido que las alturas -como el Sinaí, el Tabor o el Huanacauri- han sido consideradas por las diversas culturas como espacios donde lo humano puede vincularse con lo divino. La muestra, aunque liliputiense en comparación con aquéllas, se destacaba en un humedal que, por lo bajo, permanece anegado la mayor parte del año. Debido a ello, la estimamos levantada artificialmente, trabajo al que recurrieron los indígenas de fines del siglo XIX y principios del XX para enterrar a sus muertos a medida que la línea de fortines y los inmigrantes los arrinconaban contra tierras sin valor colonizable. Además, era común que lo hicieran a orillas de un pantano o en mitad de un estero como aquél en el que fondeamos la embarcación antes de apearnos con nuestras herramientas: de esta manera las rayas, las pirañas, las serpientes y los yacarés harían de naturales guardianes del sitio al que en adelante ellos regresarían toda vez que precisasen encontrarse con sus antepasados.

Nuestras expectativas fueron satisfechas desde la primera remoción de terreno con una nutrida cantidad de cacharros y huesos que luego de medir, clasificar, fotografiar y situar, regresamos adonde los habíamos tomado para ser coherentes con el espíritu que hasta allí nos había llevado: el de invitar a salvaguardar los espacios que para varios miles de aborígenes santafesinos tienen un contenido sacramental. Esa noche, a la vera de un remanso en el que el rostro de la luna parecía flamear y mientras asábamos un par de sábalos, uno de mis compañeros lamentó el hecho de que nuestras arcas estuviesen a punto de tocar fondo, lo que pospondría la finalización de nuestra tarea hasta tanto no consiguiésemos una nueva fuente de financiación, logro tan fatigoso e incierto como enlazar y herrar un unicornio. Opinó entonces el otro en el tono de quien se encuentra al borde del abatimiento, que para completar lo nuestro antes de que el río fuese represado, sería imprescindible recibir un golpe de suerte, como ganar la quiniela o encontrar la campana de los jesuitas.

—¿Qué campana? -quise saber; a lo que me respondió:

—Se trata de un relato tradicional que circula entre los isleños más viejos. Dice que cuando fueron expulsados, para no dejar a merced de la rapiña los cálices, patenas, ostensorios y copones de las reducciones, los jesuitas fundieron todo su oro y, a fin de poder llevárselo con ellos, lo transformaron en una campana, a la que le dieron un engañoso baño de bronce. Bajaban por este río cuando una tormenta levantó marejada y la balsa sobre la que la llevaban zozobró. Imposibilitados de reflotarla con los medios con que contaban, siguieron viaje habiendo memorizado primero el lugar exacto del accidente. Pero el tiempo transcurrió sin que pudiesen volver a estos lares, como era su esperanza, y el secreto se perdió con la muerte del último jesuita que vivió la aventura misionera -teatralizó un movimiento que me pareció el de quien alza con ambos brazos algo contundente y agregó: —¡Imagínense dando con ella! Cobraríamos el rescate y nos dedicaríamos a seguir buscando camposantos despreocupadamente-.

Dos días más tarde y una vez en casa, herido por la curiosidad, telefoneé a Mauricio Robles. Para quien no frecuenta el mundillo de los antropólogos, aclararé que Mauricio se doctoró labrando una encomiable tesis referente a las Misiones Jesuíticas y que en la actualidad vive, investiga y ejerce la docencia en Asunción. Le conté lo de la campana y al cabo le pregunté si el asunto contaba con algún respaldo histórico. Tras abofetearme con una risotada faraónica, me disparó.

—Tu campana es tan cierta como el Arca de la Alianza que el hijo de la reina de Saba transportó a Etiopía justo antes que los babilonios saqueasen el templo de Jerusalén. Y como el Grial que los Templarios trasladaron de Tierra Santa a Francia en tiempos de cruzadas.

—Creo que capto tu fina ironía -le dije-: es una leyenda.

—Historias idénticas a la que me acabás de contar quedaron boyando en torno a lo que fueron los asentamientos de maynas, moxos, chiquitos, guaraníes... En fin, por cuanto sitio pasaron los de la Compañía de Jesús cuando en 1767 debieron abandonar de sopetón el continente. Pero lo cierto es que el decreto de expulsión fue cumplido de un modo tan fulminante y prolijo, que ni siquiera hubieran tenido tiempo para fundir un grano de estaño -me explicó-. A mi entender, esa narración debe de haber cobrado forma en la primera mitad del siglo XIX, cuando en Occidente se impuso el estilo romántico, tan afecto a lo trágico, como es la repentina destrucción de las misiones, a lo exótico, como el manto de misterio que envuelve conjuntamente al hermético reino de la Orden y al mundo indígena, y a lo aparatoso, como es cruzar una selva o derivar por un río con una campanota a cuestas.

—Qué decepción -murmuré, así que me propuso desde el otro lado de la línea-:

—Ahora que en un mismo día te quedaste sin fondos para seguir hociqueando huesitos y sin la mítica campana, podés asumir una tarea que te impedirá ser presa de la desmoralización.

Le pregunté de qué se trataba y me contestó que buscando otra cosa, había dado con unos manuscritos en guaraní arcaico guardados en una cámara de la Universidad. Y me siguió diciendo con creciente entusiasmo:

—En 1960, por primera vez, los guayakíes se acercaron como grupo homogéneo a los blancos y fueron asentados en un campamento de Arroyo Morotí. Entre 1961 y 1962, fueron estudiados por la etnógrafa Bratislava Susnik, quien publicaría después un diccionario guayaki-castellano.

—Lo tuve en mi biblioteca hasta que cometí el peor de los errores -lamenté.

—No ser feliz -arriesgó robándole palabras a Borges.

—Prestar un libro -lo corregí-. Adelante, por favor.

—Antes de terminar su obra, Bratislava viajó al asentamiento original de los guayakíes para poder desentrañar la etimología de algunos términos que fuera de su ámbito le resultaban oscuros. Fue allí donde se topó con una vasija de cerámica en el fondo de una excavación. En su interior estaba el manuscrito del que te hablé, que ella donó a la Universidad y que hasta la fecha nadie se dignó traducir -chasqueó la lengua como quien se sienta frente a un manjar-. Pero aquí subís vos al escenario...

—¡Ni en pedo! -me excusé-. Originalmente, idiotez significaba individuo con una particular idiosincrasia, el que se distingue por sus dotes excepcionales; hoy se llama idiota al estúpido, al necio, al tonto. Si las lenguas escritas son capaces de torcer ciento ochenta grados el sentido de sus palabras, calculá lo que puede suceder en el seno de una lengua oral. Entre el guaraní del que garabateó el hallazgo de la Susnik y el que aprendí de boca de mis abuelos, ha corrido mucha agua bajo el puente. Demasiada.

—Esta vez, la razón te ampara: sumergirse en una tarea así es un disparate. Tal vez por eso el manuscrito está engordando bacterias en lo oscuro de una cámara -suspiró y nos despedimos.

Un minuto después volví a teclear su número para rogarle que me facilitara una copia de ese documento. Calculo que él no se había apartado del teléfono, pues antes de que terminara de sonar el primer timbrazo, ya había levantado el tubo y me saludaba con la misma carcajada que utiliza toda vez que Olimpia del Paraguay derrota al club de mis amores.

La traducción -apenas retocada en unos pocos puntos que me resultaron oscuros y acompañada por un manojo de observaciones que anoté a modo de pie de página para reflexionarlas con posterioridad o para que Mauricio las considerase- es lo que sigue.

(De “Arandú”, op. cit.).

3.jpg