¿Se puede acariciar un sueño?

 

Por N.S.

“Oscura monótona sangre”, de Sergio Olguín. Tusquets, Buenos Aires, 2010.

Excepto los jueves, en que viaja acompañado, Julio Andrada toma un camino raro por los barrios porteños para llegar a su fábrica en Lanús, un camino al parecer peligroso. En realidad, ese viaje es “el camino inverso a su ascenso social, una suerte de recordatorio que señalaba de dónde venía y adónde había llegado”. Alguna vez este hombre había habitado esos lugares y había viajado colgado de los colectivos. Un buen patrón sin familia le legó la cortadora de tubos que Andrada supo hacer prosperar, y ahora vive en un barrio residencial y seguro.

Empresario, padre y esposo ejemplar, Andrada escucha en un bodegón los comentarios de los camioneros sobre el comercio sexual en ciertas calles. Una noche se deja tentar y conoce a Daiana, una chiquilla que lo obsesionará. Es el inicio de “Oscura monótona sangre”, la novela de Sergio Olguín con la que obtuvo el último Premio Tusquets de Novela. El inicio de una trama macabra, con un crimen y persecuciones; un vértigo de sexo, robos, choques, muertes, regido por esa firme duda que guía al personaje central -sobre quien es difícil dictaminar si nos resulta detestable o entrañable-: “Cerró los ojos y sintió la piel de Daiana, el cuerpo de la chica entregado a sus manos. Andrada acariciaba el cuerpo de Daiana una vez más. ¿Pero se puede acariciar un sueño?”.

Con el directo y certero estilo que ya había demostrado en “Lanús” (recientemente reeditada, también por Tusquets) o “Springfield”, Olguín construye una narración de firme tensión. El título proviene de unos versos de Quasimodo, citados como epígrafe: “Nunca sabré nada de mi vida,/ oscura monótona sangre.// No sabré a quién amaba, a quién amo,/ ahora que apretado, reducido a mis miembros,/ en el dañado viento de marzo/ enumero los males de los días descifrados”.